Jorge Ebro

Manny Ramírez pudo ser la esperanza de los Marlins

Manny Ramírez.
Manny Ramírez.

Durante los días en que los Marlins coquetearon con la idea de convertir a Manny Ramírez en un pez, la opinión de los aficionados del sur de la Florida se agrupaba en dos bandos irreconciliables: los que ponderaban el aporte ofensivo del entonces jardinero de Boston y aquellos que temían su impacto en la química del equipo.

Un mes después de esas discusiones, la respuesta aparece clara mientras Ramírez se ha convertido en la Bestia Negra de la Liga Nacional, impulsado por la fuerza de unos batazos que más bien parecen peldaños hacia el título de Jugador Más Valioso.

Cierto. Aquel posible acuerdo entre los Marlins y los Medias Rojas era demasiado enmarañado e involucraba a demasiados actores, pero la posibilidad de que Manny viniera a jugar donde mismo tiene su casa fue grande, casi segura por momentos.

En principio los peces iban a enviar a Jeremy Hermida y un par de prospectos a Pittsburgh, que a su vez cedería a Jason Bay, mientras que Manny desembarcaría -junto con $7 millones de su salario en el Dolphin Stadium.

Por la razón que fuere, el pacto no se dio. Tal vez los Marlins no fueron tan creativos como en el pasado, quizá en el fondo de sus pensamientos los que rigen los destinos del equipo pensaron que el bagaje de Manny era demasiado pesado, quién sabe...

Al final la duda de los peces fue resuelta de la mejor manera por los Dodgers que, por obra y gracia de Manny, le han quitado el drama a la División Oeste de la Nacional al apoderase se la cima como conquistadores en tierra arrasada.

Manny, ya se sabe, tiene problemas en seguir orientaciones y como un hecho natural rechaza cualquier autoridad o regla, pero su bate sí obedece al innegable talento que habrá de llevarle, sin duda, a Cooperstown.

Mientras los Marlins colapsaban en agosto y veían hundirse sus sueños de postemporada en gran parte por una anémica producción ofensiva, Manny aterrorizaba a los pitchers rivales con su habitual capacidad destructiva.

Desde que llegara a Los Angeles -una ciudad que se aviene mejor a su personalidad que la rígida Boston- el 31 de julio, el jardinero ha conectado para .396 con 14 homers y 40 impulsadas en 38 juegos.

Bajo el peso de ese ataque, los Dodgers han ganado 10 de sus últimos 11 encuentros y han subido al primer lugar de la división para posicionarse como fuertes aspirantes al título de la próxima Serie Mundial.

Uno no puede sustraerse al ejercicio mental, inservible en realidad, de pensar qué habría sido de los Marlins si el bate de Manny hubiera aterrizado en el sur de la Florida y no en las cercanías de Hollywood.

A lo mejor su producción no hubiera sido la misma, y como dijeron esos mismos temerosos, la dinámica del jóven equipo no hubiese tomado el mejor de los caminos. Eso nunca lo sabremos.

Pero al final la realidad es una: Manny y los Dodgers se aprestan a comenzar la aventura de los playoffs y los Marlins -que han hecho más de la cuenta con el material humano que poseen- quedan con la sensación de haber nadado mucho para morir en la orilla de unas vacaciones adelantadas.



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