Jorge Ebro

Las Mayores perdieron un lanzador, pero el cielo ganó un Angel

Parte del memorial improvisado para recordar a Nick Adenhart.
Parte del memorial improvisado para recordar a Nick Adenhart.

Parado encima del box donde unas horas antes su hijo había dado prueba de su promesa como lanzador, Jim Adenhart trató de comportarse como un hombre y contener las lágrimas que terminaron por cubrir su rostro.

"Ven para que veas algo especial'', le había dicho Nick en referencia a su primera apertura de la temporada y la más importante en su corta carrera de novato de los Angelinos de Los Angeles.

Ciertamente, Jim contempló algo especial, porque el muchacho estuvo a la altura del talento que le precedía. Su trabajo había dejado boquiabiertos a todos y, en específico, a los Angelinos, que no cabían dentro de la ropa por el presagio de tener en sus filas a un lanzador fuera de lo común.

La cruel ironía se descubriría en la madrugada, cuando un accidente provocado por un irresponsable -de 22 años, la mismad edad que el serpentinero fallecido- le arrebataría el Angel al equipo y la razón de su ser a un padre que tantas veces había soñado con ver a su hijo en el firmamento de las Grandes Ligas.

No, ningún padre debe pasar el vía crucis de Jim. Ningún padre tendría que sobrevivir a la muerte de su hijo y caminar por el espacio donde estuvo su puesto de trabajo para tratar de sentir la última emoción, de atrapar un último recuerdo.

Sus estadísticas en las Mayores mostrar´an esto apenas: cuatro aperturas, un triunfo y una efectividad de 6.00 ERA, pero todos aquellos que tuvieron la suerte de cruzarse en su camino lo recordarán por su fibra humana.

No se explica de otra forma que un agente de corazón de hierro y pensamientos de acero como Scott Boras llorase como un niño al anunciar la noticia, ni que el metódico mánager de los Angelinos, Mike Scioscia, pareciera el más desamparado de los hombres mientras hablaba de alguien que pudo haber sido una de sus cartas de triunfo.

Boras puede ser todo lo duro que quiera en sus negociaciones con los propios Angelinos, pero tiene tres hijos y la tragedia de Nick Adenhart despierta ecos y miedos sobre la fragilidad de la vida, sobre la vulnerabilidad de la existencia. Hoy aquí y mañana... mañana es una promesa que no está obligada a cumplirse.

La muerte de este muchacho despierta en todos una parcela del sentido común y del sentimiento que suele dormirse por más que querramos tenerla en guardia de manera permanente. Es esa que nos lleva a bendecir el sólo hecho de vivir un nuevo día, la inmensa dicha de abrazar a nuestros hijos y decirles, sin que haga falta una razón, que les amamos y que no existe nada más importante en el mundo que ellos. Todo lo demás es secundario, absolutamente todo.

Y para Jim sólo queda el consuelo de que su hijo seguirá vivo de muchas formas. Después de todo, Los Angeles perdió un prospecto, pero el cielo ganó un Angel.

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