Jorge Ebro

Michael Jordan, el elegido de los dioses

Cuando llegué a este país, ya era tarde para algunas cosas. Ojalá lo hubiera hecho mucho antes pero no dependía de mí. Todavía, a veces, me duele como un puñal clavado el tiempo perdido para estudios, trabajos, y experiencias.

No haber podido disfrutar de Michael Jordan en sus mejores años con los Bulls es una de ellas.

Recuerdo haber visto en Cuba los juegos de la Final de 1993 entre Chicago y Phoenix, un hecho que estremeció durante algunos días el tedio de la televisión oficial y que, si mal no recuerdo, no volvió a repetirse en largo rato.

Aquí sólo pude verlo enfundado en el uniforme de los Wizards de Washington, ya veterano pero aún capaz de meter por un aro a cualquier joven que se le interpusiera en el camino. Le faltaba despegue, aunque le sobraba malicia.

Esa noche en la American Airlines Arena, Pat Riley hizo lo que muchos entendieron como un sacrilegio: retirar la camiseta de Jordan cuando aún no existía ninguna del Heat en las alturas de la instalación.

Pero Riley sabía que los elegidos no entienden de localismos ni de corrillos de aldea y ordenó que el jersey de Jordan colgara para siempre en Miami, una ciudad a la que hizo sufrir con su juego de otra galaxia. Porque el Heat nunca pudo con los Bulls, ni en sueños.

Esa noche, una de sus últimas en la NBA antes de su retiro definitivo, la gente acudía a ver a Jordan como quien va al Santuario de Lourdes o a la Meca, en busca de un visión sobrehumana, de la cercanía de algo sobrecogedor.

Jordan era, es y será siempre para el básquetbol lo mismo que los Beatles para la música popular o Marlon Brando para el cine. Donde llegaba el tiempo parecía detenerse y luego, en la cancha, lograba el espejismo de flotar. Sólo he visto a dos hombres mantenerse, casi levitando en el aire, por obra de sus piernas: jordan y el bailarín argentino Julio Bocca.

Verlo caminar hacia la inmortalidad en el templo más sagrado del básquetbol era apenas un trámite. Ya tenía ese puesto asegurado desde hacía mucho tiempo. Junto a él penetraron al Salón de la Fama otros grandes como John Stockton y David Robinson.

Pero nadie mejor que Barkley, su antigua víctima, resumió el espíritu del momento: "Todo el mundo ha venido a ver a Michael. El es el más grande de todos los tiempos''.

Una leyenda inmortal

Por BRIAM MAHONEY / AP

SPRINGFIELD, Mass.

Michael Jordan llegó ayer al Salón de la Fama, la parada final de una carrera en la que ganó todos los títulos posibles y lo llevó a ser considerado como el mejor basquetbolista de todos los tiempos.

David Robinson y John Stockton -- dos de sus compañeros en el "Dream Team'' de 1992 -- y los entrenadores Jerry Sloan y C. Vivian Stringer también recibirán el honor.

"Todo empezó con esa pequeña pelota. Creo que si nos hubieran arrebatado eso, estoy seguro de que hubiéramos tenido una vida difícil, porque así de importante era el juego para nosotros'', comentó Jordan durante una rueda de prensa junto con sus compañeros, destacando que el homenaje no es sólo para él.

"Es un verdadero placer para mi formar parte de esto, y contrario a lo que piensan, no soy sólo yo el que entra al Salón de la Fama, somos un grupo'', agregó Jordan. "Estoy contento de formar parte de ese grupo, y créanme, los voy a recordar tanto como ellos me recordarán a mí''.

Aún así, ninguno en el grupo se compara con Jordan -- quizás nadie pueda compararse nunca -- después de que el jugador llevara a los Bulls de Chicago a seis campeonatos de la NBA mientras es considerado como el mejor basquetbolista en la historia.

Jordan dijo que se estremece cuando oye esa descripción porque no se la ganó enfrentándose a otros que podrían haberla ganado.

"Es un privilegio, pero nunca me daría ese tipo de honor porque nunca he competido contra todos los que están en este Salón'', dijo. "Así que es demasiado para pedir y demasiado para aceptar''.

La ceremonia oficial tuvo lugar en el Symphony Hall de Springfield y estuvieron presentes varios de los grandes de todos los tiempos, así como antiguos compañeros de sus años de universidad.

Aunque la mayor atención se concentró en Jordan, el JMV en cinco ocasiones, el resto del grupo homenajeado ha registrado grandes logros. Stockton es el líder en asistencias y robos, y Robinson ganó un trofeo como jugador más valioso y dos títulos en San Antonio. Sloan es el único entrenador en ganar 1.000 partidos con un equipo.

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