Jorge Ebro

El controversial Mayweather no tiene quién le escriba

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Es difícil sentir simpatía por el diablo y alabar, si es que tiene, alguna virtud. No importa lo que haga, Floyd Mayweather Jr. se siente como si fuera el Lucifer de los boxeadores, incapaz de conquistar una pulgada de amor o admiración de los fanáticos de su propio país.

Mayweather ha sido acusado de todo dentro del ring: bailarín y corredor, estudioso a la hora de escoger rivales de poca monta o con la trayectoria cuesta abajo para no lastimar su imagen de "Pretty Boy''; y también es mirado con lupa en su vida diaria: se le ha llamado fanfarrón, engreído y cuantos adjetivos lo bajarían de cualquier pedestal.

En todo esto hay un poco de razón. Ninguna madre que no esté movida por el afán monetario recomendaría a Mayweather como modelo para su hijo, ningún padre estaría dispuesto a pasar el publicitado vía crucis de Floyd Sr., al punto de preferir entrenar al rival contra su propia sangre.

No, la familia de Mayweather -su tío Roger fue arrestado hace poco por supuestamente agredir a una mujer- no es la imagen ideal para la América promedio, pero sus problemas son el pan de cada día para muchas familias.

Por otra parte, no creo que Mayweather sea un boxeador cobarde ni que elige sus rivales -algo que sí hacía Roy Jones Jr.- a conveniencia. Es tan amplia la capacidad atlética del multicampeón, tal la rapidez de sus combinaciones y de sus movimientos de piernas que casi siempre termina jugando con sus oponentes y donde algunos ven evasión, lo que existe en realidad es superioridad pura y dura.

¿Entonces, por qué ese encono?

Mayweather sabe vender bien sus peleas, a veces demasiado, habla y habla sin parar, y el que mucho habla, mucho se equivoca. Cuando dispuso de Carlos Baldomir se dio el gusto de conversar con los comentaristas cercanos al ring mientras conectaba inmisericordemente al rosto del argentino.

Aunque estoy convencido de que no será así, el gran público estadounidense está convencido de que Floyd usará a Juan Manuel Márquez como simple trampolín y saco de entrenamiento hacia la megabolsa que supondría una batalla contra Manny Pacquiao. Y que me perdonen los admiradores de Miguel Cotto.

Es, en resumen, el muchacho insoportable, bocón e incorregible que exhibe sus cadenas de oro bordadas en diamantes y no da una parcela de espacio para que la humildad entre en su organismo.

Todo esto forma parte de Floyd Mayweather Jr., pero eso no refleja el todo del controversial Floyd, quien suele de noche en noche repartir raciones de comida por los barrios pobres de Las Vegas, que acude a las escuelas para hablar a los niños sobre los peligros de las drogas y que ha reconstruido la abrupta relación con su padre tras saber que se encontraba gravemente enfermo de los pulmones.

Para muchos, Mayweather Jr. será siempre el satanás de los púgiles, pero como sucede en la liturgia de cualquier iglesia o secta, no se le puede dejar de mencionar para bien o para mal. Y menos aún cuando gana.

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