Jorge Ebro

Para que Río no llore

LA ESTATUA de Cristo el Redentor domina la magnífica imagen de Río de Janeiro.
LA ESTATUA de Cristo el Redentor domina la magnífica imagen de Río de Janeiro. Associated Press

Con reyes, príncipes, primeros ministros y presidentes en pleno cabildeo, la Asamblea del Comité Olímpico Internacional parecía más una pequeña versión de las Naciones Unidas que un encuentro para determinar una sede deportiva.

Nunca antes se había visto algo así en la historia de las citas de verano. El rey Juan Carlos desplegó sus mejores dotes de encantador, Barak Obama echó mano de su imagen corporativa, serena y firme, y Lula se agitó como un remolino tratando de convencer a los votantes de que Río de Janeiro merecía la sede.

Y lo logró.

Jugando la carta geográfica y repitiendo hasta el cansancio que Sudamérica jamás había organizado una olimpiada, el presidente brasileño arrastró las conciencias de los miembros del COI, que tuvieron que sobreponerse al impacto de un Juan Antonio Samaranch lloroso que apeló a sus 89 años -esa proximidad de la muerte- y al deseo de ver otros juegos en España.

Sin embargo, ni Samaranch ni el Rey inclinaron la balanza para Madrid, ni Obama pudo convencer con la confiabilidad financiera de Chicago, ni la presentación soberbia de Tokio impresionó a los delegados. La sensualidad brasileña y el eco de las playas de Copacabana pudo más.

Perdónenme por ser un poco abogado del diablo, pero ¿era Río la ciudad ideal para acoger la sede del 2016? Hasta los que dieron su aprobación en las boletas tienen sus dudas, porque ese gasto de casi $14,000 millones -el mayor de todas las candidatas-, la poca infraestructura y la inseguridad ciudadana podrían convertirse en fantasmas que no dejarían de perseguir a los que ayer en Dinamerca dieron luz verde a un mega proyecto que consume recursos humanos y monetarios y no siempre devuelve un valor rentable.

A Montreal le tomó 30 años pagar la enorme deuda que dejaron los Juegos de 1976 y Atenas, hoy por hoy, no sabe qué hacer con la mayoría de las instalaciones construidas para el 2004, que ya parecen cementerios.

Pekín 2008 gastó $10,000 millones en sus Juegos, pero en un país como China, deseoso de mostrar su desarrollo y sus aires de nueva potencia, las finanzas fueron la última de las preocupaciones. Lo que contrastó con Los Angeles 1984 y Atlanta 1996, donde el peso de la empresa privada alivió bastante el aporte de los contribuyentes.

Lula mostró cifras, alegó que la economía brasileña es una de las pocas que crecen, que su gobierno ha sacado a 30 millones de personas de la pobreza y sobre todo que la conquista de la sede es "la autoafirmación de un pueblo, de la autoestima de un pueblo a flor de piel''.

Pues bien, Río pidió y se le concedió un honor, pero también una responsabilidad enorme.

Y habrá que ver si las cuentas cuadran sin susto -no olvidar que en el 2014 Brasil organizará la Copa Mundial de Fútbol-, porque si bien el gigante sudamericano es la locomotora económica de su región, tampoco puede darse el lujo de tirar dinero a manos llenas.

Lula sabrá lo que hace. No querrá pasar a la historia como el presidente que puso a llorar a Río.

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