Jorge Ebro

Puente de plata para Hermida

Associated Press

Sentado en primera fila, cortesía del Heat, Larry Beinfest contempló el viernes en la noche el juego de Miami contra los Nuggets de Denver con la placidez de quien se ha quitado un peso de encima.

Al ver al vicepresidente de operaciones de béisbol de los Marlins de la Florida, varios aficionados bromearon con una frase: "vamos a felicitarlo, porque salir de Jeremy Hermida es como ganar la lotería, y lograr además dos prospectos de pitcheo... El hombre es un mago''.

Los aficionados son crueles en su chiste, pero tampoco los culpo. Yo también me cansé de Hermida, de su baja producción, de su incapacidad para liderar, de su lenguaje corporal que decía de todo menos la palabra "pasión''.

En fin, como los Marlins y los fanáticos, también me cansé de esperar.

Esperar, por ejemplo, que Hermida viviera a la altura de la reputación que le habrió paso hacia las Grandes Ligas. Cuando uno lee los reportes de los scouts, se sorprende con las maravillas que se contaban del muchacho. Hasta un coach comentó que el jardinero "tiene el swing más lindo que he visto''.

Tanto hablaban los Marlins de Hermida, tanta la expectación, que nunca olvidaré el día en que llegó al equipo y pegó un grand slam en su primer turno como grandeliga. Tras el paso de los periodistas al final del choque, un pelotero latino se me acercó y me dijo: ‘‘ese sí es el niño lindo de la franquicia''.

Pero ese swing tan lindo, precioso en su movimiento como el sable de un samurai, nunca pudo convertir a Hermida en la fuerza productiva que todos predijeron cuando los peces lo eligieron en el puesto número 11 de primera ronda en el draft amateur del 2002.

Durante los años que estuvo con los peces, promedió para .256, jamás pasó la barrera de los 20 cuadrangulares y ni soñar con 100 impulsadas. Como si fuera poco, Hermida parecía tener un feudo limitado en el jardín derecho, la duda lo mataba cuando tenía que partirle a una línea corta o cuando debía ir atrás en busca de un fly pegado a la cerca. La duda lo mataba.

Los Marlins, que sabían bien de esto, estaban esperando apenas el último out de la Serie Mundial para mover de manera acelerada los hilos del canje que lo enviaría a Boston a cambio de los lanzadores Hunter Jones y José Alvarez. Si a todo esto se suma que Hermida habría ganado entre $3 y $4 millones de haber permanecido en el sur de la Florida...y bueno, ustedes ya conocen bien a los peces cuando de dinero se trata.

Había que actuar de forma rápida, no fuera a ser que los Medias Roja se arrepintieran. Pero no, Theo Epstein, el gerente general de Boston, parece contento y casi suelo recordar de memoria los elogios que leí de Hermida cuando llegó a los Marlins: que es un jugador con un gran potencial, que es una buena adición al equipo con un valor financiero relativamente bajo -felices ellos que pueden malgastar-, que si esto que si lo otro, bla, bla, bla...

Quiero equivocarme por el bien de Hermida, ojalá que me desmienta tan pronto como la próxima temporada y que despierte, si es que hay, el gigante dormido en su interior, pero creo que lo que se ve es lo que hay. No más. Si no pudo triunfar aquí, donde la presión es mínima y se siente el zumbido de las moscas en el parque, el Fenway Park se lo va a tragar vivo.

Ahora, tampoco creo que Hunter y Jones sean la gran maravilla, porque los reportes que escucho de Boston es que ninguno de los dos estaba considerado como algo duradero o de impacto inmediato para la organización patirroja.

Pero con la hoja de servicios de Beinfest, su talento para encontrar diamantes entre piedras y para operar dentro de límites apretadísimos en el aspecto monetario, tengo que darle el beneficio de la duda. Y no como la de Hermida.

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