Jorge Ebro

El señor de los cinco anillos

JUAN ANTONIO SAMARANCH (1920-2010)
JUAN ANTONIO SAMARANCH (1920-2010) Associated Press

Con el cuerpo gastado y la mente no tan ágil como en el pasado, Juan Antonio Samaranch se paró por última vez en octubre del 2009 ante el Comité Olímpico Internacional (COI) para pedir un favor con aroma de despedida.

"Sé que estoy cerca del final de mi tiempo'', dijo con un hilo de voz. "¿Podría pedirles que consideraran otorgarle el honor y el deber a mi país de organizar los Juegos Olímpicos y Paralímpicos del 2016''.

Samaranch, como ya se sabe, perdió su última batalla con Río de Janeiro, pero de no haber sido por su voluntad incansable y su agudeza mercantil el Comité Olímpico Internacional habría perdido la guerra definitiva por la viabilidad económica y social de los Juegos de Verano.

Su huella quedará imborrable en las próximas décadas, gracias al modelo económico y deportivo que implantó. Pero su legado permanecerá abierto como el mejor ejemplo de que nada es perfecto, porque el presumible sol de este barcelonés universal tiene manchas, y grandes.

Ahora muy pocos recuerdan que cuando él tomó las riendas del COI en 1980 escaseaban las candidaturas para albergar una olimpiadas. El doloroso recuerdo de Montreal 1976 y su deuda casi eterna espantaban a las interesadas. Es más, desde 1932 ninguna ciudad sede podía mostrar ganancias.

Samaranch cambió todo eso. Negoció los grandes contratos de televisión, los derechos de comercialización, sacó millones de abajo de los aros olímpicos y, de pronto, albergar unos Juegos Olímpicos era algo rentable y hasta de moda.

Poco a poco y bajo el lema de que en los "Juegos deben estar los mejores'' borró la línea divisoria entre deportes amateurs y profesionales -con excepciones como el boxeo-, y el Dream Team de la NBA se robó el show en Barcelona 1992.

Y ya nada fue igual.

Con su visión envidiable, Samaranch arrastró al COI a la modernidad y lo hizo relevante entre la comunidad de naciones, pero en su afán revolucionador relegó aspectos primordiales como la lucha antidopaje -en la que siempre parecía ir detrás- y la transparencia de su propia institución.

Cuando estalló el escándalo de Salt Lake City en 1998, se descubrió que al menos 20 miembros del COI habían aceptado sobornos para otorgarle a esa ciudad estadounidense la sede de los Juegos de Invierno del 2002. Samaranch maniobró en río revuelto y nunca fue encontrado culpable de nada ilegal, pero muchos creyeron que el presidente sabía o al menos sospechaba, y nunca hizo nada.

Otro escándalo -menor si se quiere- es el de su militancia en las filas franquistas. Una foto publicada en agosto del 2009 y donde se veía a un joven Samaranch haciendo el saludo fascista con la mano derecha levantada, envió una onda expansiva que estremeció todo el movimiento olímpico.

El, que irónicamente había comenzado la guerra civil en el ejército republicano, nunca ocultó su admiración por "El generalísimo'', quien le dio su primer puesto al frente del Comité Olímpico Español. Ni dejó de presentarse como monárquico convencido. Guste o no, ese es el hombre.

La historia, estoy seguro, tratará estas aristas con benevolencia, pues Samaranch deja este mundo como un ciudadano de una universalidad rotunda que será recordado por haber encontrado una casa en ruinas sobre las que edificó un imperio.

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