Mundial

Protestas, música y la alegría de los goles en el comienzo del Mundial Brasil 2014

La fiesta era “verdeamarela”, al igual que la protesta. Pero con la llegada del primer partido del Mundial 2014, la samba y el espíritu futbolero de los brasileños buscó imponerse a las manifestaciones.

Tras la tensión en Sao Paulo, donde la policía lanzó gases, balas de goma y bombas de ruido para dispersar a decenas de manifestantes que rechazan el alto gasto público en la Copa, la tensión fue amainando al acercarse la hora del juego de Brasil contra Croacia.

Hubo varios detenidos y heridos, entre ellos cinco periodistas, dos de ellos de la cadena estadounidense CNN que recibieron el impacto de una bomba de gas.

“Nuestra estrategia nunca fue acabar con la Copa. Lo que indigna son los gastos que el país hizo para la Copa”, dice Luiz Gustavo, de 19 años, que protesta en Sao Paulo enteramente vestido de negro.

Pero luego las calles empezaron a guardar un respetuoso silencio. Los “dioses” están en el campo. Y si hay una religión más fuerte que la católica en Brasil, es la del fútbol.

El estadio Arena Corinthians, donde tuvo lugar el primer partido del torneo, estaba a reventar y se asemejaba a un tapiz de camisetas amarillas.

El resultado final hizo estallar de alegría a un país que ha vivido meses de tensión. Dos goles de la súperestrella Neymar ayudaron a la selección brasileña derrotar a Croacia, 3-1.

Previamente, las cantantes Jennifer López y Claudia Leitte junto al rapero Pitbull hicieron enloquecer a la Arena, tras salir de una bola luminosa de 90,000 celdas LED e interpretar “We are one” (Olé Olá), el tema oficial del Mundial.

En Río de Janeiro, una de las postales de Brasil, hubo protestas en distintas zonas. Una manifestación de unas 600 personas en el centro fue dispersada con gas pimienta y bombas de ruido.

Miles de personas provocaron un colapso en las calles de Río. Un festival de música, celebración y color verde y amarillo se tornó especialmente entusiasta en la playa de Copacabana.

“Es espectacular y sí esperaba este ambiente a pesar de las protestas”, dijo Natalia Osandón, una chilena que vive en Río de Janeiro. “Lo que pasa es que al final para el brasileño su religión es el fútbol”.

“Nunca me preguntaron en quién creo o por mi religión, sino qué equipo tengo”, añadió.

La policía impidió el acceso a la playa de Copacabana de menos de 100 personas que protestaban contra los gastos del Mundial. Las manifestantes lanzaban papeles y gritaban algunas consignas. Pero no se registraron incidentes y la protesta transcurrió de forma pacífica.

Un gentío de aficionados, brasileños fundamentalmente, pero también chilenos, mexicanos, argentinos y colombianos hacía fila para entrar al Fan Fest de Copacabana para seguir el partido en una enorme pantalla gigante. Era un ambiente colorido y ruidoso, en el que hacían sonar trompetas y silbatos.

Incluso los silbatos de los agentes de policía que trataban de regular un tráfico imposible sonaban al ritmo que marcaban los hinchas jubilosos.

“Vivirlo acá es otra cosa”, admitió David García, un colombiano de 28 años. “Los colombianos estamos sedientos de fútbol”.

Se notaban las ganas de Mundial en América Latina, que no albergaba el torneo desde México 1986. Brasil no era anfitrión desde 1950 y la última Copa en Sudamérica se remontaba a Argentina 1978. Este ambiente, con miles de personas en la calle, no se vivió en la anterior cita en Sudáfrica.

“A toda madre”, dijo Daniel Arellano, un mexicano de 36 años. “El ambiente es impresionante, la gente es feliz. Nosotros esperamos pasar de ronda”.

En la capital Brasilia, donde está la sede presidencial, en ministerios y una mayoría de dependencias públicas federales, los trabajadores dejaron los escritorios a las 1 p.m. locales. Las calles quedaron desiertas. Todos se refugiaron en restaurantes y casas para hacer un “churrasco” (parrilla) y ver el juego con amigos y familia.

“Se acabaron las manifestaciones, decían que no iba a haber Copa, ahora tenemos Copa, vamos a buscar el hexacampeonato” dice Joao Oliveira, empleado bancario de 36 años en un abarrotado bar terraza de la zona sur de la capital.

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