Cine

Los Oscars, lo que el viento no se puede llevar

Ryan Gosling y Emma Stone en ‘La La Land, dirigida para Damien Chazelle, y una favorita de la temporada de premios este año.
Ryan Gosling y Emma Stone en ‘La La Land, dirigida para Damien Chazelle, y una favorita de la temporada de premios este año. TNS

Este próximo domingo 26 de febrero volverá a celebrarse la ceremonia de entrega de los premios concedidos por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas que, en reconocimiento a la excelencia de los profesionales de la industria, se otorgan cada año. Sin embargo, nadie se refiere a ellos como “premios de la Academia”, que es como realmente se llaman, sino como “los Oscars”, en alusión al nombre de la famosa estatuilla. El acto formal en el cual los premios son presentados es una de las ceremonias más prominentes de la industria del espectáculo; un ritual televisivo que se transmite en vivo para más de 100 países y que se calcula es visto por 300 millones de personas alrededor del mundo.

Pero no siempre fue así. La primera ceremonia de entrega de premios, que tuvo lugar el 16 de mayo de 1929, en el hotel Roosevelt, en Los Ángeles, consistió en un almuerzo privado al que apenas asistieron 200 personas. En la de ahora, la número 87, que tendrá lugar en el Dolby Theather, en Hollywood, participarán, entre nominados, periodistas, invitados y público en general, casi 5,000 personas. Una de las películas de este año, La La Land, resultó nominada en 14 diferentes categorías, un record que solo ostentaban All About Eve y Titanic, de 1950 y 1997, respectivamente. Otros dos filmes, Arrival y Moonlight, que también compiten ahora, quedaron empatados con ocho nominaciones cada uno.

Desde aquella primera entrega hasta la fecha, muchas cosas han cambiado. Por ejemplo, en los primeros años, los nombres de los ganadores eran dados a la prensa para su publicación en el transcurso de la ceremonia; pero eso dejó de hacerse cuando en una ocasión, en 1941, Los Angeles Times los anunció antes de que comenzara el acto. A partir de entonces, todo se hizo en secreto y comenzaron a utilizarse los sobres sellados: “And the winner is...”, primero, y “And the Oscar goes to...”, después. También ha cambiado el período de elegibilidad: durante las primeras seis ceremonias era de dos años; por lo que un artista podía ganar por dos películas diferentes. Eso cambió en 1935 cuando se estableció que el período de elegibilidad era el año inmediatamente anterior; algo que se ha mantenido hasta la fecha.

Sí, los cambios han sido numerosos, sobre todo en su estructura. En aquel ya lejano 1929 las categorías que se premiaban eran pocas. Ocho para ser exactos: Unique and Artistic Picture, Directing (dramatic picture), Writting (adaptation), Directing (comedy picture), Writting (original story), Best Actress, Best Actor y Outstanding Picture. Hoy día las categorías se han extendido a 24, entre las que se encuentran algunas que no aparecían en las primeras tres décadas, como Best Animated Feature (2001), Best Makeup and Hairstyling (1981) y Best Sound Editing (1963).

Lo que no ha cambiado es la condición artística del cine, en tanto espectáculo y medio de comunicación. Y es que el cine, más que ser el séptimo arte (como lo definió el crítico italiano Ricciotto Canudo) es un compendio de las otras seis disciplinas. Es decir, sin literatura no habría argumentos; la grandiosidad visual de los escenarios no sería posible sin la pintura, la arquitectura y la escultura. Y sin la música, una película no sería otra cosa que una lectura dramatizada. El cine es entretenimiento, sí; pero es también una nueva y pura forma cultural. La frivolidad que antecede las premiaciones –alfombra roja, lujosas limosinas y joyas prestadas– se compensa cuando ganan películas como, digamos, Schindler's List, Dance with Wolves, Driving Miss Daisy, Rain Man, Lawrence of Arabia o Midnight Cowboy. Y las posibles superficialidades dichas por un nominado en una breve e improvisada entrevista no son nada en comparación a la garra lírica de algunas frases fílmicas famosas, como la pronunciada por Humphrey Bogart en Casablanca: “We'll always have Paris”. O la ya legendaria: “Frankly my dear, I don't give a damn, dicha por Clark Gables en Gone with the Wind.

Por eso, cuando el próximo 26 de febrero Jimmy Kimmel inicie su monólogo como anfitrión del evento, el mágico ritual de los Oscars habrá comenzado una vez más: los presentadores se sucederán en el escenario entre las diferentes categorías y las elaboradas coreografías de los números musicales antecederán la emotiva lista de los actores desaparecidos este año. Para cuando las cámaras enfoquen los rostros nerviosos de los artistas nominados en el momento de abrirse los sobres y los discursos de aceptación sean interrumpidos por la orquesta, todo habrá terminado: And the Oscar goes to...

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