Cine

Ir al cine, ¿placer o tortura?

¿Desde cuándo no vemos una película que inspire y motive como The Sound of Music?

Hace más de 40 años abundaban películas, que ahora son clásicos, que representaban cualidades humanas sencillas y hermosas, o un amor que arriesgaba todo por lograr ser correspondido y vivir felices para siempre, como Doctor Zhivago.

Con sólo mirar la mayoría de las producciones ``comerciales'' que llegan a los cines hoy en día --todas técnicamente bien hechas, sin ser obras de arte-- comprobamos que la sociedad en que vivimos ha cambiado mucho y en vez de irnos a distraer y pasarla bien, o ver escenas de ficción basadas en realidades históricas o problemas humanos resueltos de manera que enriquezcan el espíritu, lo que vemos es corrupción política y empresarial (State of Play y The International), crímenes propios de la barbarie (The Stoning of Soraya M.), guerras sin redención (The Hurt Locker e Inglourious Basterds), avaricia (Michael Clayton), violaciones sexuales (The Last House on the Left) y el miedo a la muerte (The Final Destination), entre otros espantos.

Algunos quizás dirán que todo eso ha existido desde que el mundo es mundo, pero ahora tenemos más medios de comunicación inmediatos y el cine es el que más dólares se embolsilla. Lo que ha ocurrido recientemente --diríamos en los últimos 10 años-- es la alarmante intensificación en dramatizaciones fílmicas de las cualidades más negativas que puede tener una sociedad civilizada, como si la humanidad hubiese entrado en un cataclismo moral. Comprar un boleto para apoyar ese tipo de glorificación de oprobios y groserías es, más que una ironía, una tragedia.

La violencia gráfica, la falta de respeto hacia diferentes culturas, la indiferencia hacia lo que muchos consideran creencias sagradas, el abuso de las mujeres, los prejuicios raciales rampantes y la irresponsabilidad de ciertos estereotipos de líderes en prácticamente todas las esferas socioeconómicas son más que temas comunes en dramas, comedias y thrillers modernos. Son espejos de la más sórdida ``realidad'' que reduce a la belleza, al arte y a todo lo que nos eleva como personas a un abismo de insignificancia. De hecho, algunos dibujos animados contienen ciertos personajes tan siniestros que hacen ver a la bruja de La bella durmiente como una hada madrina.

Los ``antagonistas'' y ``villanos'' han existido desde el teatro griego, pero jamás con la abundancia y la malicia diabólica de destrucción total como se les ve hoy. ¿Qué ha pasado con los dramas de interés humano, los elegantes romances, las geniales comedias sin vulgaridades, las epopeyas históricas, las aventuras familiares, las biografías que inspiran? Con escasas excepciones --el musical Mamma Mía! (2008) con Meryl Streep es una-- han prácticamente desaparecido de la pantalla grande. El misterio es: ¿qué público le está pidiendo a la poderosa industria fílmica este tsunami de temática nefasta y despreciable?

Pero culpar al negocio cinematográfico es tirar popcorn contra el viento: hacer cine es sumamente costoso y no puede haber oferta sin algún tipo de demanda. Estoy convencido de que ninguna película puede cambiar la manera en que las personas razonables y maduras piensan. Lo que sí pueden hacer es reafirmar y exagerar el poder del mal y, de hecho, menospreciar el poder del bien. Y ahí mora el peligro de la situación: reafirmar y repetir lo destructivo, la inhumanidad con la constancia con que se viene haciendo podría tener a la larga --y vale la especulación-- ciertas consecuencias negativas, sobre todo en el caso de niños y adolescentes.

Como miembros de una sociedad civilizada tenemos el privilegio de ofrecerles a las nuevas generaciones la oportunidad de vivir, prosperar y disfrutar en un mundo donde belleza, nobleza, comprensión y compasión, sean más que palabras idealistas.

Curiosamente, la nueva cinta de Tyler Perry, I Can Do Bad All by Myself, con Taraji P. Henson y Adam Rodríguez, coronó la taquilla nacional el pasado fin de semana, recaudando más de $23 millones y destronando a la horrorífica The Final Destination, tras dos semanas en el primer lugar. Las exitosas comedias de Perry casi siempre son locuras de puro escapismo, pero lo que poseen consistentemente son mensajes que aspiran a reafirmar lo positivo del ser humano.

No obstante, no puedo dejar de preguntarme en este momento de oscuridad y pesimismo global: ¿Hasta dónde vamos a llegar antes de abrir los ojos?  

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