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The Age of Adaline: una mujer congelada

Blake Lively protagoniza ‘The Age of Adaline’.
Blake Lively protagoniza ‘The Age of Adaline’. AP/Lionsgate

Adaline Bowman detuvo su envejecimiento a los 29 años, un día de 1908. Una retórica voz en off, cual si hubiese detrás una novela, nos da la explicación exhaustivamente “científica” del milagro que aquí resumimos en pocas palabras: tras sufrir un accidente, un extraordinario fenómeno meteorológico produjo una reacción en el cuerpo de esta mujer, que congeló su degeneración y se detuvo en la eterna juventud.

Hoy, en 1914, Adaline (interpretada por una dulce y puntual Blake Lively) vive con nueva identidad en un departamento del populoso Chinatown de San Francisco y aleja toda cercanía con otros seres, con tres excepciones: su anciana hija (Ellen Burstyn), su amiga ciega y su fiel perrito.

La idea – original– detrás de la fantasía romántica que dirige Lee Toland Krieger es muy atractiva y hubiese podido generar situaciones dramáticas de gran riqueza. Sin embargo, tiene por delante un guion torpe, perezoso y poco imaginativo; y su misterio, penosamente, se mata a sí mismo. Entre otros descuidos, vemos a una contradictoria y demasiado segura de sí misma Adaline. Esta esconde al mundo el milagro de su eterna existencia, pero no puede resistirse a exhibir en público su sapiencia acumulada en ocho décadas, sus adorables vestidos old fashion, sus conocimientos de historia e idiomas que dejan a otros boquiabiertos, en vez de intentar pasar inadvertida, como una simple chica del montón. El galán de la historia (Michiel Huisman) tiene también esa manía de querer asombrar con sus encantos, sus paseos sorpresa, su departamento tan original, pero a él se le puede perdonar, está intentando conquistar a una mujer muy fuera de lo común.

El clímax dramático, con un Harrison Ford muy entregado en la piel de un personaje clave del pasado de Adaline, resulta un verdadero golpe bajo a la historia misma. Y otra vez el didáctico narrador –que parece provenir del más allá– viene en ayuda de un guion que busca la forma más cómoda de explicarnos un nuevo y extrañísimo fenómeno. Dan ganas de salir corriendo de la sala oscura ante esta especie de autogol dramatúrgico. Las buenas ideas en el cine valen oro, suele decirse, pero La edad de Adaline ha matado la suya. • 

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