Cine

CRÍTICA DE CINE: ‘The Club’, refugio santo de criminales

Una escena de la película chilena The Club’.
Una escena de la película chilena The Club’.

En el frío poblado de La Boca, Chile, una especie de familia entrena a un perro galgo de carreras, a orillas del mar. Se trata de cuatro curas viejos y una hermana religiosa que los acompaña y supervisa. A pesar de sus santos votos celestiales, el grupo personifica en la tierra lo más impuro de la raza humana.

Cerca de este paisaje está la casa de retiro para estos sacerdotes católicos excomulgados, expulsados de sus parroquias por pecados innombrables de pederastia, que aquí se nombran con todas sus letras. Pero en este refugio de saneamiento llevan una vida “muy santa”, “muy bonita”, según la hermana. La historia da un vuelco a los pocos minutos con la llegada de un nuevo sacerdote al club. Luego irrumpe otro curita que parece bueno, padre consejero con misión de censura y correctivo, para recordarles que “esto no es un spa”, “es un centro de penitencia, de arrepentimiento”. Tras las sombras de los padres merodea un tal Sandokan, victima y victimario, que llega para quedarse con su mezcla de locura y cinismo.

Pablo Larraín trae un filme incómodo, de una dureza y acritud profundas, expresadas en su retorcida historia, en la gris atmósfera de su pueblo endiablado, en la fotografía oscura, en los repelentes close-ups de sus personajes. Se trata de una obra, a su vez, llena de luces, muy bien contada y actuada –por Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Jaime Vadell, Alejandro Sieveking– con música altisonante que afianza el drama y parlamentos agudos, no faltos de gracia (“Si se acaban los pobres se nos acabarían los santos, y eso sería gravísimo”). El filme es ganador del Oso de Plata, nominado a los Globos de Oro, y fue seleccionado por Chile para la contienda de los Oscar.

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