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CRÍTICA DE CINE: ‘Dough’, una mezcla “milagrosa”

Ayyash (Jerome Holder) y Nat (Jonathan Pryce) en una escena de ‘Dough’.
Ayyash (Jerome Holder) y Nat (Jonathan Pryce) en una escena de ‘Dough’.

Dough es harina, pero también dinero en jerga callejera. Harina es la que usa el viejo judío Nat (Jonathan Pryce) para hornear sus panecillos; dinero es el que intenta hacer el joven negro musulmán Ayyash ((Jerome Holder), vendiendo droga en las calles. Nadie podría imaginar lo bien que congenian las diferencias culturales, religiosas y generacionales en un filme. Pero a sus dos opuestos protagonistas los une mucho más de lo que los separa.

El panadero quiere conservar a toda costa el negocio familiar, que a su propio descendiente le tiene sin cuidado. En el mortecino local aparece este otro hijo, el de la empleada de la limpieza, un emigrante de Darfur a quien el maestro hornero enseñará las artes del tradicional challah, mientras en sus ratos nocturnos el aprendiz continúa golfeando con un par de amigos muy tontos y vendiendo el cánnabis. Lo más atractivo es el giro que toma la historia – y la receta- cuando un nuevo ingrediente “milagroso” entona de buena manera la mezcla base para los muffins de la tienda del judío, que de la noche a la mañana multiplica la clientela. Nada más ocurrente para salpicar la trama de humor travieso, salida del primer y último guión largo de Jez Freedman.

El título de John Goldschmidt, coproducción anglo húngara, es una comedia agradable y desenfadada. Tiene un guiño a la exitosa francesa Intouchables, con la quimérica hermandad entre anciano blanco acomodado y joven negro inmigrante, buscando tocar la fibra emocional a través de una historia de solidaridad, amistad y respeto a las diferencias.

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