Cine

Unbroken: golpeado pero no vencido

La directora Angelina Jolie con los actores Jack O'Connell, Domhnall Gleeson y Finn Witrock en el ‘set’ de ‘Unbroken’.
La directora Angelina Jolie con los actores Jack O'Connell, Domhnall Gleeson y Finn Witrock en el ‘set’ de ‘Unbroken’. AP/Universal Pictures

Angelina Jolie vuelve a situarse tras las cámaras para llevar al cine la extraordinaria historia de Louis Zamperini. Con otro drama bélico en su haber, In the Land of Blood and Honey, ahora hace honor a este hombre de doble valía: gran atleta que participó en los juegos olímpicos de 1936 y valiente luchador en la II Guerra Mundial –fallecido poco antes del estreno del filme.

Sin embargo, lo que pudo haber sido un notable biopic, desde el punto de vista narrativo, contando con tan buenos factores: una base literaria del libro de Laura Hillenbrand y la colaboración de varios puntales en la escritura del libreto, entre ellos los hermanos Joel y Ethan Coen, resulta ser una historia floja y fallida.

La narración se desluce desde el comienzo, en los flashbacks que nos llevan desde un bombardero de las fuerzas aéreas norteamericanas sobre el Pacífico, hacia la niñez del protagonista (Jack O’Connell). Los momentos de la infancia de Zamperini no son lo suficientemente cautivadores como para desviar la atención del espectador que ha quedado enganchado en la aérea escena bélica. La transición de una etapa de la vida a otra se da a través de cortes poco creativos. La buena historia se siente armada por un pulso inexperto. Zamperini fue inquebrantable, pero el filme sí que se quiebra por sus lados más flacos.

La expectativa comienza a avivarse en el episodio del naufragio de los pilotos norteamericanos. Los 47 días a la deriva en una balsa en altamar es el primer fragmento verdaderamente dramático, en el que un Zamperini ateo duda de Dios como gran creador. Luego la narración se concentra en dos campos de prisioneros en Japón, donde el protagonista sufre los maltratos y ofensas del jefe de prisión, Watanabe (Takamasa Ishihara). El enfrentamiento entre ambos hombres, que representan dos lados del conflicto bélico, la pérfida ojeriza del nipón, el sufrimiento contenido del prisionero, se perfila como un gancho suficientemente fuerte para la expectativa, pero los episodios llegan a ser muy parecidos, variantes sobre un mismo tema: la feroz golpiza. Luego hay otro fallo inexplicable, el posterior descuido de un personaje: el piloto y compañero de naufragio (Domhnall Gleeson).

Golpes, porrazos, castigos corporales llueven sobre el protagonista y definen el tono de la segunda mitad del metraje hasta su desenlace final. El espectador sufre con su héroe golpeado aunque espiritualmente nunca vencido, espera el giro dramático, aguarda la venganza, pero aquí el desquite viene vestido de una mesiánica tolerancia hacia la crueldad y, finalmente, de perdón. • 

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