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Leviathan, poderosa en su osadía

Elena Liadova en ‘Leviathan’, dirigida por Andrei Zvyagintsev.
Elena Liadova en ‘Leviathan’, dirigida por Andrei Zvyagintsev. AP/Sony Pictures Classics

El filme llamado como el gran monstruo bíblico asociado con Satán y el mar, rompe con sombríos y agrestes paisajes naturales y la música de Philip Glass, para caer en el tremendo drama de una familia rusa de un pueblo costero de Barents, que está a punto de perderlo todo.

Se trata del mecánico Kolya Sergueievich (Aleksey Serebryakov), quien vive con su esposa Lilya (Elena Lyadova) y su hijo de anterior matrimonio, Roma (Sergey Pokhodaev), en su vivienda de toda la vida. Aparece en escena un viejo amigo y abogado venido directamente de Moscú, para echarle una mano legal a Kolya en el rollo por el que atraviesa. Deberán batirse con el alcalde del pueblo (Roman Madyanov), hombre poderoso e inescrupuloso que intenta apropiarse del terreno de esta familia, a las malas.

La cinta de Andrei Zvyagintsev, que se alzó con el Globo de Oro y una nominación al Oscar, camino a la contienda de febrero como mejor película de habla no inglesa, tiene el alma del mejor cine ruso moderno y la inspiración de su gran literatura, aunque a algunos coterráneos no les ha hecho gracia la historia de este discípulo de Tarkovsky, que encierra una crítica social devastadora.

El abogado Dimitri (Vladimir Vdovichenkov) está dispuesto a ir a la comisaría, a la corte, a todas las instancias. Pero aquí no hay leyes que defiendan al individuo. En la fiscalía nadie está “autorizado” a atender la petición del jurista. La corte es un sitio fantasmal, donde no hay juez ni sombra humana para recibirlo. La soledad, la impotencia, la indefensión del individuo ante el poder del estado es abrumadora. Y el vodka es el recurso que mitiga las penas o alimenta el coraje en este mundo corrupto y despiadado. Pero Dimitri tiene un as bajo la manga: un portafolio con información comprometedora que podría cambiarlo todo.

La cinta, muy osada, toca y envuelve todo: el estado, la iglesia, la ley, las instituciones, el individuo. “Tu y yo trabajamos por la misma causa”, son palabras del sacerdote ortodoxo del pueblo al canallesco alcalde, quien ostenta una foto de Putin en su despacho. Mientras a un teniente coronel, en una crucial secuencia campestre de domingo, le divierte practicar el tiro al blanco con fotografías de Lenin, Brezhnev, Gorbachev. “Tengo a Yeltsin también. Pero es poco importante”. Luego, la trama cambia la dirección, el drama se retuerce con un lío amoroso –bastante enigmático– y se vuelca completamente hacia la tragedia.

Leviatán tiene una historia aplastante, en la que ganan los más fuertes y queda la joven generación huérfana y desolada –representada por el niño Roma–, dejando un sabor a futuro triste y desesperanzado.• 

pilayuso@yahoo.com

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