Olga Connor

Sexo y poder en las elecciones de Estados Unidos

El senador Gary Hart y la actriz Donna Rice.
El senador Gary Hart y la actriz Donna Rice. Archivo

Era 1987, cuando aún no había nacido el Nuevo Herald, y yo acababa de entrar a trabajar en su antecesor que se llamaba el Miami Herald. La noticia más importante en esos momentos fue la de los rumores sobre el affair de Gary Hart con una rubia, que fue identificada como la actriz Donna Rice.

Fui una de las encargadas de editar los artículos que habían sido traducidos para nuestro periódico de los periodistas del Miami Herald Jim McGee, Tom Fiedler y James Savage. Pero esa tarea no fue nada agradable. Aunque no estaba dispuesta a votar por Hart, no creía que se le debía dar tanta importancia a que tuviera una amante. Ni que se discutiera en público.

Lo peor es que los periodistas dijeron que fue el propio Hart quien los conminó a que lo siguieran. Y el rumor se convirtió en noticia. Pues los periodistas le persiguieron como si fueran paparazzi, hasta que lo vieron con la “rubia”. Hart abandonó la contienda por la nominación demócrata a la Presidencia y su carrera política terminó.

Esto tiene mucho que ver con lo que ha estado amenazando Donald Trump respecto a sacar a relucir los amoríos del ex presidente Bill Clinton, quien sería el primer (¿caballero?) esposo de la Casa Blanca en la historia de Estados Unidos, si gana Hillary. La idea o excusa tras el reportaje sobre Hart era encontrar todo acerca de la vida privada, para demostrar que el carácter de los presidentes era el apropiado, que fueran morales y probaran estar felizmente casados.

Incluso Trump, como si fuera uno de esos reporteros de los programas de España llamados rosa, no por comunistas, sino por vergonzosos, ha anunciado que también Hillary le ha sido infiel a su marido. Lo que enseña la historia norteamericana es que eso no fue óbice para que eligieran a Franklin Delano Roosevelt, Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, etc. Ni siquiera a su esposo William J. Clinton.

Escogieron a todos esos presidentes por los programas de gobierno que prometieron a los votantes, no por quienes se acostaban en sus camas, asunto que no debiera ser la prioridad de ningún elector. Tan es así que las primeras damas han sido mayormente decorativas, menos Eleanor Roosevelt, quizás. ¿Acusaría Trump a Jacqueline Kennedy, venerada por el pueblo, de ser una “enabler”, o habilitadora en sentido peyorativo, como ha hecho con Hillary Clinton? Probablemente sí. Él no tiene nada que ver con el decoro. Lo que le importa es ganar.

Y eso que Trump tiene el tejado de vidrio. Pues en el momento de su divorcio de Ivana dijo horrores de ella a la prensa, a pesar de que estaba liado con Marla Maples. ¿Es que él no tiene nada más que ofrecer al pueblo en contra de Hillary, que unas cuantas diatribas indecorosas acerca de las infidelidades de su marido, aunque él también haya sido infiel? No ha habido gobernante apenas que no tuviera amores extramaritales. Es típico que los poderosos atraigan. Ya lo dijo Henry Kissinger: el poder es un afrodisíaco.

El pueblo escoge presidentes por razones sentimentales, de adoración al héroe. Es una necesidad de los pueblos. Lo que es increíble es que un supuesto héroe se dedique a caminar por esas veredas de chismes sentimentales. Pero Trump cree que su dinero le da validez para hacer lo que él quiera. Tampoco me parece adecuado entre periodistas. Hoy día lo que le hicieron a Gary Hart, un “stakeout” de una casa, sin ser policías, se llama acecho, acoso. Me parece que está ahora penalizado por la ley.

Hart era un idealista, inclinado a la izquierda. Eso es lo que atrae a los jóvenes que siguieron a Bernie Sanders. Aunque Hillary Clinton dice que apoya esas ideas de Sanders incorporadas ahora a la plataforma demócrata, de ayudar a los estudiantes universitarios por ejemplo, tiene que hacer énfasis en esto, si de verdad lo cree.

En el próximo debate, Hillary no debe responder, ni por un momento a la incitación de hablar de las amantes de su esposo ni de las de Trump. Que aprenda de Mike Pence, que no contestó lo que no le convino en el debate con Tim Kaine. Hay que dejar de poner al sexo en la palestra y arremeter con las ideas. Hay que dejar de entretener y empezar a dilucidar cómo resolver los problemas. Esta competencia de dos líderes es sobre el poder, no sobre el sexo.

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