Olga Connor

Utopía universal o añoranza del Edén

Donnie Yen en una escena del filme más reciente de ‘Star Wars’, ‘Rogue One: A Star Wars Story’.
Donnie Yen en una escena del filme más reciente de ‘Star Wars’, ‘Rogue One: A Star Wars Story’. TNS

En el Edén que nos pintó la Biblia todos sus componentes eran vegetarianos y los animales no se atacaban entre sí. Quizás no tenían que alimentarse, y gracias a los creadores de esta leyenda solo había un ser, en este caso, hombre, probablemente andrógino, a quien le bastaba dirigir el mundo animal y vegetal.

Hasta cierto momento, porque en una de las versiones de la Creación Adán descubrió su soledad y quiso compañía, por lo que Dios lo dividió en dos y creó a la mujer, Eva, de su propio costado. Desde entonces Hombre y Mujer están luchando entre sí a ver quién pecó primero, quién lleva la batuta en el dominio del hogar y del mundo.

Es mi deseo para el Año Nuevo y todos los años venideros que todos los seres del planeta, hombres, mujeres y seres entre ambos sexos, se vean como de la misma especie y vuelvan a la gracia del Edén, antes de la Caída. O por lo menos que se acerquen y no caigan en el pecado de Caín, hijo de Adán y Eva, que mató a su propio hermano Abel.

Sin embargo, fue esa una señal de lo que seguiría repitiéndose en todo el mundo y especialmente en el Medio Oriente, donde la muy reciente tragedia de Alepo en Siria nos recuerda que hermanos contra hermanos se siguen asesinando y otros que se meten por el medio de la contienda también exterminan a hombres, mujeres y niños indefensos.

En esa leyenda del Edén hay muchos aspectos simbólicos. Por ejemplo, la serpiente que tentó a Adán y Eva y el zoológico allí descrito nos dan a entender que estaban en una especie de jungla africana, quizás porque nuestros primeros padres eran negros. Por eso no tiene razón ser racista, todos descendemos de negros en una primera instancia, ni antisemitas, porque todos fuimos semitas, hasta llegar a la zona de los blancos del norte, en Europa, los amarillos del Oriente y los colorados de las Américas.

No es solo la división por el color de la piel lo que lleva a diferencias entre etnias y guerras. También la Torre de Babel es una metáfora sobre las etnias, al dividirse el pueblo por tener lenguas diferentes. No nos engañemos, los idiomas hacen que la gente pelee entre sí, si no lo cree, veamos lo que ocurre en España, con los vascos y los catalanes contra castellanos, y en Estados Unidos entre anglosajones e hispanohablantes.

Históricamente, cada grupo social se ha creado su propia religión, que no es otra cosa que un código aceptado de modo grupal, para aspirar a llegar al más allá. Las diferencias de enfoque en estos códigos han creado un celo entre las creencias, lo que ha sido una de las mayores causas de las guerras. Aunque eso solo sea para esconder un celo mayor, que es el pecado de la codicia y la envidia, el querer tener lo que tienen otros. Eso puede ser el amor, simbolizado con Helena de Troya entre los griegos, o con Betsabé entre los judíos; los territorios, para crear imperios, lo que se pudo ver en las acciones de Alejandro Magno, o la ideología revolucionaria, el poderío y la fama, como lo logró Napoleón.

La vida nómada con las ovejas, que representaba Abel, fue sustituida por la vida agraria y sedentaria que produjo las provincias y ciudades, que representaba Caín, porque eso también funciona en la historia del Génesis metafóricamente. Y luego le siguieron los cacicazgos, los imperios, el feudalismo, el nacionalismo, etc., hasta el siglo XIX.

Pero la tecnología de los siglos XX y XXI ha cambiado nuestro modo de ser. Con una computadora al hombro, o un teléfono inteligente en el bolsillo, se puede estar en la Siberia y comunicarse con el mundo entero a través de los satélites que navegan por el espacio. Es imposible parar la globalización de la villa.

Siempre me pareció muy sabia la meditación de Claude Lévi- Strauss (no el cortador de jeans, sino el antropólogo francés), quien analizó que el pensamiento de los “primitivos” era del que vive en un eterno presente. Donde no hay escritura, ni aparentes cambios, no hay historia. Todavía hay algunos en las selvas ignotas que andan en taparrabos.

Pero el resto de la humanidad está abocada a la considerada como Era de Acuario por los astrólogos, que está basada sin embargo en una realidad astronómica. Y quizás los astrólogos tengan razón cuando nos dicen que nos llevaría al espacio. Por eso la paulatina eliminación del concepto nacionalista, en que todavía caen muchos ilusos retrógrados, y que en el fondo nos destruye a todos, será esencial, porque en la nueva era vendrá la comunicación con otros seres interplanetarios. Y el planeta Tierra será, en ese contexto del Universo, otra islita en el espacio astral.

Es mi deseo para el Año Nuevo 2017 que comencemos a considerarnos terrestres, y no “Putanos”, por Putin, o “Trompistas”, por Trump, o por cualquiera de los energúmenos de cualquier continente que nos quieran gobernar mientras coartan nuestras libertades universales. El eje planetario se ha estado moviendo en dirección a esta constelación del Aire. Seamos consecuentes con nuestro futuro tecnológico, y lo que vendrá aun después, la comunicación mental entre todos, para no perder nuestro sentido humano, terrestre, y aspirar al ideal del Edén inicial. El Paraíso pues.

Y esto no es solo una elucubración soñadora, pero si lo quieren pensar así, pues muy bien, porque hay que usar metáforas e imágenes cuando faltan datos precisos. Sin embargo, fíjense en nuestro séptimo arte y cómo nos indica con las grandes y exitosas películas del espacio, la continuación de La guerra de las galaxias, de Dune, y de otras, que reflejan lo que pensamos, lo que esperamos, lo que auguramos.

Feliz Año Nuevo. Feliz Nueva Era.

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