Olga Connor

Marino desde la otra orilla

El pintor Gilberto Marino junto a una de sus obras, en 1997.
El pintor Gilberto Marino junto a una de sus obras, en 1997. el Nuevo Herald

Marino ha muerto y con él se fue la gracia y la alegría que infundía a su alrededor para el gozo de todos los que lo conocimos, con su personalidad y con su arte.

La primera vez que oí hablar de Gilberto Marino fue en las reuniones del grupo de artistas del Mariel, a principios de los 80, especialmente de Víctor Gómez, que me decía que Marino era un gran pintor de todo ese grupo, pero que no estaba en Miami, porque se había ido para Venezuela.

No supe más de él hasta que se apareció en esta ciudad y comenzó a pintar cuadros con la efigie del Caballero de París, un personaje folclórico de la ciudad de La Habana, que todos recordábamos por su estrafalaria indumentaria que parodiaba la de un hidalgo de prosapia venido a menos. Me dijo que él lo había conocido personalmente y su interés en el personaje rebasaba el aspecto de lo comercial, que de hecho era óptimo, porque le encargaban esas pinturas a granel. Lo que no quitaba que pintara otras de bellísimos rostros femeninos.

Desde que los Roblán, Armando Rodríguez, el caricaturista, pintor y comediante, y su esposa Gloria Lau se convirtieron en mis vecinos de Coral Gables comencé a ver a Marino muy a menudo, porque eran amigos inseparables. Se habían conocido, me comunicó Gloria, en las Peñas de San Alejandro, celebradas en diferentes casas particulares y se componía de ex alumnos de esa Escuela de Bellas Artes de San Alejandro de La Habana.

De su estancia en Venezuela –donde trabajó de camarero de restaurante después de salir de Cuba–, contaba con su gran sentido del humor, que “estaba vivo de milagro”, porque se había adentrado en el Amazonas, en parajes inescrutables de los aborígenes, a quienes había copiado con sus pinceles. Pero a mí siempre me dijo que eran muy buenos y amables.

En el 2005, tuvimos la fortuna de contar con Marino en un viaje a Egipto. De las muchas anécdotas que guardo, una en particular me fue muy graciosa. Después de oír a nuestro guía arqueólogo que nos hacía preguntas sobre las lecciones, Marino solo respondió que le iba a escribir a su madre para que lo sacara de aquella beca, que le daba mucho trabajo. En este viaje Marino y el colega Daniel Fernández hicieron las delicias de todos con sus espontaneidades cómicas.

En una entrevista de radio que le hice Marino se refirió a la estatua de John Lennon en La Habana, a la que le habían puesto un guardián, por la armadura de espejuelos que constantemente le robaban, como un ejemplo de las incongruencias de la vida allí. Y es porque en su época, hablar de los Beatles significaba ir a la cárcel. “No se podía escuchar música americana y da que pensar en la gente que encerraron a palos por cuestión de los Beatles, y ahora es un monumento, eso es surrealismo”.

Pero su gran creación imaginaria fue devolvernos una figura perenne de las calles de La Habana, algo más simbólico aún. “Al Caballero de París le rescataron los restos y los pusieron en el Convento de Santa Paula, un monumento para las cenizas de él”, dijo señalando otra incongruencia. “Pero bueno, ya yo estaba haciendo de un Caballero a otro Caballero, y siempre diciendo que vino en balsa para Miami”. (El verdadero nombre del Caballero era José María López Llevín, y nació en Fonsagrada, Lugo, Galicia, España, el 30 de diciembre de 1899; murió el 12 de julio de 1985, en La Habana.)

Con la esperanza de todos los exiliados de volver a la isla, siguió confesando Marino: “El día que regrese a La Habana, voy a echar de menos a mis padres y a vecinos de mi cuadra, y cuando empiece a recorrer la ciudad, a los ausentes permanentes que están allí, doblando las esquinas a ver donde me lo encuentro a él. Es como La Giraldilla, un monumento ambulante: él era un muro y se fue destruyendo igual que La Habana, era parte de la construcción de La Habana...”

“Los derechos civiles te permiten, aunque seas desamparado, tenerlo todo. Sin tener nada lo tenía todo [el Caballero], sobre todo, su libertad, y él ha logrado trascender con buenos modales, por eso le decían ‘el caballero’ ”, analizó Marino. “Me maravillaba como sin tener nada se convirtió en el símbolo de una ciudad y todo fue honestidad, honradez y buenos modales... Es un mito, se convirtió en un símbolo, y estaba lleno de conocimientos, te nombraba a Bécquer y a personajes de la monarquía europea. Entregaba flores, su capa la ponía en el suelo para que cruzaran las mujeres. No tenía calor, pero parece mentira que quizás le pasara como en el desierto, que la gente crea su microclima... Fue el primer hippie, se adelantó a su tiempo”.

Esa forma de honrar al Caballero de París, honra a Marino, quien lo describió destacando sus óptimas cualidades, pintando su apariencia extraña, pero con los ojos de hombre sabio. Eso fue también Marino para nosotros, como lo que dijo el poeta Juan Cueto Roig, “quienes lo conocimos solíamos destacar siempre su condición de hombre bueno”. Para mí fue, es, un gran artista y conocedor del alma humana.• 

olconnor@bellsouth.net

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