Olga Connor

La sorprendente Cartagena de Indias descrita e imaginada por Gabriel García Márquez

Iglesia y convento San Pedro Claver.
Iglesia y convento San Pedro Claver. Especial/el Nuevo Herald

Hace muchos años quedé embrujada cuando leí la novela de Gabriel García Márquez Del amor y otros demonios. Y enseguida me propuse que tenía que ir a ver la ciudad tan extraordinaria donde sucedían cosas portentosas e increíbles.

Pero eso fue en 1994, cuando salió publicada la novela. Escribí enseguida una reseña en que llamé exorcista al autor, porque “La posesión demoníaca no es tanto la reflejada en el supuesto endemoniado como en la de sus adoradores”, comenté. Eso es lo que parecía desprenderse de su texto narrativo.

El autor combinó su experiencia viviendo y trabajando en Cartagena, Colombia, y su conocimiento de la historia de las Indias Occidentales con su habilidad de contarla como si fuera fantástica. Era como una novela bizantina, heredera de la novela de caballerías, como la de los cuatro tomos del Amadís de Gaula, que él cita en esta novela como libro prohibido, pero también admirado. Ya que es un estilo de excesos en la anécdota, con un comedimiento y apariencia de realismo a la hora de hacer el cuento. Es una trama con recovecos, al estilo de la novela picaresca dieciochesca, como Manon Lescaut o Tom Jones.

Pero pasaron muchos años para que yo viajara a Cartagena de Indias y al llegar me dediqué a buscar dentro de la ciudad todo eso que imaginaba al leer sus narraciones. De hecho, hay una gira peatonal de comidas y sitios que se relaciona con las novelas del autor, especialmente El amor en los tiempos del cólera, que es una de mis favoritas y que también se desarrolla en esta antigua ciudad.

Del amor y otros demonios

Pero en El amor y los demonios el punto de mira principal y muy especial está en el antiguo Convento de Santa Clara, que es lo que le da nombre al hotel que ocupa ahora ese sitio, porque vimos la cripta donde estaba enterrada la mujer a la que -supuestamente- le siguieron creciendo los cabellos después de muerta. Está debajo del que ahora es un bar en el hotel.

El descubrimiento real que se hizo cuando estuvieron demoliendo el convento para fabricar el hotel, inspiró a García Márquez a escribir sobre una niña imaginada en una leyenda, de nombre Sierva María de Todos los Ángeles, hija del Marqués de Casalduero, que, como a la Rapunzel de los cuentos infantiles, le crecieron los cabellos hasta que se arrastraban por el suelo, y que como ella, llevaba en trenzas de varias vueltas. Como a Rapunzel, a Sierva María la encierran en una torre del convento de Santa Clara. Y del mismo modo le aparece un extraño varón, que viene a salvarla, el cura Cayetano de Laura, apadrinado por el Obispo y a quien se le predice un destino de bibliotecario en el Vaticano.

A Sierva María la creen endemoniada, después de haber sido mordida por un perro rabioso, pero el demonio de la niña entra en su salvador que se enamora de ella como un esclavo. Esto no la libra de que le corten sus bellísimas trenzas cobrizas en una ceremonia exorcizante que el narrador remeda al contar la historia.

Este es supuestamente un periodista, el propio García Márquez, que se convierte en personaje narrador al firmar en Cartagena de Indias, y con su nombre, el prólogo a la novela. Todo esto sucedió en 1949, cuando su jefe en el diario en el que trabajaba le envió a ver que “color periodístico” había en la demolición del convento.

En las excavaciones de las criptas del convento vio lo que creyó eran los restos de la exorcizada Sierva María. Después de 200 años, era solo un montoncito de huesos con una larga cabellera cobriza. Tan larga, que le había crecido 22 metros y 11 centímetros. En realidad era un cuento, una leyenda que recordaba de las historias de su abuela. Una marquesita con cabellos tan largos como una cola de novia, había muerto por la mordida de un perro rabioso y era “venerada en los pueblos del Caribe” por sus muchos milagros.

Así nos sentimos nosotros transportados a la historia mágica tras los bellísimos detalles decorativos del Hotel Santa Clara, y su fabuloso patio tropical.

García Márquez, ilustre habitante de Cartagena de Indias, ha contestado en una entrevista que el periodismo le ayudaba a mantener los pies sobre el suelo, para luego poder remontarse a la literatura. “Es la materia prima con la cual trabajo”, dijo entonces.

Un algo indefinido, una rara mulatez en la descripción, es lo que más sobresale, sin embargo en la novela, como una mezcla de cueros y sonidos y de verbos extraños, de remedos posmodernistas, que se ven en: “tenderetes de indios”; “puente levadizo del arrabal”; “mar de leva”; “coloración solferina”; “chilaba de beduino”; “mármoles ajedrezados”; “relente opresivo de la desidia y las tinieblas”. Es algo que se parece al mejunje racial, al mundo yoruba, mandinga, congo, abisinio, judío y cristiano que da vida a los personajes y que uno se encuentra en Cartagena de Indias.

De ahí la validez de leerlo antes de ir a esa ciudad. Porque allí nos encontramos con el folclore en los bailarines en los parques, frente a las iglesias, con las vendedoras de frutas en vívidos trajes de colores.

Es todo una especie de paradisiaco ambiente tropical, pintado a todo color, una gran escenografía lujuriosa para deleite de los sentidos, que comienza con una venta de esclavos en la plaza que aún tiene allí su emplazamiento. La trata de negros invadió el centro de las casas de las gentes con sus caretas y sus creencias.

Precisamente quedó allí un espacio muy especial para los enfermos en la iglesia y el convento que fuimos a ver en una de nuestras excursiones por la ciudad, el de San Pedro Claver. Es un templo del siglo XVIII de la orden jesuita, que alberga los restos del santo.

San Pedro Claver (fallecido en 1654) fue un sacerdote que trató de redimir a los esclavos negros de Nueva Granada, que era como se llamaba Colombia en tiempos de la colonia. Tras la iglesia, el antiguo convento que formaba parte del conjunto religioso, está convertido hoy en un museo de colecciones de arte de la cultura afrocaribeña. Y es que cuando Pedro Claver llega a Cartagena en 1610, de los 6,000 habitantes que tenía la ciudad 5,000 eran negros.

El amor en los tiempos del cólera

En Cartagena sigue habiendo una plaza donde se reunía el mercado antiguamente, y aún hoy para los turistas. Se aprecia con solo cruzar la famosa Torre del Reloj, y está rodeada de antiguas mansiones del siglo XVI con balcones de vívidos colores en madera, y con soportales de arco, donde se venden muchos tarros de conservas y dulces, verdaderos manjares de la costa caribeña en el Portal de los Dulces, Con sus aromas a confituras, guayaba y almendras ese portal es el famoso Portal de los Escribanos en la novela, El amor en los tiempos del cólera, y es donde empieza el recorrido de la Cartagena de García Márquez. Porque es allí donde se le da inicio a la espera de amor entre Florentino Ariza y Fermina Daza, que se prolonga 51 años, nueve meses y cuatro días.

La plaza de enfrente fue también estacionamiento de coches de caballos, y aún tiene pintorescas carrozas esperando por pasajeros, cuando no se está celebrando algún festival. Al centro se alza la estatua de Pedro de Heredia, fundador de la ciudad en 1533.

También frente a la Torre está el antiguo puerto desde donde partían los buques del negocio de Florentino Ariza, el eterno amante de Fermina Daza, e improvisado Don Juan al revés, porque es el hombre el asediado por las mujeres. La empresa Compañía Fluvial del Caribe es donde comienza su vía a las riquezas.

El tránsito naviero se revela desde el principio de la historia cuando él es operador del telégrafo, y la agencia postal depende de los barcos que llegan al puerto, el de Liverpool, el de Estados Unidos, o el de Francia. Aún hoy Cartagena es el puerto fluvial y marítimo con mayor movimiento. En sus muelles atracan unos 100 buques al mes. Y allí se mueve un 50 por ciento de la carga total del país. Es una bahía que conecta a Colombia con 140 países del mundo y genera más de 30,000 empleos.

Bajo la Torre del Reloj se venden los libros de García Márquez, llamado Gabo por sus amigos y así lo anuncian en la acomodada librería. El primer párrafo de El amor en los tiempos del cólera ya alude al ajedrez, que es la fórmula que hay que seguir para leer la novela y caminar las calles de la ciudad amurallada, una trama un poco enrevesada de distintas vías. Y nombra a Capablanca, el famoso jugador internacional de ajedrez cubano de esa época.

En sus descripciones se percibe el olor de la ciudad: de almendros, mangos, agua de colonia, limonada. Habla del barrio de Los Virreyes, porque allí vivieron los Virreyes de Nueva Granada, y es la zona donde habitaban los pacientes del médico Juvenal Urbino, el esposo de Fermina Daza. Pero ellos tenían su residencia en el tradicional barrio residencial de La Manga, al otro lado de la bahía. Y también describe el antiguo barrio de los esclavos, donde se encontraba la amante de Jeremiah de Saint-Amour, y adonde el médico se tuvo que adentrar, a pesar de molestarle “la pesadumbre de las ciénagas” de una cierta pestilencia que se notaba en sus calles enfangadas.

Describe en fin toda la ciudad antes de que se volviera turística y es una delicia leerle. Y sobre todo, comenta los eventos operáticos en el antiguo teatro de la comedia, que precisamente vimos muy cerca de nuestro hotel.

Piratas, bucaneros y religiosos

Al aterrizar, nos damos cuenta de que hay dos alas de esta ciudad, transida de historia militar y del recuerdo romántico y aventurero de piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros. Boca Grande está frente a las playas con sus altos edificios. Y la ciudad amurallada alrededor de la Bahía. Desde el aeropuerto por la carretera que nos llevaba al hotel, veíamos las playas a nuestra derecha y los edificios modernos de Boca Grande a nuestra izquierda.

Nos hospedamos en el hotel Monterrey que está siendo restaurado completamente y tiene la ventaja de estar frente a los parques que lo dividen de la arcada con la Torre del Reloj, entrada principalísima a la ciudad antigua amurallada. Esa noche cenamos en el restaurante del hotel, exquisito pescado, que es lo que más abunda en Cartagena.

Es una ciudad costera que encerraba los tesoros del Imperio para ser llevados en la flota en su regreso a España. Por eso fue atacada constantemente. Y se volvió amurallada y con uno de los fuertes más impregnables en el Caribe, el Castillo San Felipe de Barajas.

Nuestra guía Joyce nos lleva allí desde el primer día. Construido originalmente en 1536, el castillo fue reconstruido en 1657, y considerado la obra más destacada de la ingeniería militar española en América, que al igual que el centro histórico de la ciudad de Cartagena de Indias y su conjunto de fortificaciones, ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Subimos las colinas donde se erige, a 135 pies (45 metros) sobre el nivel del mar y bajo un tórrido sol que me inspiró a comprar allí mismo a la entrada un sombrero de ala ancha con los colores de la bandera colombiana. El fuerte es un monumental conjunto de murallas con anchas bases que luego se afinan a medida que alcanzan altura. Desde allí la vista panorámica de la bahía es sensacional. También se encuentra un apartamento bastante austero para quien era el capitán de la instalación, la casa del castellano. La historia que lo avala es que los ingleses no pudieron jamás vencerlo. Su complejo sistema de túneles fue otra atractiva escapada del sol y nos llenó de admiración por sus ventajas para esconderse de los adversarios. El castillo es una especie de pirámide rodeada de baterías, la de Santa Bárbara, San Carlos, Los Apóstoles, Del Hornabeque, de la Cruz, de la Redención y San Lázaro, que fue el nombre original del castillo. El asedio a Cartagena empezó cuando sólo tenía 13 años de fundada. El corsario francés Roberto Baal la asaltó con mil hombres en 1546. Y siguió con los piratas franceses Pointis y Ducasse, e ingleses como Drake y Vernon.

En la misma excursión llegamos al Cerro de la Popa (porque se parece a la popa de una galera), que admite que había otro pilar importante en la colonización de América: los rezos para liberarlos de los piratas y bucaneros. Sobre su cima se encuentra una iglesia y convento colonial, los de la Orden de Agustinos Recoletos construidos entre 1609 y 1611. El claustro del convento es un edificio bellísimo, y la Iglesia tiene reliquias importantes de sus devotos. Este era un centro de adoración precristiana.

En los años de la Colonia existía en su cima un adoratorio clandestino donde los indios y esclavos africanos adoraban a una deidad llamada “Buziriaco” o “Cabro Urí” que tenía apariencia de un macho cabrío. La leyenda cuenta que entonces fray Alonso de la Cruz Paredes, un religioso de esta orden, recibió en un sueño la orden de la Virgen María de erigirle un monasterio en el lugar más elevado de una ciudad costanera. Fue así como el monje viajó hasta Cartagena y eligió este cerro. A su llegada a la ciudad arrojó al cabro Busiraco cuesta abajo. Su culto fue entonces reemplazado por el de la imagen venerada de la Virgen de la Candelaria, una pintura de origen colonial que representa a la virgen de raza negra y que hoy es patrona de la ciudad de Cartagena de Indias. En las celebraciones de esta Virgen surgió el ritmo de la cumbia. Allí el Papa Juan Pablo II coronó canónicamente la Virgen el domingo 6 de julio de 1986 en su visita apostólica a Cartagena.

Al atardecer, un paseo por las calles y parques, quizás en coche de caballos, y cena posterior en uno de los fabulosos restaurantes de variadas ofertas culinarias, da final a nuestra búsqueda de la magia de esta ciudad que inspiró a García Márquez a ser su mejor historiador y cronista.

olconnor@bellsouth.net

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