Olga Connor

Caravanas de inmigrantes: unos vienen por tierra, otros por mar

Inmigrantes cerca del río Tijuana, en el estado mexicano de Baja California, huyen de los gases lacrimógenos lanzados por la policía de frontera de EEUU, el 25 de noviembre de 2018.
Inmigrantes cerca del río Tijuana, en el estado mexicano de Baja California, huyen de los gases lacrimógenos lanzados por la policía de frontera de EEUU, el 25 de noviembre de 2018. AFP/Getty Images

Aquí en Miami escucho a muchos cubanos hablar contra la caravana de hondureños y otros centroamericanos que se han acercado ya a la frontera y han sido recibidos con gases lacrimógenos, porque algunos han tirado pedradas y han subido la cerca. Lo que demuestra que sin una presencia militar el muro es una gran y costosísima mentira. No sirve.

Un amigo cubano propone que el gobierno americano pague por ómnibus y los manden de vuelta para sus países. Hasta he escuchado a hondureños criticar a sus compatriotas, por hacerles caso a los que los han animado a coger esa ruta del desespero, y sospechan de ellos.

Todo esto me hace recordar la flota del Mariel de 1980, en que más de 120,000 cubanos llegaron a Cayo Hueso y luego a Miami y otros centros de refugiados por la invitación del presidente Jimmy Carter.

En 1990, cuando se cumplía una década de aquella aventura cubana y americana, escribí un artículo para este diario para el que revisé mis notas redactadas cuando llegó mi prima hermana Martha Beaz Hernández del puerto del Mariel, en el barco camaronero América. Quiso navegar allí para ir a buscar a su hermano Roberto Beaz. Yo no era periodista entonces, pero los detalles de la travesía me parecieron una narrativa increíble, una verdadera odisea, porque los rescatadores no trajeron a los familiares, sino a los locos de Mazorra y presos de las cárceles que en su barco soltó el gobierno de Castro.

Lo curioso es que en 1980 yo daba clases en Dickinson College en un sitio lejano, Carlisle, Pennsylvania, a donde fueron enviados varios de esos refugiados del Mariel, un lugar llamado Fort Indiantown Gap, y mis alumnos de español iban allí como voluntarios a ayudar, y a la vez practicaban el idioma. Sin embargo, Carter perdió las elecciones, en parte porque los americanos no estaban de acuerdo con que recibiera esa flota, no querían ese tipo de inmigrantes.

Y aquí en Miami hubo una reacción negativa de los cubanos “históricos”, que se quejaban de que este grupo del Mariel era indeseable, aunque la mayoría eran trabajadores y también intelectuales, artistas y escritores, y, además, eran sus propios compatriotas.

Pero todo eso era en la época de la Guerra Fría, cuando huir del comunismo era un blasón, dicen los que protestan ahora. Estos no son refugiados del comunismo. Estos son refugiados de las pandillas criminales, lo que considero es prácticamente lo mismo. Pero el presidente actual y sus asesores de Washington están preparando al país para rechazar a todo inmigrante. Un artículo de The New York Times de Caitlin Dickerson, “Las nuevas restricciones para el asilo en Estados Unidos”, (19 de julio de 2018) explica el por qué. Antes que Trump lo “siquitrillara” (o despidiera) a Jeff Sessions, en junio, este anunció que ya no considerarían la violencia doméstica o de pandillas como fundamentos para pedir refugio. Y, por supuesto, tampoco la razón económica.

Y es así como estamos desalojando el alma de este país, lo que en realidad hizo a América grande —“Made América Great”— con su Estatua de la Libertad en el Puerto de Manhattan como símbolo. Se está perdiendo el corazón de esta gran nación, como han dicho algunos periodistas, incluyendo el conservador Geraldo Rivera en Fox News. “Tratamos a esta gente, a estos refugiados económicos, como si fueran zombies de la cinta Los muertos vivientes”. (“We treat these people, these economic refugees as if they’re zombies from The Walking Dead”).

Aquí, en América, los únicos que no son inmigrantes han sido explotados y encerrados en reservaciones, aunque algunos sobreviven, por ejemplo en Maricopa County, Phoenix, Arizona, donde hay una de las mayores reservaciones, con unos 125,000 indígenas nativos de América. Todos los demás somos inmigrantes o hijos de inmigrantes.

No importa lo que diga el señor Trump, que es descendiente de alemanes, y su padre fue acusado de discriminador en sus propiedades de Nueva York. Y a los alemanes, en una época anterior a la de sus abuelos, también los despreciaron. Uno de los científicos y patriarcas de la patria, Benjamin Franklin, fundador de mi Alma Mater, la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia, protestó de la inmigración abundante en ese estado de los hoy llamados Pennsylvania Dutch. Irónicamente decía que se oponía a que vinieran, “los españoles, italianos, franceses, rusos y suecos, porque son generalmente de color moreno, como son los alemanes también, excepto los sajones”. Y por algo más terrible aun, porque no hablaban inglés. Esto era alrededor de 1750.

Esta idea de que hay inmigrantes deseables y otros que no lo son se basa pura y simplemente en el racismo y el prejuicio. Sin los cubanos y los latinos Miami no habría llegado a ser la ciudad que es hoy. Y mucho que nos discriminaron.

No repitamos la misma injusticia con otros grupos también latinos. No apoyemos en esto al Presidente Trump.

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