Olga Connor

El mito de la ‘no intervención’

Un grupo de personas protesta por la falta de agua potable y electricidad, el 31 de marzo en el centro de Caracas, Venezuela.
Un grupo de personas protesta por la falta de agua potable y electricidad, el 31 de marzo en el centro de Caracas, Venezuela. EFE

En abril de 1996 tuve la oportunidad de entrevistar en la Ciudad de México al poeta y ensayista Premio Nobel Octavio Paz para este periódico (reeditado en El arte de la entrevista).

Entre otros tópicos hablamos del gobierno de Cuba y me confesó lo siguiente: “Lo curioso es que usted me habló de los críticos míos: muchos son partidarios de Fidel Castro y siguen defendiéndolo con la teoría de la no intervención. También sostienen [esta teoría] el gobierno de México y otros gobiernos latinoamericanos, lo que, a mi juicio, desde el punto de vista jurídico y político, es un disparate gigantesco”, declaró Paz.

Luego siguió explicando: “La teoría de la no intervención —y yo estoy por la no intervención— está fundada en el derecho a la autodeterminación. ¿Cómo podemos hablar de no intervención en el caso de Cuba, si Castro le ha negado al pueblo cubano lo esencial, el derecho a autodeterminarse?”. A lo que agregó que la autodeterminación se lograba con elecciones libres.

A Paz lo censuraron cuando decidió ser el primer autor latinoamericano en acusar al régimen de Cuba de dictatorial, ya desde principio de los 70. Aunque siempre tuvo ideas izquierdistas, el poeta mexicano era muy antitotalitario.

Yo me adhiero a ese pensamiento Paciano de que la “no intervención” ha ayudado a la dictadura totalitaria de los Castro en Cuba y ahora está sucediendo lo mismo con el régimen chavista de Nicolás Maduro en Venezuela.

El socialismo bolivariano aparenta seguir las ideas de Simón Bolívar, pero eso es otro mito, solamente es una extensión del castrocomunismo. Es a Cuba adonde fueron Hugo Chávez y Maduro a aprender el sistema de control de la sociedad que rige en Venezuela en estos momentos y que imita la que los soviéticos llevaron a los países del Este de Europa.

Cuando José Martí predicó la independencia de Cuba, no pensó ni dijo que se resolvería solo con ideología o medidas económicas. El sabía que había que acudir a la lucha armada. Cuando Fidel Castro habló contra Fulgencio Batista, por haber sido un dictador golpista, no se remitió solo a palabras. Fue a la Sierra con un grupo de seguidores, y luego los traicionó, rechazando elecciones libres, pero la lucha armada era necesaria.

Y cuando John F. Kennedy ganó las elecciones, una de las razones fue por su manifiesto anticomunismo en el auge de la Guerra Fría, y por atacar durante su campaña a Dwight Eisenhower y su vicepresidente Richard Nixon por no haber terminado con Castro. Luego estuvo forzado a apoyar la invasión de Cuba planeada de antemano por la CIA. ¿Qué otra cosa fue Bahía de Cochinos sino una intervención norteamericana, aunque fallida? La falta de refuerzos aéreos que protegieran a los combatientes cubanos causó la derrota de la Brigada 2506, con la que estaba comprometido Kennedy. Por tanto, fueron él y su gobierno los responsables.

Para mí fue una gran tragedia, en todos los sentidos, pero también por haber estado comprometido desde Puerto Rico el que era mi esposo, Pedro Vicente Aja y Jorge. Sin embargo, Felipe Pazos, otro cubano desterrado, estaba totalmente opuesto a esa invasión, por considerarla una intervención americana, y nos lo dijo en su casa de Río Piedras, muy cerca de la nuestra y de la Universidad de Puerto Rico. Él había sido depuesto como presidente del Banco Nacional de Cuba. Era un firme creyente en la libertad. Pero estaba maniatado con la creencia en el mito de la “no intervención”.

Según Juan Guaidó, en Venezuela ya existe una intervención extranjera: “Intervención, injerencia hoy existe en Venezuela, producto de los cubanos, producto de la presencia de aviones militares rusos, no autorizados, no permitidos”. (Andrés Oppenheimer, CNN, 25 abril, 2019).

Y ya lo dijo en febrero el senador cubanoamericano Marco Rubio: “El futuro de la democracia en Venezuela está en gran medida en manos de seis hombres”, (publicado en El País). Son los que poseen el control de las armas. Pero solo con mirar la hoja de servicios de uno de ellos: el Mayor General Jesús Suárez Chourio, nombrado Comandante General del Ejército Nacional Bolivariano, en junio de 2017, nos damos cuenta de que están totalmente al servicio del gobierno presente.

Ya han pasado 20 años desde que Chávez llegó al poder. Los militares venezolanos actuales son chavistas. En Cuba el gobierno revolucionario depuso al ejército antiguo y enseguida dio las armas a los fieles de Fidel. Lo mismo ha sucedido en Venezuela.

“Armas para qué”, dijo Fidel en su primer discurso el 8 de enero de 1959, con el objeto de que todos los otros grupos revolucionarios las entregaran.

Sin armas no habría modo de luchar contra lo que él se proponía hacer. Sin armas no hay posibilidades contra Maduro. Los ejércitos de esos dos países defienden a los que les han quitado su honor y su libertad. Por tanto, no se puede fiar uno, no habrá más remedio que descartar ese mito de la “no intervención”.

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