Olga Connor

La Noche de San Juan y su simbolismo

Foto del paseo marítimo de A Coruña, Galicia, España. Al fondo se ve la Torre de Hercúles. Archivo: febrero 2014.
Foto del paseo marítimo de A Coruña, Galicia, España. Al fondo se ve la Torre de Hercúles. Archivo: febrero 2014. EFE

Tres veces he vivido las fiestas de la Noche de San Juan, que se celebran el 23 de junio. Primeramente fue durante mis años en San Juan, Puerto Rico, cuando asistía a la universidad. La gente se tiraba al mar en las playas tres o cuatro veces y más, celebrando con gusto y pasión el solsticio de verano, el día más largo del año.

La segunda vez fue en un viaje por el Báltico, cuando el día no terminó nunca, porque en esas partes nórdicas el sol casi no se pone. Nos quedamos a la baranda del crucero maravillados de lo que sería un día eterno, con luces naranja en lontananza, buscando el zafiro, y brillando el azul.

La tercera ocasión fue en Galicia. En el pueblo de Vilalba, Lugo, de donde viene mi familia materna. Pusieron en la plaza frente a la iglesia del pueblo mesas con sardinas, que son típicas, y varios otros comestibles y vinos naturalmente.

Pero aunque la fiesta alude al nacimiento de San Juan Bautista, seis meses exactamente antes del nacimiento de Jesús, que marca los días del solsticio de invierno, entre el 24 y el 25 de diciembre, no he visto nunca fiesta tan pagana. La gente disfrazada con trajes folclóricos antiguos y coronas de flores en la cabeza. Ya entrada la noche comenzaron la fogata. Los fuegos son característicos de esta celebración y los jóvenes los brincaban atrevidamente.

Esta Noche de San Juan espero estar en Galicia de nuevo, esta vez en A Coruña, en la Playa de Riazor quizás, o en el Puerto de Santa Cruz, desde donde se ve la Torre de Hércules. Se anuncia para los turistas que habrá desfiles, bandas de música y los tradicionales gaiteros. Especialmente en la Plaza de María Pita. Pero la mayor fiesta es cuando los aventureros se lanzan al mar en Riazor o en Orzán, con unos 53 grados Fahrenheit. Habrá “sardiñadas” y queimadas (famosos brebajes gallegos) por todas partes. Y finalmente se enciende la tremenda fogata preparada con días de anticipación porque esta es la “noite da queima” (noche de las llamas).

Sin duda son fechas de un simbolismo singular en el hemisferio septentrional. Que se transformaron con la venida del cristianismo, que se superpuso a las antiguas fiestas paganas. El nacimiento de Jesús se ve como el advenimiento de la luz, como antiguamente era el retorno del sol, cada vez más escaso en los días del otoño y el invierno. En el solsticio de invierno, las noches comienzan a acortarse.

Mientras que en el nacimiento del Bautista, se confirma un decrecer de la luz antes de que aparezca de nuevo en diciembre, y los días serán más cortos. En algunos países nórdicos se llama la mitad del verano (Midsummer). Y sin duda hay que aprovechar el día más largo para la diversión.

Según la tradición, el Bautista tendría que disminuir para que el Mesías, su primo, creciera. Son datos que fueron establecidos por la Iglesia en el siglo IV. En el Evangelio de San Juan el propio Juan Bautista proclamó que para que Jesús creciera él debería decrecer.

San Juan Bautista creció a la santidad en la vigilia de su cumpleaños ya desde el siglo VI. Los fuegos significaban la derrota del mal, porque se quemaban huesos y madera con el nombre de Fuego de San Juan. Purificando el aire. Y también se usaban las guirnaldas de flores que daban buenos olores. En parte era para deshacerse de los olores de las brujas. Las ciudades a orillas del mar invitarían al baño purificador en recuerdo del bautismo. Y las hierbas que se ponen en agua la noche antes de la víspera del santo, se usan para curar los males durante el resto del año, como la verbena, el hinojo, el aliso y la milenrama. Son las “herbas de San Xoán”.

Y de eso se trata: de adaptar los ritos antiguos en que la idea del mal y del bien entraban en juego, como el pecado y la salvación en el bautismo de Juan. Un santo al que se creía poder exorcizar los males con su poder beatífico y de limpieza total del alma y del cuerpo por agua.

Varias piezas literarias tienen alusiones paganas a esta fecha cristiana. “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare es precisamente una bacanal por suceder, que al fin se desenvuelve en risas. Y lo mismo sucede en la obra de teatro “La señorita Julia”, escrita en 1889 por August Strindberg, que ocurre en la noche de Midsommar (Noche de San Juan) en el estado de Count en Suecia, con la idea de que en esta noche puede ocurrir cualquier cosa, lo malo y lo bueno, lo permitido y lo prohibido.

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