Olga Connor

Para Trump, ‘la raza’ es ahora el enemigo común

Durante un mitin del presidente Donald Trump el miércoles en Greenville, Carolina del Norte, los asistentens empezaron a gritar “Envíala de vuelta”, en referencia a la congresista Ilham Omar, una ciudadana estadounidense que nació en Somalia. Tras la controversia que se formó, Trump al día siguiente dijo que no estaba de acuerdo con los gritos.
Durante un mitin del presidente Donald Trump el miércoles en Greenville, Carolina del Norte, los asistentens empezaron a gritar “Envíala de vuelta”, en referencia a la congresista Ilham Omar, una ciudadana estadounidense que nació en Somalia. Tras la controversia que se formó, Trump al día siguiente dijo que no estaba de acuerdo con los gritos. AP

La raza fue el nombre que se escogió para celebrar el 12 de octubre, que ahora se llama el Día de la Hispanidad en muchos países, porque se pensó que el nombre Día de la Raza creaba prejuicios.

Fue lo mismo que dijo César Chávez, el líder sindicalista de los inmigrantes mexicanos de California, que no quería usar el concepto peligroso de la raza para su movimiento de obreros agrícolas en la década de 1960. Aquellos eran los que fueron contratados por los hacendados norteamericanos para que les hicieran los trabajos que ellos no querían hacer.

El tema de la raza ha vuelto a surgir esta semana en los tuits del presidente Donald Trump, porque cuatro congresistas demócratas noveles que critican el gobierno y que hasta disienten de muchos de su Partido Demócrata: Ayanna Pressley (Massachusetts), Rashida Tlaib (Michigan), Alexandria Ocasio-Cortez (Nueva York) e Ilhan Omar (Minnesota), han provocado que Trump les tuitée que “se vayan para su tierra”, porque son de etnicidad y color distintos al del Presidente. Ese es un dicho que he oído muchas veces cuando he hablado español. Es un dicho trillado de los americanos.

El problema de la inmigración de ahora en la frontera con México es que pertenecen a esa otra raza que habla español, como yo, y como todos ustedes que me leen.

Ellos no tienen documentos, porque el gobierno de Estados Unidos no se los quiere dar, pero hubo un tiempo en que la documentación era expedita. Es lo mismo que con los cubanos. Barack Obama abrió relaciones con Cuba, pero le quitó la ventaja a los que escapaban de la isla de la regla de “pies secos/pies mojados”. En otras palabras los ha “indocumentado”, y ahora quieren cruzar el Río Grande, como todos los demás hispano hablantes.

Yo creo, es decir, sé casi seguramente, que Donald Trump no es racista. Ningún multimillonario que yo haya conocido es racista. Por lo general es clasista, más que racista. Es decir, se mueve entre los billones y no mira a los progenitores.

Pero Trump ha contado con algunos consejeros de campaña que han visto lo que desean los votantes y ha aprendido de todos los dirigentes fuertes que en toda sociedad lo que más une es un enemigo común. Ahora el enemigo común es “la raza”, con el sofisma, el pretexto, de que es indocumentado. Qué risa. Aquí todos los inmigrantes en un principio fuimos indocumentados, hasta que conseguimos los documentos.

Los que más discriminan a otras nacionalidades son los ciudadanos de las clases medias y trabajadoras. Porque no quieren que trabajen por menos dinero, o porque no hablan el mismo idioma, o no tienen la misma religión, o las mismas costumbres, o la misma comida. Eso es lo que produce los guetos, como aquí La Pequeña Habana, que ahora es de todo menos cubana.

Viví en Filadelfia del año 1964 al 1974 y no solo tenían guetos los negros, también había barrio italiano, barrio judío, barrio polaco (los poloneses), barrio irlandés católico, barrio puertorriqueño, y los barrios de los WASP, o White Anglo-Saxon Protestant (protestantes anglosajones blancos), que eran los privilegiados. Y era donde yo vivía, en el Main Line.

Antes de las leyes de derechos civiles en los 70, el club del Main Line solo aceptaba socios WASP. Yo era blanca, de apellido americano, protestante, y con acento que creían era germano (sajón). De modo que pude entrar. Pero pronto empecé a hablar en español. Para ser chocante quizás. Porque sabía que la discriminación racial era palpable en toda la ciudad.

Las redadas anunciadas la semana pasada —que no sucedieron— contra los indocumentados son un plan político de reelección. Los tuits contra las congresistas de otra raza son parte de ese plan. Y no admitir a nadie en la frontera que busque asilo, también.

No me extraña nada que las gentes en las ciudades no se lancen a la calle para protestar y ponerle un veto a un presidente que hace gala de ser un miserable. Somos todos unos racistas. Aunque no queramos admitirlo.

No se puede rechazar a los que critican cosas en este país. Tienen todo su derecho. Es el derecho que nos quitaron en nuestros países. En Cuba no se puede criticar, que es lo que nos hace libres.

No estoy de acuerdo con ese cuarteto del Partido Demócrata, que les están haciendo el mejor juego que podría haber conseguido Trump para su reelección, pero sí defiendo el derecho a criticar y el derecho para todas las razas de convivir en esta nación.

Por eso dejamos nuestra patria, porque allí no se puede hablar. Y el espacio de la crítica es sagrado, hay que defenderlo, aunque no estemos de acuerdo con los que hacen la crítica.

Correo: olconnor@bellsouth.net.

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