Olga Connor

La Habana antes, ahora y siempre, a los 500 años de fundada

Vista de la tienda El Encanto, uno de los símbolos de La Habana antes del castrismo.
Vista de la tienda El Encanto, uno de los símbolos de La Habana antes del castrismo. Archivo/el Nuevo Herald

A los 18 años recorrí importantes ciudades de Europa con un grupo de profesores y autores de la Sociedad Cubana de Filosofía, después de asistir a un congreso filosófico en Bruselas. Cuando regresé a La Habana, me sentía orgullosa de mi ciudad, comparable a las más bellas del mundo.

Era una capital alegre, bulliciosa, de grandes bulevares, diseñados por arquitectos franceses, como Jean Claude Nicolás Forestier, con arboledas y parques floridos, a lo largo de las avenidas, y monumentos al estilo italiano como los de la Calle G del Vedado.

Había en las edificaciones de los años 30, diversos estilos, como el Art Deco, el moderno y el neoclásico. En los 40 y 50, apareció el estilo nuevo de jóvenes arquitectos, como el del creador de los “Arcos de Cristal” del cabaret Tropicana, Max Borges Jr. Esos grandes sitios nocturnos atraían a artistas famosos: Frank Sinatra, Ava Gardner, Nat King Cole. Eran los astros de las películas que se veían en unas 147 salas de cine en La Habana, “más que París y Nueva York juntas”, según la fotógrafa italiana Carolina Sandretto, que hizo un estudio reciente.

Una ciudad culta, con hermosos y magnificentes teatros, como el Auditorium, donde escuché a los grandes Arthur Rubinstein e Igor Stravinsky. Impresionantes tiendas, como El Encanto, donde se vendían los modelos de Christian Dior. Concurridos carnavales como el de 1960, captado por Fausto Canel, en su cinta Carnaval. Luminosas noches, como retrata el filme P.M., de Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante. Vida bohemia y emocionante, como la reflejada en las novelas de Guillermo Cabrera Infante.

Políticamente nos sentíamos frustrados por el traicionero golpe de estado militar de Fulgencio Batista, pero teníamos esperanzas de restaurar la República. Uno de los primeros en reaccionar en 1952 fue un miembro de esa Sociedad Cubana de Filosofía, Rafael García Bárcena, que cayó prontamente en la cárcel política. Jorge Mañach, María Zambrano, José Vasconcelos, Luis Recasens Siches, Risieri Frondizi eran parte de las sesiones del Instituto de esa Sociedad con la que yo cooperaba como estudiante.

El Lyceum, el Ateneo, la Sociedad Económica de Amigos del País, y muchas otras organizaciones representaban, junto con la Universidad de La Habana, el vigor intelectual.

La ambición de Batista daría lugar a que en esa Habana y toda la isla lo sustituyera una ideología ajena a nuestro patrimonio. Así fue como decayó no solo en su espacio físico, sino también en el temporal, cerrando la apertura a otras ideas, otros modos de pensar.

La represión política castrista llegó al punto de prohibir la música de los Beatles en los 60, cuando ahora hay una estatua de John Lennon en un parque público. No había celulares ni Internet para el pueblo aún cuando regresé por primera vez en 1998, por la visita del papa Juan Pablo II.

Aquello fue un renacer espiritual en la ciudad, la gente cantaba “Libertad, Libertad”, en la antigua Plaza Cívica, ahora llamada de la Revolución. Muchos sintieron culpabilidad de haber apartado a sus hijos de las iglesias cristianas por motivos políticos. Pero pensaban que todo mejoraría con aquella apertura.

Ir a La Habana entonces fue para buscar esa aura dorada de mi juventud. Me dije: por lo menos no cambiaron su perfil, su fisonomía, aunque de estilo desvaído, lleno de grietas, era aún mi Habana. Se veía “un arte nuevo de hacer ruinas”, como lo dijo en su famoso cuento y documental filmado en 2006, Antonio José Ponte. Ir a La Habana entonces, o ahora, es ir a ver una ciudad en sepia, el mismo espacio, pero con el tiempo detenido, que ya no es mi tiempo. El restaurado casco colonial, en el que aún se puede ver el Templete, sitio donde se fundó La Habana el 16 de noviembre de 1519, contrasta con los remiendos en el resto de la ciudad de nueve colinas, en las que se destacan los ecos de la destrucción en sus costados. Eso sucede con el teatro Payret, un hueco en el mismo centro de la ciudad.

En 2017 regresé de nuevo. Y me encontré, no con la búsqueda espiritual del 98, sino con el negocio de compraventa de propiedades. ¡La Habana está a la venta! Y por agentes de bienes raíces. Es por eso que algunos se repatrían, reclamando las casas donde vivían sus abuelos, ya se sienten herederos. En la tierra del nuevo “capitalismo feroz”, ¿habrá la pregunta de quiénes fueron los originales dueños?

La Habana resurgió en varias ocasiones de sus escombros. Y lo único que me da ilusión es que las artes y la literatura serán una vía de continuidad, de relación del pasado con el futuro. Sus habitantes del porvenir merecerán sentir, como yo sentí de joven, que quedarse en La Habana será vivir en la mejor ciudad del mundo.

Correo: olconnor@bellsouth.net.

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