Olga Connor

Lo que queda de La Habana, vista por un ‘gusano’

Portada del libro “De donde son los gusanos”, del escritor cubano Néstor Díaz de Villegas.
Portada del libro “De donde son los gusanos”, del escritor cubano Néstor Díaz de Villegas. Cortesía

Con estas últimas notas sobre La Habana, cierro mi trilogía sobre esta ciudad con 500 años de fundada. Me remito a la obra de un amigo con quien recorrí Los Ángeles en junio de 2018, el poeta, ensayista, pintor y crítico de cine Néstor Díaz de Villegas, con su esposa Esther María, grabándome él en su iPhone todo lo que yo decía, y hablándome de su nuevo libro.

Es probable que así sea como grabo él muchas conversaciones y opiniones en la Cuba que acaba de visitar en cuatro viajes consecutivos, después de la apertura por Obama, hasta la cerradura por Trump, enmarcando la muerte de Fidel Castro, entre 2016 y 2017.

De ahí salieron crónicas recogidas en su libro De dónde son los gusanos (Vintage, 2019), que se presenta el domingo 13 de octubre a las 6 de la tarde en Books & Books de Coral Gables.

A principios de los 80 conocí a Néstor junto a otros dos poetas cubanos jóvenes de veinte y tantos años como él, también recién llegados. Me llevó a verlos otro escritor amigo que ya en los 70 había publicado en España una antología de poesía cubana de Cuba y del exilio, Orlando Rodríguez Sardiñas, “Rossardi”.

Néstor se consideraba de la Generación del Mariel, aunque vino antes del éxodo, como ex preso político, y él y yo nos hicimos muy amigos de Alex Loret de Mola “Molac”, procedente de LA y de México, que era el anfitrión aquella tarde. El tercero, Pedro Jesús Campos, ya era gran amigo de Néstor en La Habana.

Venían a mis tertulias de 3519 Bayhomes Drive en Coconut Grove, la casa del dramaturgo norteamericano Tennessee Williams, que yo le alquilaba, porque él vivía en Key West. Me impactó que Néstor sabía tanto o más que yo sobre Octavio Paz, habiendo acabado de terminar mi tesis de doctorado sobre ese poeta mexicano. Hablaba de arte y filosofía, y pronto se reveló como poeta, a quien califiqué de “poeta maldito de Miami” en algún momento, por ser adepto a relatar horrores. Después de sus terribles experiencias con la droga, escribió los versos de La edad de piedra.

Se demostró además como excelente forjador de sonetos, el logro poético más difícil, que publicó en Vicio de Miami, un libro penetrante sobre este “pueblo”. Luego, Confesiones del estrangulador de Flagler Street, que le ilustró el pintor Ramón Alejandro, ya viviendo en Miami. Y el mismo año 98, Héroes, exponente del choteo cubano exiliado.

Siendo del Mariel, siempre “juró y perjuró”, que no regresaría jamás a la isla. Pero volvió, a reconstruir una casa de la familia de Esther María en La Habana, y a Cumanayagua, en la provincia de Cienfuegos, donde nació y se crió.

Yo que volví a La Habana por segunda vez, en 2017, al leer De donde son los gusanos sentí que Néstor había captado literariamente mis impresiones, con un humor y realismo arrollador. Al mismo tiempo reía y sufría con él. Esto no era Indagación del choteo, por Jorge Mañach, sino un choteo de penetración con agujas de acupuntura, para paliar y curar, más allá de los detalles en la superficie, lo que queda adentro, lo que une a los cubanos de las dos orillas, un flujo inadvertido del dolor.

Es un tipo de poesía que se desgarra de la conciencia de Néstor, entre frases, y encuentros de los personajes, como cuadros de un filme en etapas, actos de una obra maestra. Hay tanto que le pasa a la gente, dice, que no les queda tiempo para pensar en democracias, solo en resolver penurias.

Al encontrarse con amigos repatriados, piensa que los cubanos no tendrían que repatriarse, nacieron allí. Y a estos exiliados, que aprendieron el know how, y podrían adelantar hacia el futuro una cultura que ha quedado en el pasado, se les prohíbe hacerlo por el control dictatorial.

Néstor aparece aquí como antropólogo ejercitando el pluscuamperfecto, del pasado al presente, con magistral efecto comparativo. Por ejemplo, la escena en que “dialoga” con un extranjero en casa de Wendy Guerra. Imaginamos que es la sátira de cualquier visitante que conoció, a quien le encantaría La Habana por ser una ciudad improbable en cualquier otro sitio. He oído a muchos decir que iban a Cuba para verla antes de que cambiara. ¡Qué horror para sus habitantes!

Su capítulo “Con Fidel en cajita…” es antológico, y también “La filosofía de la suciedad”, donde se remonta a la manera en que vivía Karl Marx. El mejor modo posible de acercarse a describir de verdad esa Habana actual, es remitirse, como él, al estilo esperpéntico de Valle Inclán.

Al regresar al aeropuerto de Miami “despertaba del mal sueño, despistado y dichoso, como cualquier gusano”, en lo que se ve, como a través de su libro, que convertirnos en “gusanos” —mote que nos dio el castrismo— fue lo mejor que pudo habernos ocurrido.

Correo:

olconnor@bellsouth.net.

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