Olga Connor

Buena Vista Social Club, la música de la República de Cuba

El ‘Tour del Adiós’ del Buena Vista Social Club no podía dejar de parar en Miami.
El ‘Tour del Adiós’ del Buena Vista Social Club no podía dejar de parar en Miami. el Nuevo Herald

El “Tour del Adiós” del Buena Vista Social Club no podía dejar de parar en Miami antes de terminar en Puerto Rico. Y nos trajo el sonido de la antigua República de Cuba. A teatro lleno en el Knight Concert Hall del Adrienne Arsht Center, el jueves pasado, la votación del público con sus aplausos demostró que había un gran contingente de Hialeah, una mayoría de cubanos de éxodos antiguos y recientes y una buena representación de colombianos.

¿Cómo fue la música? Divina, nostálgica, tradicional y sobre todo interpretada por músicos excepcionales muy bien entrenados en la isla. Es cierto que varios de los originales ya han fallecido y allí estaban los videos para recordarlos, al principio, el del antiguo pianista de la banda Rubén González, ahora sustituido por un maravilloso intérprete, Rolando Luna, que en su número original Como siento yo, dio la talla de su arte. Tampoco están ya el cantante Ibrahim Ferrer, el tresero Compay Segundo, ni el contrabajista Orlando Cachaíto López. Este último sustituido ahora por Pedro Pablo, mientras se le recordaba en un video al tocar Tumbao, no tan rítmico y fuerte como se esperaría.

Los asistentes conocían a quienes se referían en los videos, y los aplaudían con gran sentimiento. Por lo que me pareció que creó un humor de nostalgia y tristeza en vez de alegría en el público. Le quitaba energía al concierto, a pesar de la buena música.

Sin embargo, aún estaban allí, entre otros, el intérprete del laúd original, Barbarito Torres, que se lució en Marieta, el guitarrista cantor Eliades Ochoa, que salió a escena cantando la guajira de Guillermo Portabales El carretero, el extraordinario maestro del tres Papi Oviedo, el trompetista Manuel “Guajiro” Mirabal, y el alegre trombonista líder del grupo, Jesús “Aguaje” Ramos, que se destacó con Trombón majadero.

Luego todo se incendió cuando salió al escenario “la diva”, la original, Omara Portuondo, quien al salir cantando vestida del color dorado de Oshún, la reina del amor, trajo la casa abajo, al ponerse todos de pie en sentido homenaje a la cantante. Las consideraciones políticas la podrían haber estigmatizado en un escenario de esta ciudad, pero nadie hizo protestas. Siguió siendo lo que fue en su época dorada y después del triunfo internacional con el Buena Vista. A sus 84 años demostró un dominio de la canción en todos sus registros, aunque adaptando las notas a sus posibilidades vocales actuales.

Desde el Cuarteto d’Aida y su reencuentro con Elena Bourke y Moraima Secada en la canción Amigas, ella ha dado fe de que maneja muy bien los arreglos jazzeados de la época del feeling, especialmente de cuando cantaba en el grupo con César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez y Frank Emilio Flynn, haciendo de segunda o de primera, armonizando o como solista. Aquí dio una muestra de ese control modulado de la voz, guardando el ritmo y el sabor de la canción cubana. Y demostró también que sigue siendo una show woman espectacular. Todo el teatro la siguió de pie durante todo el tiempo que siguió cantando: el son Lágrimas negras, de Miguel Matamoros, la habanera 20 años, de María Teresa Vera, el bolero son No me llores, de Arsenio Rodríguez, y Quizás, quizás, de Osvaldo Farrés, para regresar luego con Dos gardenias, de Isolina Carrillo, y con el colofón de Bésame mucho, de 1940, de la mexicana Consuelo Velázquez, como hizo en su concierto de Montreal, con la diferencia de que aquí le pidió al público que la respaldara cantando al unísono.

Era un regreso a la música popular clásica de la República, la que había viajado al extranjero antes de la Revolución, hasta que la descubrió el guitarrista y productor norteamericano Ry Cooder en 1996. Entrevisté en Miami a Aymée Nuviola, experta música y cantante, en 1999, cuando pasó como un ciclón por aquí (el mismo año en que vinieron los Van Van por primera vez), y me confesó que en Costa Rica donde estaban trabajando no les gustaba la timba, les pedían otra música cubana, la que había recorrido el mundo antes para bailar, la guaracha, el son, el danzón. En La Habana, en 1998, entrevisté al director de NG la Banda, El Tosco, que grababa la timba en su propio estudio; a Portillo de la Luz, cuyas canciones se interpretaban en un cabaret para turistas, Dos Gardenias, que reflejaba una música abandonada, y a dos representantes de la nueva trova, Amaury Pérez y Pedro Luis Ferrer, intérpretes de la música de la Revolución. Eran tres épocas diferentes.

Pero la música de la República de los 40 y 50 fue lo que revivieron Nick Gold de World Circuit, Ry Cooder y el líder de la banda cubano Juan de Marcos González, con el extraño grupo que habían formado de músicos del antiguo Buena Vista Social Club, y grabando en el dilapidado estudio Egrem de La Habana en1996. Que el extraordinario cineasta Wim Wenders los filmara en sus conciertos en Amsterdam y Nueva York fue un acierto que los llevó a la fama mundial. Todos compramos el exitoso disco y cantamos Chan Chan con Compay Segundo. Para los cubanos de la diáspora es aún la gran música de Cuba, la verdadera, la clásicamente popular, la que nos sigue uniendo. Y eso fue lo que nos hizo recordar y sentir el añorado concierto de este “adiós” del Buena Vista en Miami.

olconnor@bellsouth.net

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