Olga Connor

El dramaturgo Héctor Santiago recuerda su vida

Héctor Santiago, en Viernes de Tertulia.
Héctor Santiago, en Viernes de Tertulia. el Nuevo Herald

Viernes de Tertulia, el evento artístico y literario que presenta Luis de la Paz desde hace cuatro años en el Miami Hispanic Cultural Art Center, tiene reuniones los terceros viernes de cada mes.

La última de estas jornadas a la que asistí fue la de septiembre y contó con la presencia de Héctor Santiago, el dramaturgo, poeta y novelista que reside en Nueva York. Fue una reunión dramática, porque el escritor le dedicó gran parte de su presentación a la discusión de las UMAP que este año tiene 50 años de haber sido implementada.

Las UMAP siglas de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, eran en realidad campos de trabajo forzado en la provincia de Camagüey, de 1965 a 1968. En aquellos campos de oprobio se encontraban toda clase de personas “indeseables” para el gobierno revolucionario, desde los religiosos, como los católicos, los testigos de Jehová, etc., hasta los gays, y lo mismo jóvenes que viejos.

Héctor Santiago fue uno de los sometidos a las torturas de aquel campamento. Pero antes y después de aquella experiencia, su vida ha sido la de un creador que ha recibido reconocimientos en todas partes, como el de Letras de Oro, por su obra Vida y pasión de la Peregrina, sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda, que luego fue presentada en Miami en el Festival de Teatro Hispano que dirige Mario Ernesto Sánchez.

“Cuando me fui de Cuba yo tenía escrita casi toda mi obra, salí como preso político [en el arreglo del Diálogo del año 1979]”, dijo Santiago. Explicó que les pidió a amigos que le conservaran sus trabajos, pero consideraron que eran documentos peligrosos y se los quemaron. Algunos papeles los enterró y ahora se encuentran en la Universidad de Miami.

Entre los recuerdos de su época de la niñez y juventud, contó cómo su tía espiritista lo inició en los secretos de Madame Blavatsky, la ocultista y medium, fundadora de la Sociedad Teosófica, y de Allan Kardec, fundador del espiritismo. También confesó que practica la religión afrocubana. Se “hizo santo” como hijo de Yemayá. Otra revelación chocante es que enseguida que llegó a Nueva York, exiliado, decidió confesarse como “fagot”, “queer”, “maricón”, esos vocablos despectivos que usa la gente para denominar a los gays, porque quiso inmediatamente aceptar en público su propia personalidad.

“Mi tía era costurera de los travestis del Shanghai”, explicó como excusa para sus primeras creaciones dramáticas, al encontrarse con estos actores en el famoso teatro cómico y burlesco. “Escribo una obra de teatro y por eso me llevaron al ‘Viejito Chichi’, el actor José Sanabria, y entro como actor infantil en el Canal 4”. Además, “en los bajos de mi casa vivía la actriz cómica Lita Romano”.

Participó en El Puente, el grupo editorial del poeta José Mario. “Éramos 20 personas, y el más viejo tenía 20 años. Escribíamos poesía inusual, no éramos oficialistas, primero que todo había entre nosotros ocho negros, y también ‘tortilleras’, éramos excepcionales, y José Mario era muy fuerte, atraía a la gente como un imán”, subrayó el escritor.

Mencionó además a muchos autores con los que se relacionó en aquel entonces, Isel Rivero, José Millán, Manuel Ballagas, Nancy Morejón, Miguel Barnet, que al principio eran marginales, pero algunos se radicalizaron con la Revolución. Otros se exiliaron. Con La marcha de los hurones, de Isel Rivero, ya se declararon como “no oficialistas” en El Puente, declaró Santiago. Pero cuando escriba sus memorias tendrá que contar sus experiencias, con todos ellos, las del novelista Reinaldo Arenas sobre todo, en Nueva York, y con el teatrista Dumé, y muchos escritores más de su grupo y generación.

Sus revelaciones sobre la UMAP están detalladas en Cubaencuentro en la red http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/a-50-anos-de-las-umap-323725. Entre ellas, los castigos que también nos recitó a nosotros: “‘El hoyo’, que era enterrarte hasta el cuello. ‘El trapecio’: colgarte por las muñecas en el aire y la circulación de la sangre y los líquidos corporales se acumulaban en las piernas, creando unas inflamaciones muy dolorosas. ‘El palo’, que era como San Sebastián, atado, desnudo, a un poste, con unas fuertes luces sobre ti, que atraían a los mosquitos y jejenes, que prácticamente te comían. ‘El ladrillo’: parado sobre un ladrillo durante horas o toda la noche, si te movías o te caías, dos guardias a cada lado te golpeaban. ‘El barril’: lleno de agua, en el que te metían la cabeza al punto del ahogo, te sacaban hasta recuperarte y lo volvían a hacer. Y a los testigos de Jehová los querían exterminar”, contó. Porque ellos solo decían: “Mi patria es Jehová”.

La obra de Héctor Santiago no se puede resumir fácilmente, es un autor prolífico, ampliamente premiado. Su octava novela, La memoria del agua, fue publicada en el 2012 por Aduana Vieja en España. Es graduado del Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional de Cuba. Estudió pintura con Loló Soldevilla y en la Sociedad de Bellas Artes de La Habana. Fue crítico teatral de la revista Gaceta de Cuba y del periódico Juventud Rebelde. Tiene publicadas nueve obras teatrales y estrenadas 11 en Estados Unidos, México, Brasil, Perú y Paraguay.

olconnor@bellsouth.net

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