Olga Connor

OLGA CONNOR: Esta época tiene sus propias reglas para el amor

Brad Pitt y Angelina Jolie en la inauguración de una muestra del vestuario del filme ‘Maleficent’ en Kensington Gardens, Londres, en mayo del 2014.
Brad Pitt y Angelina Jolie en la inauguración de una muestra del vestuario del filme ‘Maleficent’ en Kensington Gardens, Londres, en mayo del 2014. Invision/AP

He estado imaginando una historieta de ciencia ficción en forma de parábola que pudiera crecer hasta llegar a ser una visión utópica, aunque quizás para algunos sería “distópica”. El tema es “seráfico”, porque se relaciona con la novela Séraphîta, de Honoré de Balzac, y es parte de su Comedia humana. Afecta el aspecto del amor que hoy se celebra, principalmente para los enamorados, en el Día de San Valentín. El personaje de la novela de Balzac, Séraphitüs, es un ser andrógino que oculta su terrible secreto en un castillo de Noruega. Lo mismo le ama Minna, que lo considera hombre, que Wilfrid, que lo considera mujer.

Al revés de la obra de Balzac, en mi relato, Seráfite es un héroe/heroína de un planeta donde todos son andróginos. Por tanto son perfectos, si se piensa en la filosofía y mitología de los antiguos, en la que se los consideraba como seres totales, según se lee en el libro de Mircea Eliade, Mefistófeles y el andrógino. El drama en mi argumento surge del conflicto con aquellos que nacen con una inclinación y cuerpo físico distinto, porque son de sexo único y no doble en un planeta en el que esa distinción los hace “diferentes”. Y del mismo modo, les gustan seres como ellos, no andróginos, sino que sean diferenciados, para formar alianzas amorosas. Todo eso crea un prejuicio o discriminación entre sus congéneres, que los desprecian y rehúyen y no quieren que sean parte de la sociedad.

Es obvio que mi parábola es un contraste, como un espejo en reverso de lo que se vivió en el siglo XX y se ha transformado en el siglo XXI, que ha visto el cambio más grande en las relaciones amorosas en la sociedad occidental. Se ha aceptado legalmente el matrimonio de personas de igual sexo, con aquiescencia social y de las familias y también la ausencia del matrimonio entre hombre y mujer que se aman, sin que este sea necesario para confirmar los deseos amorosos. Grandes parejas, como la de los actores de cine Brad Pitt y Angelina Jolie han vivido juntas por años sin concertar el matrimonio –aunque Pitt y Jolie se casaron en el 2014, finalmente, pero ya hay rumores de divorcio. Y entre nuestros vecinos eso es también una norma bastante usual.

No todas las sociedades han llegado a descubrir esta libertad en el amor. Depende del “planeta” en que uno viva, siempre hay un deseo que se frustra por algún prejuicio o discriminación. San Valentín, según la leyenda, era un sacerdote que casaba en secreto a los jóvenes romanos que no podían contraer matrimonio bajo el gobierno del emperador Claudio II, porque creía que como solteros y sin familia serían mejores soldados. Por esta sola razón se dice que San Valentín fue martirizado y finalmente ajusticiado, precisamente un 14 de febrero.

En la historia, como bien se sabe, cada sociedad ha creado sus reglas para el amor y el matrimonio, y nosotros estamos creando las nuestras. Sabemos que los hindúes manejaban el tema del matrimonio sin que intervinieran los contrayentes, el amor venía después, supuestamente. Y así son muchas sociedades. En La Celestina, de 1499, se presenta el amor de Calixto y Melibea, cuyos encuentros son arreglados por una “trotaconventos”, la “go between” Celestina. No había Internet ni Facebook. ¿Por qué no se casaban? Es que era el siglo XV, y el matrimonio era una cosa y el amor otra.

“Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo”, decía Calixto, en vez de “cristiano soy y a Cristo adoro”, como si fuera una religión del amor. Eso de casarse era arreglo entre familias, y algunos han pensado que como el autor de la tragicomedia, Fernando de Rojas, era de ascendencia judía podría ser que quisiera dar a entender que los amantes eran de religiones diferentes. Del mismo modo los famosos amantes Romeo y Julieta en los relatos del Renacimiento, y en Shakespeare, no tenían posibilidades. Sus familias eran enemigas totales y tenían “vendettas” múltiples, lo que conduciría finalmente a la tragedia.

Y es que la razón del matrimonio es una forma de crear la sociedad más allá de la familia, del clan y de la tribu. Eso lo han descrito los sociólogos y hasta se ha demostrado que se procede así en las tribus llamadas primitivas, algunas con reglas muy estrictas. Es solamente después de la revolución industrial del siglo XIX que el amor “romántico” pasó a ser una razón para el matrimonio burgués. Aunque no es así para todas las clases sociales. Por ejemplo, ahora se recuerda en las presentaciones de la televisión que fue la Reina Isabel la que insistió inicialmente en que el príncipe Carlos se casara con Diana. Pero ella no contó con que Lady Di esperaba también amor, como chica del siglo XX, y no le bastaba ser Princesa de Gales y futura reina. Mientras, Carlos vivía en la época de privilegio de los reyes de antes, y a quien amaba era a Camila, y no le importaba que ella estuviera casada. Aunque en una historia más que novelesca, ya que es “real”, y después de la trágica muerte de Diana y divorcio conveniente de Camila, al fin pudo Charles casarse con su amante, hoy Duquesa de Cornualles.

En el siglo XXI el amor ha triunfado, ya sea por los encuentros por Internet, por Skype, por Facebook, o por organizaciones de todo tipo que procuran los encuentros entre dos seres, no importa de qué género o sexo, y hasta los de los aparentemente andróginos, o de género indefinido, como la reciente Caitlyn Marie Jenner, antes Bruce Jenner. Todos tienen derecho a la supervivencia y mantenimiento del amor. Porque el matrimonio hace tiempo que no es específicamente para procrear, aunque sigue siendo una asociación: de bienes, de salud, de higiene, de compartir el hogar y la familia, de estar unidos en los proyectos y los viajes y hasta de conveniencia.

El matrimonio con amor sigue siendo un ideal para muchos jóvenes enamorados, pero también para los mayores de 60 años. Cuando se extiende la vida, como ha sucedido en este siglo, se prolonga la capacidad de sentir. En cualquier fecha, a cualquier edad, en cualquier situación, el amor es lo máximo en la vida.

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