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Albert Camus, un hereje de todos los dogmas

El 4 de enero de 1960 en una de esas escondidas regiones del sur Francia –le Lourmarin– que no parecía destinada a presenciar tan trágico evento, Emile Gallimard (su editor y amigo cercano) y Albert Camus (1913-1960) perecieron en un accidente de auto. Así terminó absurdamente la vida de una de las personalidades más controversiales del siglo XX. En el auto encontraron el manuscrito de su novela autobiográfica El primer hombre (no publicada hasta 1994), considerada por muchos su mejor obra. Albert Camus era un pied noir (mitad argelino y mitad francés) cuyo puesto dentro de ambas comunidades no era fácil de conllevar. En el caso de Camus ahondó en su manera de pensar años más tarde cuando la guerra de liberación de Argelia cobró un cariz violento llevado a cabo por ambas partes del conflicto. Mientras tanto en su país natal como en Francia, su vida transcurrió dentro de los círculos literarios y políticos que llevaban el sello de su época. Como muchos intelectuales que vivieron los cambios que se sucedían entre el período de entre guerras (1914-1939): el alza del comunismo soviético, del fascismo, el nazismo y su primera secuela, la Guerra Civil Española, Camus optó por militar en las izquierdas. Por un breve tiempo comenzó formó parte de las filas del partido comunista y después de diversas organizaciones socialistas tanto en Argelia como en Francia.

La formación intelectual de Camus fue compleja. Sus primeras tésis lidiaban con Plotino y San Agustín hasta que entrara de lleno en las lecturas de Dostoyesky y Nietszche. Ambos autores ejercieron sobre él una influencia perdurable que se vio reflejada en algunas de sus novelas y obras de teatro. Pero no podemos olvidarnos también que Camus fue un agudo periodista que utilizara las páginas de la prensa para expresar muchas de sus ideas más originales y controversiales. Algo semejante hizo en España Ortega y Gasset. En 1944 Camus colaboró en la redacción del periódico clandestino Combat que después de la liberación le sirviera como tribuna. En sus páginas publicó puntos de vista como el siguiente: “Lo que busca el conquistador de derechas o de izquierdas, no es la unidad, que ante todo es armonía de contrarios, sino la totalidad que es el aplastamiento de las diferencias”. Cualquiera que piense de esa manera en un mundo que opta por el fanatismo, que es el caldo de cultivo de cualquier tiranía, no le quedaba otra salida que la de enfrentarse contra “estos y aquellos”. Y así sucedió. Su primer largo ensayo El mito de Sísifo (1942), se abre con esta sorprendente afirmación: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: es el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida es contestar a la cuestión fundamental de la filosofía”. Esas palabras abren la reflexión que Camus hiciera sobre el absurdo, uno de sus temas centrales. Pero la tormenta habría de desatarse en 1951 cuando publicara su Hombre rebelde, donde abordó al tema, entre otros, de la historia como un Moloch al que hay que rendirle pleitesía. Para Camus no hubo tregua desde entonces: todas las izquierdas lo atacaron con denuedo, comenzando con Sartre. André Breton montó en cólera cuando leyera las páginas que le dedicara a Lautréamont, una de las figuras tutelares del Surrealismo. A partir de la publicación de ese libro, y a pesar del apoyo que recibiera de figuras como George Bataille o René Char, Camus fue marginado por las derechas y sobre todo por las izquierdas. Los comunistas en particular, nunca le perdonaron sus denuncias a los desmanes que se cometían en “la patria del proletariado”. El asunto se agravó cuando estallara la guerra de Argelia y el terrorismo desatado de un lado y del otro. Camus nunca dejó de acusarlos, aunque en el fondo siempre acusó el estado de depauperación en que se encontraban las partes pobres argelinas.

Camus fue un hombre del Mediterráneo y por lo tanto amante de su luz, luz que según él provenía del pensamiento griego, sobre todo el de los estoicos y los pre-socráticos. Ese amor suyo lo condujo a instalarse en el sur de Francia cerca de su amigo el poeta René Char. A Char lo conoció a fines de la guerra y ambos mantuvieron una amistad que terminó trágicamente tras el accidente de auto que cortara su vida. Pero durante el tiempo en que ambos mantuvieron la amistad, Camus se pudo nutrir de la poesía y el pensamiento de uno de los grandes poetas franceses. Ambos editaron una revista Empédocles que revelaba el gusto que compartían por el pensamiento griego antes de Platón y Aristóteles.

En suma, Camus fue sin duda un hereje de todos los dogmas. La palabra herejía significa escoger sin andar por los predios del “compromiso” tan al gusto de Sartre. Pero este era una fría maquina de pensar, mientras que en Camus su pensamiento pasaba –como en San Agustín– a través de su corazón, pues como expresó su biógrafo Oliver Todd, “la apuesta de Camus fue una apuesta optimista, más allá de lo absurdo”. • 

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