Música

Leontyne Price, ícono que marca un antes y un después

La soprano Leontyne Price.
La soprano Leontyne Price.

Hace unos 20 años Barbara Hendricks, entonces engalanando la New World Symphony con su debut, comentaba su preocupación por la ausencia de música en las escuelas y las repercusiones devastadoras: “En unos años nos preguntaremos donde están las nuevas Leontyne, a este ritmo serán pocas”. Esta semana Leontyne Price celebró sus 90 años (y Martina Arroyo y Grace Bumbry sus 80).

En las lides de la ópera, la cantante afroamericana ha conquistado lo impensable, su número se ha incrementado pero son pocas las estrellas si se piensa en un crecimiento proporcional a partir de los años 1960 y 1970. En esos tiempos, la conquista de los escenarios venía acompañada con rutilantes nuevas figuras: Price, Arroyo, Verrett o Bumbry, consagrada en el Festival de Bayreuth como “la Venus Negra” en Tannhäuser.

La aparición de la soprano afroamericana tuvo un exponente inmejorable: Leontyne Price, una voz distinta, un sonido inédito en el paisaje operístico: iridiscente y ahumado, sensual y heroico; un nuevo color enriqueciendo la lírica, replanteando si existe una voz negra. Las teorías, aciertos y disparates seguirán aunque exista un consenso que los cantantes afroamericanos conllevan un terciopelo vocal incomparable.

A fines del siglo pasado la soprano Sissiereta Jones (1868-1933) fue la primera en cantar en Carnegie Hall, aclamada en Europa donde la llamaron “La Patti negra”. Su antecesora, Elizabeth Taylor-Greenfield (1824-1876), nacida esclava en Mississippi tuvo una carrera contra viento y marea, se la llamó “El cisne negro” y en Europa cantó para la realeza. Luego, Marie Selika (1849-1937) conocida como “La reina del staccato” cantó en la Casa Blanca. Hasta entonces eran no sólo una “novedad” sino también una “curiosidad”.

Si la bella Camilla Williams fue la primera ser contratada por la New York City Opera, Todd Duncan el primero en protagonizar en un elenco blanco, la coloratura Mattiwilda Dobbs debuta en La Scala de Milán (1953), la mezzo Betty Allen conquista las salas de concierto y la venerada Dorothy Maynor, la primera en cantar en una inauguración presidencial; el nombre esencial es Marian Anderson, la contralto con “Una voz como se oye una en un siglo” según Toscanini. La “Dama de Filadelfia” es figura icónica, campeona de la resistencia pacífica y aquella que con su voz y humildad emocionó a Sibelius, fue la primera afroamericana en cantar en el Metropolitan Opera –Ulrica en Un ballo in maschera en 1955– gracias a la invitación del director Rudolf Bing. Inmediatamente la seguiría Robert McFerrin como Rigoletto en 1956.

Mientras Reri Grist –la original Consuelo de West Side Story– triunfaba en Europa, y el tenor George Shirley cantaba en el Met, Berlin, Covent Garden y el Colón de Buenos Aires, irrumpía el huracán Leontyne Price como la Aída ideal. En 1961, hará un legendario debut metropolitano en Il trovatore premiado con una ovación de 40 minutos. La justificada adoración de Karajan y una carrera en ópera que terminará en 1985 con la voz intacta.

Si Anderson fue ‘el deshielo’, Price marcó ‘la caída del muro’. Con Grace Bumbry y Shirley Verrett aparecerían dos mezzosopranos extraordinarias y en 1965, Martina Arroyo reemplazando a Nilsson se consagrará en el Met.

Los ochenta marcan el reinado de una soprano atípica e incomparable, Jessye Norman. Dos bellas sopranos líricas la escoltarán, Barbara Hendricks y Kathleen Battle, voces purísimas, una en el Met, la otra en Europa.

¿Y los hombres?, allí está Simon Estes, notable wagneriano como Holandés y Wotan, distinción que compartirá con el jamaiquino Sir Willam Willard. En los últimos tramos del siglo XX aparece el contratenor Derek Lee Ragin, el tenor Vinson Cole, dos mezzos espléndidas como Florence Quivar y Denyce Graves, y las sopranos Leona Mitchell y Michèle Crider. Con todo, no vuelve a aparecer una super estrella de la magnitud de Price o Norman. “No es tan dificil llegar sino mantenerse” y muchos debuts promisorios resultan en carreras cortas y excesivo encasillamiento. El ‘Síndrome María Callas’ regresa como ‘Síndrome Leontyne Price’, todas quieren parecérsele.

En el nuevo siglo el merecido estrellato le llega a dos varones, el tenor belcantista Lawrence Brownlee y el bajo-barítono Eric Owens. Jóvenes sopranos y mezzos señalan una nueva senda. El camino ha sido extenuante pero las conquistas están a la vista. Ya no son novedad ni curiosidad, su incorporación a las filas líricas denotan una presencia irremplazable. Esperando a esa nueva y diferente Leontyne, el esmalte único de estas voces seguirá fluyendo con energía liberadora y los consejos de la nonagenaria “emperatriz” marcando el camino a las nuevas generaciones.

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