Música

Juanjo Mena, el debut del año en la NWS

Juanjo Mena dirigiendo la New World Symphony.
Juanjo Mena dirigiendo la New World Symphony. CORTESIA

Se atribuye a Toscanini el dicho “No hay malas orquestas sino malos directores” y si no lo dijo, aplica igual. Totalmente verídica la anécdota que la Filarmónica de Berlín cambiaba su sonido ante la sola entrada de Wilhelm Furtwaengler por la puerta de ensayo. Ambos vienen al caso.

Desde ya, la New World Symphony no es una mala orquesta ni mucho menos, debe aclararse que todo lo contrario, pero la experiencia recordó tanto a Toscanini como a Furtwaengler cuando la batuta de Juanjo Mena obró maravillas. La orquesta llega al final de cada temporada con gran nivel, esta fogueada, lista para todo y así lo demostró con el debut del maestro vasco, sin dudas el más notable de los últimos tiempos. En una frase que lo resume todo, Mena causó una inmejorable impresión dirigiendo una orquesta en literal estado de gracia y además, conquistando al público desde el primer acorde.

La versión completa de El sombrero de tres picos fue una fiesta, un ritual sin vuelta de hoja a puro espíritu donde trabajó como un orfebre cada instante que emergió vivo, restallante de color, con una gracia y salero incomparables. Tanto mejor la obra íntegra que los acostumbrados retazos si se tiene al podio un maestro de su talla capaz de plasmarla tal y como Don Manuel de Falla hubiera deseado. La conjunción de aquel París enloquecido, inundado por talentos exilados, la nostalgia por la patria y la rispidez cromática del Petrouchka stravinskiano asomaron todo el tiempo en un carrusel vertiginoso firmemente liderado por el vasco. Músicos y audiencia comulgaron en una experiencia de rara algarabía donde norte y sur ibéricos brillaron con luz propia enfatizados por impecable percusión así como por clarinete, oboe y fagot además del aporte vocal de Amanda Crider, valioso elemento local muy bien aprovechado, que luciendo mejor que nunca cantó con timbre claro y festivo.

Después de pintar su tierra, Mena cruzó los Pirineos para volver a deslumbrar con una clase de estilo gálico. En manos de la estupenda pianista argentina Ingrid Fliter se tuvo una solista de quilates para el Segundo Concierto de Saint-Saëns brindando el requerido toque elegante y efervescente. Personal en el enfoque, apasionada pero con la justa intensidad, Fliter demostró la digitación capaz de sortear los cambios de temperamento y velocidades extremas de la obra, llegando con bríos a la demoníaca tarantela final. Su brillo fue complementado hábilmente por la gracia de una orquesta fervorosa con especial mención para los chelos.

La segunda suite de Daphnis et Chloé de Ravel señaló el perfecto pendant al De Falla inicial, marcando la lógica conclusión a una velada inolvidable. La larga experiencia de Mena volvió a emerger en las texturas exquisitas, en los contrastes cromáticos, en el manejo de tiempos, densidades y caudal sonoro de un ensamble que pareció crecer en oleadas envolventes, arropando al público. Delicioso cada solo instrumental así como un conjunto que confirmó formidable rendimiento y homogeneidad en un final de alto voltaje en correspondencia con el genuino goce por dirigir evidenciado desde el podio. Frente a un director así, no hay orquesta que se resista. Si la NWS dio lo mejor de sí, el responsable fue Mena. Que regrese y pronto.

  Comentarios