Música

Mozart, puente entre Miami y La Habana

La Orquesta del Liceo de La Habana con la pianista neoyorkina Simone Dinnerstein
La Orquesta del Liceo de La Habana con la pianista neoyorkina Simone Dinnerstein CORTESÍA

Tan novedoso como refrescante, el debut de la Orquesta del Liceo de La Habana con la pianista neoyorquina Simone Dinnerstein concitó suficiente expectativa como para colmar el New World Symphony (NWS). No defraudó, por el contrario se instaló como un pequeño milagro, gracias a Mozart que volvió a hacer de las suyas, usando el arma menos destructiva y más noble: su música.

Definitivamente “la música de Mozart no lleva al cielo, viene del cielo”, fue el genio de Salzburgo quien pareció tramar la aventura en la que se embarcó Simone Dinnerstein con sus colegas habaneros capitaneados por José Antonio Méndez Padrón desembarcándolos en la costa este americana en una gira que culminó en Miami. Si el factor aglutinante se llamó Mozart, el armado del extenso programa fue significativo. Abrió y cerró con una pieza atmosférica, a cada ribera: Punto y Tonadas del cubano Carlos Fariñas y la versión de cámara de Appalachian Spring de Aaron Copland, que fuera su maestro en Tanglewood. Para completar el panorama, se agregó Miami con Cuatro Preludios para Piano del colombiano Jorge Mejía. Un mosaico amplio y colorido que cumplió plenamente su objetivo.

Intacta, a cuatro décadas de compuesta, fue sorpresa deliciosa la obertura para cuerdas de Fariñas, plena de ambiente, exquisita en su evocación matinal, sin exotismos banales, más cerca de Respighi e incluso del Puccini de Crisantemos. Por su parte, el mundo de Mejía son las imágenes, el cine, la narración y no lo oculta; el compositor narró en castellano a la antesala cada preludio en un viaje por infancia y adolescencia que retrató su experiencia de vida con Dinnerstein personificándolo al piano.

Obviamente, la prueba de fuego para pianista y ensemble llegó con los conciertos para piano 21 y 23, no por trillados menos bienvenidos ni menos difíciles. Ambos salieron airosos. Desde su irrupción con las Variaciones Goldberg, Dinnerstein ha crecido como intérprete, algo que se comprobó en la digitación ágil y precisa, en la espontaneidad y lirismo que imprimió a cada movimiento y que alcanzó su máximo esplendor en el sublime adagio del 23, esa conversación íntima de Mozart vaya uno a saber con quién, si con él mismo o con el Creador, resultante en uno de los momentos musicales que apuntan a la eternidad. Tanto pianista como orquesta estuvieron a la altura del compromiso.

Dicen que el secreto para interpretar Mozart está en el nombre (en alemán “zart” es suave, delicado). Mas allá de algún desliz de la flauta y maderas, la orquesta respondió con un espíritu de ensemble envidiable, calibrada atentamente por Padrón, responsable tácito, poco visible pero esencial al éxito de la noche, un director de sobriedad nata que sabe cómo y cuándo comunicar. La orquesta liceística posee un sonido particular, una textura diferente, ni suntuosa ni en exceso historicista, acostumbrados a una opulencia no siempre acorde al estilo, el grupo habanero pudo sonar un tanto seco y severo, pero vale decir que nunca fue erróneo en su apreciación mozartiana que salta por sobre la obvia precariedad de sus instrumentos para convencer con su fervor artístico y profesionalidad. Dinnerstein usó las cadenzas de Busoni, aportando un toque romántico que no estuvo fuera de lugar y mostraron su dominio del instrumento.

Cerró la noche la suite de Appalachian Spring en versión camarística contraponiendo los colores plasmados por Fariñas, pintando la vastedad americana como ningún otro con excelente aporte de las cuerdas y en la efectiva sencillez de la canción Simple Gifts cuya letra pareció reflejar la intención primera del evento, “el regalo de ser simple, de ser libre, del lugar donde hay que estar a través de la verdadera simpleza”.

El bis no se hizo esperar, con la exuberante versión de El manicero de Moisés Simons debida a Jenny Peña con los integrantes cantando, moviéndose al ritmo contagioso sin contar con un duelo de violines y trompetas que sacándose chispas brindaron un desenfado y algarabía que invadió la sala.

En definitiva, Mozart y sus hijos musicales fueron los artífices de este puente necesario, fundamental, inevitable. Afortunadamente, más allá de la anécdota, más allá de la emoción quedó la música, base y artífice de este pequeño milagro.

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