Música

La New World Symphony apostó a los rusos

No decepcionó el comienzo de la trigésima temporada de la New World Symphony al mando de su creador Michael Tilson Thomas quien fue a lo seguro al apostar a los rusos para un atípico programa inaugural desarrollado cronológicamente y que abarcó entre 1887 y 1938. Para rematar la oferta, el director trajo a una de sus artistas favoritas, la fenomenal Yuja Wang que a los 30 años es una de las estrellas indiscutidas actuales del piano.

Si en su visita anterior, se le reprochó haber tocado poco (el concierto de Gershwin), la pequinesa se desquitó con dos conciertos –el cuarto de Rachmaninoff y el quinto de Prokofiev– ambos poco frecuentados y para los que la NWS le sirvió de excelente plataforma experimental. Así la treintañera academia orquestal americana cumplió doble función actuando congenialmente con su pendant en edad que se sumó entusiasta al ensamble.

Tampoco decepcionó la que pudo ser poco inspirada elección para bautismo de la temporada: Capricho Español. La colorida pero trillada composición de Rimsky Korsakov resultó un buen medidor, calentó los motores de una orquesta que se desempeñó con admirable soltura, por momentos saturando la capacidad sonora de la sala, con notable participación del concertino así como flauta y el resto de los metales.

La técnica de Wang es simplemente prodigiosa, sólo cabe preguntarse cómo madurará como intérprete con el paso del tiempo. Su sonido rotundo contrastó con exquisiteces inmaculadas en el Cuarto de Rachmaninoff, el último concierto del ruso que tanto le debe al jazz, cuando no directamente a Gershwin. Pieza derivativa y sin duda despareja no deja de ser un tour-de-force para todo pianista; Wang, que usó partituras en ambos conciertos, emergió airosa del desafío frente a una orquesta tan inmensa como implacable con un enérgico MTT creando una suerte de tapiz cinematográfico en la mejor tradición de la narrativa hollywoodense.

Ni tan monumental ni tan extenso pero mas interesante, el Quinto de Prokofiev es según su autor “Música para piano y orquesta”, un intrincado ejercicio de contrastes entre ambos para sacarse chispas. A su juego la llamaron, Wang se abocó a la tarea de pulir una obra quizás menor pero que merece figurar en su repertorio. Vertiginosa y límpida en los tres movimientos que envuelven al Larghetto, fue éste último lo mas memorable de su actuación, donde acertó con la elegancia y abandono requeridas para crear el oasis necesario frente al resto de la espinosa partitura. Siempre acompañada por el director en los saludos, la pianista no regaló ninguno de sus famosos bises, casi tan famosos como su controvertida indumentaria.

Compuesto pocos años después, la suite del ballet Romeo y Julieta, confirmó el alto nivel de la academia orquestal americana instalándose cómodamente como el producto mas acabado de la velada. A sus anchas, Tilson Thomas navegó el lirismo de la, para muchos, mejor partitura de ballet jamás escrita, con sugerente brillantez, deslizándose con tempi curiosos pero acertados que revelaron riquezas ocultas, magnificadas por una orquesta plena de nuevos miembros dispuestos a hacer de la trigésima temporada un hito como debe y definitivamente, puede.

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