Música

‘Cold Mountain’, la atracción del Festival de Ópera de Santa Fe

Isabel Leonard y Nathan Gunn, protagonistas de ‘Cold Mountain’,de Jennifer Higdon, en Santa Fe.
Isabel Leonard y Nathan Gunn, protagonistas de ‘Cold Mountain’,de Jennifer Higdon, en Santa Fe. Sebastian Spreng

Razón tenían Stravinsky y Georgia O’Keefe en volverse locos por Santa Fe. De hecho, estaban tan cuerdos como el visionario John Crosby, quien fascinado con el desierto de Nuevo México, decidió fundar una compañía de ópera en un ámbito donde el silencio rivaliza con la música. La aventura de Crosby rindió frutos y hoy la SFO se acerca a su sextuagésimo aniversario, disfrutando de prestigio mundial, apoyo generoso y sin permitirse aquello que no puede. Cada verano convoca a un público internacional y curiosamente heterogéneo, que distendido se da cita en el espectacular teatro al aire libre enclavado entre sierras. La temporada de cinco títulos incluye rarezas y primicias que acaparan la atención de crítica y público.

La vedette de esta temporada fue Cold Mountain, primera ópera de la laureada Jennifer Higdon con libreto de Gene Scheer, que resumió la novela de Charles Frazier. En dos actos, el primero funciona como prólogo, plantea en flashbacks la odisea del desertor W.P. Inman y su regreso a Cold Mountain donde lo espera Ada, una Penélope sureña asistida por la rústica Ruby. En el segundo, Higdon encuentra un lenguaje más convincente que en el primero. Honesta y consciente, deja “respirar” a las voces en diálogos, arias y ensembles, mientras que en los momentos sinfónicos acusa cierto abigarramiento orquestal. Es en las instancias íntimas, evocación de los Apalaches donde plasma tanto ese mundo como el ansia de los amantes separados. El clímax llegó con el coro Buried and Forgotten; estremecedor e inolvidable, marca una senda para la compositora al aunar todos los elementos que hacen grande al género lírico.

El éxito del estreno descansó sobre la producción de Leonard Foglia y un elenco superlativo a las órdenes del talentoso director peruano Miguel Harth-Bedoya. Los personajes navegaron la enmarañada escenografía de Robert Brill, hecha de tablones y vigas entrelazadas. En los protagónicos, un contenido Nathan Gunn dio vida a Inman y la radiante Isabel Leonard fue ideal como belle Ada en un papel que crece a medida que avanza la ópera. No se quedó atrás la consagratoria Ruby, de Emily Fons, ni el villano Teague por un estentóreo Jay Hunter Morris, bien secundados por Anthony Michaels-Moore, Roger Honeywell y Deborah Nansteel. Un equipo de lujo para una première importante.

Mas allá de las audacias que impone la actualidad lírica, Rigoletto fue una entrega valiosa. La abarrotada puesta de Adrian Linford sirvió a Verdi con un elenco solvente donde brilló el bufón de Quinn Kelsey. Georgia Jarman fue una Gilda creíble y Bruce Sledge excelente Duque de Mantua bajo la dirección de Jader Bignamini.

Laberíntica comedia del joven Mozart, La finta giardiniera tuvo un ensamble excepcional con gran trabajo de Harry Bicket, logrando una orquesta de período, refrescante, atrevida, de pura estirpe mozartiana. Se sumó la impredecible Arminda de Susanna Philips deliciosamente acompañada por William Burden, Joel Prieto y Joshua Hopkins. Si la Serpetta de Laura Tatulescu robó el show, ni Cecilia Hall (Ramiro) ni la condesa vuelta jardinera de Heidi Stober fueron opacadas gracias a la dirección de Tim Albery, el delirante vestuario de Jon Morrell y la escenografía rococó de Hildegard Bechtler.

Menos suerte tuvo La hija del regimiento, un Donizetti preferido vehículo de lucimiento para divos. La agradable puesta de Ned Canty probó que si es dificil hacer reír en teatro, tanto más lo es en ópera; un género donde la comedia requiere timing perfecto para no caer en el ridículo. Desde el foso orquestal, la lectura de Speranza Scappucci enmarcó la farsa escénica. En esa vena, cumplieron Anna Christy (Marie) y Alek Shrader (con todos los agudos de Ah mes amis). Phyllis Pancella trazó una ajustada Marquesa sin los tics y recursos acostumbrados, algo que tentó al Sulpice de Kevin Burdette.

Oportuna vuelta al drama con Salomé en una puesta de Daniel Slater ambientada en tiempos de Oscar Wilde con una Herodías (Michaela Martens) quasi Reina Victoria. La escenografía de Leslie Travers es un gigantesco cajón metálico, será terraza, palacio y cisterna donde Iokanaan (espléndido Ryan McKinny) encarna un filósofo febril al que se le acaba el tiempo. Robert Brubaker fue un Herodes sórdido sin desbordes mientras que Brian Jagde (Narraboth) es un nombre a seguir.

Slater cambia la danza de los siete velos por un revelador racconto freudiano de la infancia de la princesa, incluido el abuso por su tío, asesino de su padre. La búlgara Alex Penda fue una apasionada Salome cuyo incisivo timbre eslavo careció de la opulencia wagneriana para esa imposible “Isolda de 16 años” requerida por el compositor; David Robertson desató una orquesta volcánica, pero también recordó a la frase de Strauss “más fuerte, aún puedo oír a los cantantes”.

Propuesta tentadora en un marco magnífico, Santa Fe lírico es una invitación irresistible para regresar cada verano a un lugar por el que Stravinsky, O’Keefe se volvieron “locos”. Razón tenían.

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