Revista Viernes

‘The Grand Seduction’ continúa seduciendo

Un gran atractivo tendría que ofrecer la aldea costera de Tickle Cove, Canadá, para que un joven y guapo doctor de gran ciudad se decida a quedarse por más tiempo del mes que la ley le ha impuesto como castigo por una infracción de drogas. Y este será el anzuelo que lancen los antiguos pescadores de la región, un puñado de hombres y mujeres bonachones, toscos y en su mayoría viejos que hoy solo viven de los subsidios del gobierno. Su objetivo es salvar la tierra donde han nacido, lograr que una compañía ponga una pequeña fábrica en el lugar, que para ello debe cumplir con ciertos requisitos –por lo menos un médico–, o, tarde o temprano, el pueblo se quedará vacío.

Ya se ha ido hasta el alcalde, y a cargo del caserío queda uno de sus viejos habitantes, Murray French (Brendan Gleeson). Las 120 almas del aburrido poblado que ha dejado atrás sus apasionantes historias de pesca, solo podrían atar a un forastero, el doctor Lewis (Taylor Kitsch), con engañifas y trucos que hacen ver el viejo caserío como un lugar idílico donde todos juegan al cricket –deporte preferido del médico– y donde pescar un gran pez es solo cosa de echar el anzuelo.

La película, dirigida por el actor y director Don McKellar ( Last Night) es un remake del quebequense Seducing Doctor Lewis (2003) de Jean-François Pouliot, en el que repite Ken Scott (Delivery Man) en la escritura del guion. La historia, que a varios productores de otros países también ha seducido, es tan dulce y simpática que merecía volver a contarse en esta “ grande séduction à l'anglaise”. Ambas versiones son prácticamente iguales, incluso se retoman algunos de los planos y movimientos de cámara del original.

Muy bien caracterizados están los lugareños: viejos, rústicos y cándidos, a los que no les falta natural picardía. Los ambientes, grises y provincianos; una iglesia, una taberna con bombillas de colores y una fonda medio vacía, entre las pocas casitas ruinosas y caminos yermos; la cursi decoración interior de las viviendas de madera, el empapelado, las cortinitas de las cocinas, los adornos kitsch, el antediluviano cenicero, todo ha sido cuidado al detalle, para mostrar un lugar que ha quedado estancado en el pasado. La historia, de la mano de McKellar, continúa seduciéndonos con su sencillez humana. • 

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