Revista Viernes

Witching and Bitching: ellos con armas y ellas con garras

Los primeros minutos del filme del español Alex de la Iglesia son simplemente brillantes. Entre la muchedumbre de la madrileña Puerta del Sol, las estatuas humanas de un Cristo con la cruz, pintado de plateado, un soldadito verde de plástico y otros disfrazados como la ratona Minnie, el Hombre Invisible y la esponja Bob, son en realidad una banda de pobres diablos desempleados a punto de atracar la cercana tienda de empeño de oro. La idea de Las brujas de Zugarramurdi es enloquecidamente buena, y muy peligrosa, porque estos van armados y dispuestos a llevarse por delante a cualquiera. Para colmo el desquiciado “Cristo”, peleado a muerte con su exmujer, ha traído consigo a su hijo, un chico de uniforme y mochila escolar.

Con Hugo Silva, Mario Casas, Macarena Gómez, Jaime Ordóñez, entre otros populares actores, la comedia de tono muy gore escrita por el director junto a Jorge Gerricaechevarría nos atrae desde los creativos créditos, un collage de grabados, fotos y pinturas de féminas y motivos de hechicería, y, reinante en la profusa iconografía, la estatuilla de la Venus desnuda de Willendorf.

Las cosas se ponen desafortunadamente malas luego del atraco –no solo en la historia, también en la dramaturgia del filme–, cuando nos vamos al pueblo de Zugarramurdi, la comarca vasca con historia real de quema de brujas que le da título al filme, y donde aparecen, con sus zarpazos, las magníficas damas del cine español Carmen Maura y Terele Pávez. Precisamente cuando se embruja el ambiente, el filme se transforma en un demente teatro de sin sentidos que pierde su magnífica garra inicial.

Hay clara sátira de géneros; machismo vs feminismo exacerbado de ambos bandos; los hombres: los atracadores, el taxista y hasta los detectives de policía, tienen en común su odio a las mujeres. Y tendrán algo de razón porque las del sexo femenino de este filme son una horda de arpías, que en caserón embrujado beben jugo de ranas exprimidas, caminan por el techo y pretenden convertir a los hombres en sopa. La historia se convierte en una enloquecida guerra entre brujas y machos, en la que hay correderas por pasadizos subterráneos, alaridos y ceremonia diabólica en gran cueva, y para rematar el excesivo aquelarre, una gigante y monstruosa hembra, remedando la Venus paleolítica de los créditos, aparece como gran villana de películas de superhéroes para engullir y defecar a sus masculinas presas. • 

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