Revista Viernes

Third Person: tres dramas y una constelación de estrellas

Tres son los dramas de este filme coral enlazados por un común sentimiento de pérdida y de desconfianza en el ser amado que se expresa en sus personajes. Desde distantes escenarios del mundo: Roma, París y Nueva York, la figura de un hijo –o hija–, ya sea presente o ausente, real o imaginario, se erige como una constante. La tercera persona del título evoca a ese personaje que en cada historia influye dramáticamente en los otros.

El filme, con guion y dirección del canadiense Paul Haggis ( Crash), nos sorprende con una constelación de estrellas, que van haciendo aparición en los cuentos cruzados. En Nueva York, Mila Kunis es una angustiada madre que pierde por un acto de peligrosa negligencia la custodia legal de su hijo, y es defendida por una abogada (María Bello), mientras el niño ha quedado bajo la protección del padre, un connotado pintor (James Franco). En Roma, Adrien Brody es un diseñador norteamericano que deviene un imprevisto salvador para una misteriosa mujer (Moran Atias), quien intenta pagar un rescate para recuperar a su hija. La historia más interesante es la que encarna Liam Neeson, un escritor premiado con el Pulitzer que en un lujoso hotel parisino escribe una novela; dejó a la esposa (Kim Basinger) y tiene a una amante más joven (Olivia Wilde), que a la vez sostiene una secreta atadura con otro personaje. Los hombres de estas historias también llevan su carga psicológica con relación a la figura del hijo. Este es el denominador común, sentimiento que se amplifica a otros secundarios como una onda expansiva.

El filme nos lleva saltando de una historia a otra acompañados magníficamente por la melodía de Dario Marianelli (Oscar por Atonement). Las narraciones tienen un insospechado retruécano interno, en las que todo puede o no ser de la manera que se nos presenta, y ahí está, en esa ambigüedad que nos lleva a desconfiar y a reformularnos el relato, su interés. La historia del escritor, con similar escena que inicia y termina el metraje, hace imaginar, tal vez, si acaso todo lo visto no hubiese podido estar únicamente en las páginas de un libro.

Situaciones poco creíbles, como la historia del norteamericano en Roma, no invalidan otros aciertos de un filme que tiene buen pulso dramático como para mantenernos atrapados en su enmarañada trama hasta el final. Y no nos suelta tan fácilmente, cuando al salir de la sala oscura, todavía seguimos atando cabos. • 

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