Revista Viernes

Horses of God: radiografía de dos bombas humanas

El 16 de mayo del 2003 cinco bombas explotaron en cinco lugares diferentes de la ciudad de Casablanca, Marruecos. Decenas de personas murieron, incluidos 12 kamikazes que venían del barrio de Sidi Moumen en los suburbios. Les chevaux de Dieu, coproducción franco belgamarroquí del director Nabil Ayouch se inspira en este funesto hecho real.

La historia, que comienza en 1994, recorre varios años de las vidas de dos hermanos. Hamid (Abdelilah Rachid), el mayor, es líder y maleante que va armado con amenazadora cadena y protege al menor y más noble Yacine (Abdelhakim Rachi). Este juega al fútbol como portero de su equipo en terreno yermo, centro y detonante de peleas entre pandillas. Viven con su familia en la paupérrima y polvorienta barriada de Sidi Moumen, un inframundo de espanto, en el que impera la miseria, la corrupción y la violencia. La atmósfera es vistosamente realzada por travellings y planos aéreos sobre las barracas: un extenso mar de techos de tablas y zinc.

La película se divide en tres fases, la primera, que muestra a estos personajes desde niños, tiene un tempo muy dinámico y expresivo; la segunda –menos palpitante–, continúa con el regreso al pueblo del hermano mayor después de cuatro años en prisión. En momentos de los sucesos del 9-11, este Hamid viene totalmente cambiado, se ha vuelto un fundamentalista. Comienza su labor de proselitismo, las reuniones y los rezos de la célula islamista de Al Qaeda a la que pertenece para atraer a la causa a Yacine y sus amigos. Pero el filme no logra convencernos de la auténtica fe de este personaje, cuya pasión es el fútbol y su sueño es conquistar a una muchacha del barrio, y que, súbitamente, está dispuesto a convertirse en mártir en nombre de Alá.

Los últimos minutos recargan las baterías del filme que deviene en tenso thriller, en el que la densidad dramática podría cortarse con un cuchillo. La historia intenta descubrir el cimiento social detrás de un acto terrorista, con la radiografía de estos jóvenes que parecen haber nacido para servir de bombas humanas. La triste paradoja es que estos “caballos de Dios” nunca salieron de su paupérrimo terruño, y solo cuando, con una curiosidad difícil de disimular, tienen la oportunidad de pisar por primera vez la gran ciudad y se acercan a la civilización, lo hacen para matar y morir. • 

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