Revista Viernes

Transformers: Age of Extinction: mucho metal y poco interés

El mecánico Cade Yeager (Mark Wahlberg), un inventor de cualquier cosa, como un perro robótico guardián que llama al 911, se la pasa comprando chatarra para convertirla en otra basura, según opina su hija adolescente Tessa (Nicola Peltz). Ambos, más un secreto novio (Jack Reynor) que luego entrará en escena, son los buenos de la cuarta entrega de la franquicia de Michael Bay, en la que ya no está Shia LaBeouf, encarnando el héroe humano.

En esta historia que se hace eternamente larga, y lo es –dos horas y 45 minutos– se supone que la era de los transformers ha terminado. Tras la batalla entre Autobots y Decepticons la CIA se encarga también de eliminarlos. Pero el enorme Optimus Prime sigue en algún lugar de la tierra, “ilegalmente”, dicen los hombres del gobierno. Mientras, el científico empresario Joshua Joyce (Stanley Tucci) en la compañía KSI está descubriendo el santo grial, el material de que están hechos los transformers; con él “podríamos transformar cualquier cosa en cualquier cosa”.

Por otra parte está el lado humano de la historia: el viudo Yeager, en la ruina total, le prometió a su esposa antes de morir que su hija se graduaría, y busca dinero para ello. Mientras sobreprotege a su hija, no dejando ir a la adolescente de 17 años a citas con chicos. Es sabiduría, le dice… Yeager y su amigo Lucas han comprado un camión viejo para desarmarlo, pero es en realidad un transformer, un alienígena que el inventor decide proteger en su granja familiar de Texas. La idea de los transformers, inspirada en los juguetes Hasbro, convertidos en autos, camiones, avionetas, con esa cualidad de metamorfosearse en otras formas, diseños y colores, es lo más atractivo.

Lo demás es un montón de ruido y efectos digitales, mucho metal, y poco interés. La eterna lucha de los transformers y los humanos, contra ellos y entre sí, persecuciones y una trama falta de imaginación y coherencia. Por qué el protagonista arriesgaría su vida por un alienígena metálico, en vez de proteger a su hija, es el misterio mejor guardado del filme. El guionista Ehren Kruger pierde el rumbo cuando en momentos de mayor peligro los personajes se ponen a discutir asuntos familiares de menor importancia. La fantasía no justifica que la historia se descuide o arme a la ligera. El filme no se sostiene por su parte narrativa, y solo le queda lucir sus metales. • 

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