Revista Viernes

The Longest Week: una semana larga y vana

A manera de prólogo el filme nos pone al corriente, con voz en off que no acaba de callar, del estilo de vida de su protagonista, Conrad Valmont (Jason Bateman). El heredero que anda por los 40 años habita desde su nacimiento en el lujoso hotel Valmont en Manhattan, entre amantes que corretean por los pasillos en paños menores y un tropel de sirvientes. Conrad, desprovisto de problemas financieros, no hace absolutamente nada, aunque tampoco es un vago total; lleva años ocupado –al menos eso dice él–, escribiendo una novela que será el próximo bestseller neoyorquino. Pero mientras Conrad sueña con emular a Fitzgerald desde la cama de su palacete –junto a una nueva chica–, en algún mar del mundo los opulentos padres naufragan. Un breve paso por la isla desierta termina con el matrimonio y con la dulce vida del holgazán.

La historia recomienza con el señorito viajando en metro, donde intercambia miradas y un número telefónico con la bella pasajera Beatrice (Olivia Wilde). Conrad irá a ocupar el sofá de un amigo, el bohemio Dylan (Billy Crudup) que, por esas raras coincidencias, corteja a la misma Beatrice. Ella es lo mejor que le ha pasado a ambos amigos rivales, y sin dudas al filme, en el que Wilde se impone a los demás con todo su arrollador encanto. También, en papel secundario, está la magnífica Jenny Slate que vimos recientemente en Obvious Child.

La cinta independiente del debutante en el largometraje Peter Glanz, basada en su propio corto A Relationship in Four Days, carece de conflicto que la haga dramáticamente atractiva. A pesar del doble aprieto en que se encuentra su protagonista enamorado y desheredado, el filme no suscita mayor expectativa por la ligereza en que están armados historia y personajes. Aunque la trama – típica de las comedias románticas de enredo– es aquí lo menos relevante. La personalidad del filme está en los diálogos. Los personajes, neuróticos, elitistas, hablan de arte, de la literatura victoriana, del amor, con afectada verbosidad intelectual que suena a los locuaces coloquios de Woody Allen. El psiquiatra, ¡el que faltaba! –encarnado por Tony Roberts, que viene de muchas cintas de Allen–, al que acude Conrad desde pequeño, completa el paisaje humano de un filme que transita de lunes a domingo por vanas escenas en las que, en tan poco tiempo, el personaje no podrá madurar, por mucho que la historia prometa lo contrario. • 

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