Teatro

‘Por el placer de volver a verla’, un hermoso canto a los lazos entre madre e hijo

Alejandro Vales y Jessica Álvarez Diéguez en una escena de la obra ‘Por el placer de volver a verla’.
Alejandro Vales y Jessica Álvarez Diéguez en una escena de la obra ‘Por el placer de volver a verla’.

El tema de la madre es recurrente en la literatura de cualquier época, lo cual me parece algo lógico, natural, ya que para casi todos los seres humanos la madre, por sí sola, encierra todo un universo personal y de vida. Recuerdo ahora dos grandes libros con la madre como centro, el de Albert Cohen, triste, lúcido, desgarrador. En 1943 Cohen estaba en Londres cuando muere su madre en Marsella, ocupada entonces por los nazis. En un acceso de impotencia y de rabia escribe de un tirón la base de lo que sería El libro de mi madre. “Llorar a la madre –dice Cohen– es llorar la infancia”. El otro es La promesa del alba de Romain Gary, una obra maestra, sobre la madre del artista.

Por el placer de volver a verla (Encore une fois si vous permettez, 1998), del novelista y dramaturgo canadiense Michel Tremblay (Montréal, 1942), retoma el tema, que Teatro 8 está presentado ahora en temporada, con gran éxito, en versión de Manuel González Gil (Buenos Aires, 1952), bajo la dirección de Jessica Álvarez Diéguez. La historia es muy sencilla, un dramaturgo (muy probablemente un álter ego del autor) cuenta su relación con su madre, a la que llama Nana, en distintos momentos de su formación, a los 10, a los 13, a los 16 y a los 18 años. Son anécdotas, rememoradas con nostalgia, que van de travesuras infantiles, a inquietudes de adolescente en formación, que es de hecho un gran lector, afición que ha fomentado su madre, con la que comenta lecturas de libros compartidas, o historias de familiares cercanos –entre ellos, la memorable tía Gertrudis–, hasta la visión del adulto, del artista, que ya sabe de la pérdida irreparable que se le avecina.

Nana (Jessica Álvarez Diéguez) es una de esas madres que muchos quisieran tener, una mujer que no para de hablar, alegre, amante de los libros y de las buenas historias, con sentido del humor y muy ingeniosa. Su hijo, el futuro dramaturgo (Alejandro Vales), al rememorar pasajes de su infancia y adolescencia, tan solo por el placer de volver a verla, la revive en escena. Así vuelve a ser el niño que con sus amigos del barrio hace maldades a los choferes, colocando cohetes al paso de los vehículos y la escucha, hiperbólica, especular sobre las consecuencias. O el adolescente, que acurrucado en un rincón del patio, la disfruta tendiendo la ropa a luz de la luna mientras le habla de la comida que preparará y de la visita que tendrán tal día. O vuelven a discutir, es un decir, sobre el libro que acaba de leer, mientras sin darse apenas cuenta, ella le va inoculando el incurable virus de la creación. La obra así, con un mínimo de elementos escénicos, transcurre como un hermoso canto a los fuertes lazos que se tejen entre madre e hijo, pero es también una queja, una lamentación, ante el vacío que ha dejado su ausencia, un vacío que nadie podrá llenar jamás. Sólo el arte, parece decirnos el autor, esa ficción vívida, es capaz de recrear lo que perdimos y paliar en algo la tragedia.

Por el placer de volver a verla tiene algo fundamental a su favor, algo que cada día se torna más difícil de encontrar en una obra: un excelente texto. Álvarez Diéguez como Nana está sencillamente espectacular. Derrocha energía, gracia natural, frescura, en los más de 90 minutos continuos en escena –sólo se ausenta para cambios de ropa, muy poco tiempo–, hablando sin parar, divirtiendo al público mientras se divierte, pues es obvio que disfruta lo que está haciendo. Es quizás el mejor papel que le he visto hacer. Alejandro Vales, la secunda con elegancia, se nota que es una pareja perfectamente acoplada y le saca partido a cada situación. Creíble en cada momento, ayuda a levantar, a construir el personaje de la madre del artista, que parece ser uno de los objetivos fundamentales del autor. Al final, después de tantas risas, la obra toma un tono tristón, rozando el melodrama, para enseguida alzarse y terminar alto. Obras como esta no se ven todos los días, no se la pierdan.

‘Por el placer de volver a verla’, Teatro 8. 2101 SW 8th St. Miami, 33135. Más información: (305) 541-4841 o en www.teatro8.com. Funciones: Sábados 8:30 p.m. y domingos 7:00 p.m.

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