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La elite que no quiere morir con Castro

Como era de esperar, el general de ejército Raúl Castro asumió la presidencia de los Consejos de Estado y de Ministros.

Aunque no se habló de grandes aperturas políticas ni económicas, sí cabe dar por cierto que el castrismo ha entrado en una fase de reorganización administrativa y liberación de las fuerzas productivas en el marco de una sociedad socialista de partido único.

Visto así, parece apenas un cambio de estilo. Sin embargo, la diferencia de estilo corrige la racionalidad del proceso. Demos por hecho que ha finalizado la gestión napoleónica del Estado, capaz de cualquier sacrificio interno para proyectar la imagen internacional del Máximo Líder.

Raúl se concentrará en tratar de resolver los graves problemas de la población, quizás conciente de que ya no tiene tiempo. Bien puede Hugo Chávez ocupar mañana mismo el trono de la revolución latinoamericana.

El problema es que al corregir la racionalidad del proceso se tropieza más temprano que tarde con la invia-bilidad del proceso. Esa es la lección de chinos y vietnamitas. Una lección que, por cierto, encontró sustancial resistencia entre la vieja guardia. Con Raúl no vino este domingo un cambio generacional, sino de carácter. El pueblo ha ganado lo mínimo: un gobernante ue mirará hacia adentro. Por primera vez en medio siglo. En rigor, no hay mucho que celebrar.

En su discurso, Raúl se esforzó por disimular lo más significativo: el cuartelazo contra Fidel. Las continuas citas a las descerebradas reflexiones del Comandante en Jefe rayan en lo humorístico. Muestran, sin quererlo, uno de los inicuos aspectos de la mentalidad de la nomenclatura: la convicción de que el pueblo es tonto. Por lo demás, la concesión de un valor programático a las reflexiones indica hasta qué punto los dirigentes cubanos han abandonado todo prurito ideológico.

Esta orfandad normativa deviene en choteo cuando Raúl llama a recordar una observación que el canciller Raúl Roa gustaba repetir a sus íntimos: "Fidel oye la yerba crecer y ve lo que está pasando al doblar de la esquina''.

Consta que Roa, uno de los pocos intelectuales de peso con un papel protagónico en los años iniciales de la revolución, murió sumido en un cínico desencanto. A menos que también Raúl esté senil, es imposible que pase por alto la connotación represiva de la anécdota.

Fuera de la cúpula gobernante, ningún observador alcanza a precisar en detalle cómo se ha instrumentado la anulación de Fidel. En algunas de sus reflexiones ha arremetido contra las ilusiones de un cambio, exponiendo al público un debate que a todas luces era privado. Luego, se ha despedido definitivamente de sus poderes con la esperanza de que tal vez sea escuchado en el futuro. "Seré cuidadoso'', concluye enigmáticamente.

La fractura de su personalidad acusa una fractura de la elite. Su enfermedad permitió que emergiera la lógica de supervivencia de la nomenclatura. Nunca quisieron matarlo. Pero no podemos descartar que ansiaran el momento de dar el paso necesario para no morirse con él.

Está por ver si ese momento ha llegado con Raúl. Al enfatizar en el esfuerzo para "encontrar los mecanismos y vías que permitan eliminar cualquier traba al desarrollo de las fuerzas productivas'', contemplar (aún con paños tibios) la legitimidad de ciertas críticas en el seno revolucionario, restablecer el papel del salario respecto al nivel de vida y desechar una asfixiante marea de restricciones a la actividad general de los ciudadanos, el proyecto se aleja del método de gestión fidelista.

Los próximos relevos ministeriales y las medidas destinadas a aliviar las dificultades internas permitirán saber si la lógica de la supervivencia contiene elementos de apertura. Entiéndase por apertura la creación de mayores espacios económicos, civiles y confesionales que no atenten contra el poder omnímodo de la elite.

La nación ha transitado del mesianismo catastrofista de Fidel al pragmatismo conservador de Raúl. ¿A dónde llevará este camino? Acaso no muy lejos. El raulismo promete no ser continuista en un sentido perverso: para no ir demasiado aprisa hacia delante sin ir decididamente hacia atrás.

Para los cubanos, el asunto es de índole escolástica. Los presos siguen en las cárceles. La policía sigue dando patadas en la calle. Otros jóvenes se han echado al mar esta noche en busca de libertad y prosperidad. Sólo para Fidel, reducido en su lecho al humilde título del "compañero Fidel'', en verdad han cambiado los tiempos.

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