La Crisis de los Misiles

La crisis de los misiles en Cuba: cuando el mundo contuvo el aliento

La instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba hace cincuenta años desencadenó la peor crisis de toda la Guerra Fría, un drama que estuvo a punto de acabar en apocalipsis, reconocen los protagonistas de la confrontación.

Durante décadas, la “crisis de los misiles” ha sido presentada como un episodio manejado con destreza por el presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy.

Hasta la secretaria de Estado, Hillary Clinton, no ha dudado en comparar ese manejo con la actitud del gobierno de Barack Obama ante el desafío nuclear iraní.

Pero el alud de información que ha ido saliendo a la luz a partir de los archivos estadounidenses y soviéticos muestran una realidad mucho más alarmante: las dificultades de Kennedy y del líder soviético Nikita Jruchov para controlar los acontecimientos.

El drama arranca en mayo de 1962: inquieto ante la irresistible pujanza de Estados Unidos como potencia nuclear y dispuesto a defender a su aliado cubano, Jruchov toma la arriesgada decisión de enviar más de 40,000 hombres y decenas de misiles nucleares a la isla.

Públicamente, el número uno soviético le garantiza a Washington que no tiene ninguna intención de instalar armas ofensivas en Cuba. Pero el secreto es finalmente descubierto por el arma de espionaje más decisiva de la época, el avión U2, que suministra las pruebas fotográficas irrefutables al Pentágono.

Los dirigentes estadounidenses reciben la información el 16 de octubre. “El sentimiento predominante fue el shock, la incredulidad”, explicaría más tarde Robert Kennedy, hermano del presidente.

Sin embargo, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) ya había recibido alertas de agentes cubanos --882 sólo durante el mes de septiembre de 1962--, según Michael Dobbs, autor de “Un minuto para la medianoche”.

Esos informes señalaban movimientos inusuales de convoyes de transporte durante la noche en la isla.

Los debates se multiplican en la Casa Blanca, y los generales abogan por ataques aéreos, e incluso por la invasión de Cuba, mientras que el secretario de Defensa, Robert McNamara, y los diplomáticos prefieren el bloqueo de la isla para impedir que las naves soviéticas sigan entregando armamento.

El 22 de octubre, JFK anuncia la situación a los estadounidenses, ordena el bloqueo total de la isla y pone a las fuerzas estadounidenses en estado de alerta máxima.

La mayoría de los buques soviéticos da media vuelta y el mundo suspira aliviado.

Pero entre telones el drama continuó. Kennedy y Jruchov intentan hallar una salida pero no se pueden comunicar directamente, y los mensajes a veces parecen contradictorios.

El 26 de octubre por la noche los soviéticos proponen retirar sus misiles a cambio de garantías de Washington de que no invadirá Cuba. Al día siguiente exigen además públicamente que Estados Unidos retire sus misiles de Turquía.

El sábado 27 un avión U2 es derribado mientras sobrevolaba la isla y la situación parece descontrolarse. El Pentágono alista los preparativos para bombardear masivamente la isla a partir del martes e invadirla luego con 120,000 hombres.

Los estadounidenses debieron esperar treinta años para enterarse de que la Unión Soviética tenía “decenas de misiles tácticos en la isla, equipados con cabezas nucleares capaces de pulverizar a cualquier fuerza invasora”, asegura Dobbs.

El miedo gana todos los corazones, y el sábado por la noche, Kennedy concede que no invadirá Cuba y que retirará secretamente sus misiles de Turquía, mientras que Jruchov promete sacar los misiles de Cuba.

“Durante años consideré que la crisis de los misiles en Cuba como la crisis de política exterior mejor gestionada de los últimos 50 años”, confesó Robert McNamara durante una conferencia en La Habana en 2002. “Pero ahora he llegado a la conclusión de que, a pesar de toda la astucia puesta en juego, al final de esos 13 días extraordinarios la suerte nos ayudó a evitar la guerra nuclear por un pelo”, añadió.

“Es como si una intervención divina nos hubiera ayudado a salvarnos de nosotros mismos”, explicó el ex jefe del departamento cubano de la central de espionaje soviética KGB, Nikolai Leonov.

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