30 Años del Mariel

El Mariel de mis recuerdos

Mis padres, Adela y Pablo, frente a la Academia Naval del Mariel 
poco después de conocerse en 1953.
Mis padres, Adela y Pablo, frente a la Academia Naval del Mariel poco después de conocerse en 1953.

Cuando se menciona la palabra Mariel, la mayoría de la gente piensa en la llegada de 125,000 cubanos a las costas de la Florida hace 30 años.

Para mí, el Mariel tiene otro significado. Es mi ciudad natal, donde vivieron tres generaciones de mi familia, que emigró de España a Cuba. Nuestras vidas se desarrollaron allí: bodas, nacimientos, bautizos, funerales y, al final, el éxodo desde nuestro país.

De manera muy parecida a mi madre, Adela Jiménez; y a mi abuela, Nena Veiga, yo crecí orgullosa de ser marieleña, razón por la que en la primavera de 1980, mientras los cubanos llegaban a Cayo Hueso, me horrorizó la etiqueta peyorativa que se les dio, marielitos, simplemente porque habían salido por el puerto del Mariel.

Para entonces habían pasado 16 años desde que yo también escapé de la entonces dinámica ciudad 25 millas al este de La Habana, conocida por su bahía de aguas cristalinas y su puerto de gran calado. También era la sede de la prestigiosa Academia Naval, el alma mater de mi padre, y de la fábrica de cemento Portland, un gigante operado durante los primeros días de la república y el auge de construcción posterior a la Segunda Guerra Mundial, por españoles, algunos de ellos familiares míos.

Cuando los marielitos comenzaron a llegar a la Florida en 1980, el Mariel ya había sufrido 20 años de negligencia comunista e iba en camino a convertirse en la Pompeya cubana, una otrora ciudad portuaria destruida por la revolución.

MI NIÑEZ

Yo nací en el Mariel el 23 de julio de 1958, el año que explotó la revolución cubana. Mis recuerdos más vívidos de niña son los de perseguir cocuyos en las cálidas noches de verano y mantenerlos como mascotas en un recipiente de vidrio.

Los domingos los pasábamos con la familia y los amigos en la Finca Monte Verde, propiedad de mi tío abuelo Antonio y su esposa Margarita Estrada, quienes convirtieron una parte de la propiedad en un restaurante junto al mar, con bar al aire libre, playa, muelle, un dique flotante con piscina y cabañas grandes para actividades de entretenimiento.

En el Mariel aprendí que los cerdos comen de todo y que el machete es el mejor amigo del guajiro. Aprendí a las malas que los pimientos rojos del patio eran chiles y que no se podía tocar el altar de Santa Bárbara de nuestra vecina Josefina.

Aprendí que no debía echar frijoles blancos en los sacos de frijoles negros que la abuela Nena tenía en el almacén del Bodegón.

Y lo más importante, que los niños hablan cuando las gallinas mean. Como yo era una niña habladora, me lo recordaban a diario.

Las primeras frases en inglés que aprendí fueron put your head on my shoulder, por el éxito de Paul Anka en 1958 que mi primo Pepe, de 13 años, tocaba sin parar, y I love you, dos frases vitales para la supervivencia en Estados Unidos, me aseguró Pepe.

Entonces, de repente, como les sucedió a muchos niños cubanos de mi edad, los problemas políticos lo pusieron todo patas arriba.

Mi padre, Pablo Lense, oficial naval durante el gobierno de Fulgencio Batista, chocó pronto con Fidel Castro, una historia muy conocida en la familia.

Poco después que Batista fue derrocado, durante los carnavales de 1959, mientras era capitán de una embarcación de 90 pies del Servicio Guardacostas atracada frente a la sede de la Marina en la Bahía de La Habana, mi padre recibió permiso para unirse a mi madre en las festividades del carnaval.

A su regreso al muelle, el escampavías había zarpado. Cuando preguntó al marino que había dejado de guardia qué había pasado, le respondió con nerviosismo que el comandante Fidel Castro había ordenado que zarpara para ver mejor el desfile del carnaval.

En la mente de mi padre, era un viaje de placer y una infracción total de las normas navales.

Cuando el barco regresó a puerto, Raúl medio que se disculpó con mi padre por llevarse el barco sin su consentimiento, mientras que Fidel comentaba sobre la colección de lanzas que mi padre tenía en su camarote.

Papá supo entonces que su carrera estaba en problemas. Cualquier líder con esa osadía probablemente estaba dispuesto a hacer cosas peores. La campaña de mi familia para abandonar su querido Mariel pronto estaría a tope.

Para 1961, mi papá había viajado a Estados Unidos con un permiso de 20 días para visitar a su madre, que estaba gravemente enferma. En realidad abandonaba la carrera naval que adoraba.

En el caos que se había convertido el Aeropuerto de La Habana, una especie de Casablanca de cubanos desesperados por marcharse, nadie notó que lo que llevaba no era una visa de salida. Las autoridades de seguridad sólo se fijaron en la firma del permiso, S. Del Valle, asistente de Raúl Castro.

En un instante papá se fue.

LA SEPARACION

Cuando llegó a Estados Unidos solicitó asilo político, sin conocer las consecuencias para su familia en el Mariel. Y demoró tres años en volver a ver a su esposa, a mi hermano Pablo y a mí.

Después de la salida de mi padre, la búsqueda despreocupada de cocuyos dio paso a actividades más misteriosas mientras tratábamos de sobrevivir al nuevo régimen. Mi madre la pasó difícil, y trataba de ocultárnoslo, pero era una mujer sola con dos hijos en un mundo radicalmente nuevo.

Nuestra casa, desde la que veíamos la Academia Naval en la cima de una colina, fue ‘‘inventariada''. Agentes armados confiscaron el carro de la familia, la primera de muchas pertenencias "donadas a la causa revolucionaria'' en sus frecuentes visitas a la casa.

Cuando los veía venir, mi abuela me sacaba rápidamente del lugar mientras mi madre enfrentaba a los milicianos y a sus acusaciones de que mi padre era un traidor a la revolución.

Fueron tiempos difíciles para mi madre, una mujer de ojos verdes, muy lejos de los días en que la eligieron la joven más agradable del Mariel. Recuerdo la angustia de mi madre ante los insultos y amenazas de los milicianos.

Yo me agarraba a su falda como si pudiera protegerla de esos hombres enfadados con armas grandes. Una vez me puse a cantar una canción contrarrevolucionaria delante de ellos. Mi abuela me tapó la boca, temerosa de que todos pudiéramos terminar en prisión.

Finalmente, en noviembre de 1964, mi hermano de 3 años, mi primo Pepe y yo recibimos permiso de salida para viajar a México.

Mi tía Rosa, desesperada por salvar a su único hijo del adoctrinamiento comunista y de que lo obligaran a irse a cortar caña, lo confió a mi madre en su éxodo. Pepe se convertiría en nuestro ángel guardián.

Yo no vería nunca más a mi abuelo Emilio, quien falleció en el Mariel. Y pasarían otros siete años antes de volver a ver a mi abuela Nena en Estados Unidos.

ESPERA EN MEXICO

Si hubo algo más difícil que abandonar el Mariel, fue esperar en la Ciudad de México por la visa para venir a Estados Unidos. La angustia de mi madre no mejoró mucho. De alguna manera, ser una joven atractiva que viaja sola con dos hijos pequeños creó sus problemas.

Su desesperación finalmente la llevó a pagarle a un coyote para que nos llevara de la capital mexicana a Matamoros para cruzar el Río Grande.

Así, el 15 de diciembre, con gran nerviosismo por parte de mi padre, eso fue exactamente lo que hicimos. Vistiendo indebidamente nuestras mejores ropas y a pleno día, nos subieron a unas balsas de goma y cruzamos el río.

Recuerdo mi alegría al ver la primera bandera estadounidense ondeando sobre Brownsville, Texas, al otro lado de la frontera, aunque llegué con los pantalones empapados de cruzar el río.

La odisea terminó al día siguiente, cuando volamos de Brownsville a Chicago para reunirnos con mi padre después de tres años de separación.

No podíamos estar más lejos del Mariel: había un frío horrible, eso es todo lo que puedo recordar ahora.

Y que mi padre hizo una bola de nieve y me la puso en las manos, como si me presentara nuestra nueva vida.

No quería que mi padre pensara que era una ingrata --él estaba feliz de vernos-- pero el frío me quemaba las manos.

Demasiado asustada para soltar la bola de nieve, di un grito que asombró a todos.

Más tarde esa noche fue mi hermano Pablo el que se puso a llorar, cuando para su horror, mi madre, con quien había compartido la cama durante los tres años de ausencia de mi padre, decidió irse a dormir con quien él consideraba un desconocido.

Hoy hemos llegado a entender la nostalgia que todavía abruma a mis padres, que han experimentado grandes pérdidas. Todavía echan de menos al Mariel. Y yo también.

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