Estados Unidos

Las diez horas de un hombre en el patíbulo

El reloj de la cámara del vestíbulo del hotel La Quinta Inn de Atlanta marcaba las 12:20 p.m. del 3 de diciembre de 1997 cuando el empresario ecuatoriano Nelson Serrano Sáenz apareció frente al mostrador de recepción.

A Serrano se le ve hablando con los empleados de la recepción y revisando lo que aparentemente es un mapa, antes retirarse hacia un corredor del edificio.

La siguiente imagen del hombre de 59 años aparece en el circuito cerrado de televisión a las 10:17 p.m. del mismo día.

Habían pasado unas 10 horas y, según las autoridades, unas 1,000 millas en la vida de Serrano.

En ese lapso, de acuerdo con la fiscalía estatal de Bartow, un pueblo al norte de la Florida, Serrano tomó un avión comercial desde Atlanta a Orlando; de allí condujo un automóvil de alquiler hasta Bartow, mató a cuatro personas alrededor de las 5:30 de la tarde, luego manejó a Tampa y tomó un vuelo de regreso Atlanta.

Dos tiquetes de parqueadero con la huella de Serrano, el testimonio de un sobrino suyo y otras pruebas circunstanciales como el recorrido descrito, pusieron al empresario a finales del año pasado en la fila que lleva a la silla eléctrica.

Un jurado lo condenó en octubre como autor del cuádruple homicidio que aterrorizó al Condado de Polk, el peor crimen en la historia del pueblo de 15,500 habitantes, y recomendó la pena de muerte después de casi dos horas de deliberación.

Injusto, absurdo, inadmisible, sostienen sus defensores.

Pero la fiscalía se mantiene en que Serrano fue el asesino y considera que las pruebas lo incriminan sin dudas razonables.

El fiscal John Aguero asegura que Serrano tenía motivos.

"Revancha, dinero y avaricia", dijo.

Estaba enfurecido por una disputa con sus socios. Su intención, agrega, era matar a uno de ellos pero en la escena encontró a otras tres personas a quienes les disparó también a quemaropa, estilo ejecución, para no dejar testigos.

El caso se ha convertido en una novela policíaca por capítulos de canales de televisión tanto especializados en asuntos judiciales (Court TV) como en las estaciones de noticias.

Y en Ecuador, es una causa nacional.

El gobierno del país suramericano, presidido por un mandatario abiertamente crítico de Estados Unidos, pidió el mes pasado al gobernador de la Florida, Charlie Crist, que interceda para que se realice un nuevo juicio a Serrano.

Esta semana se espera que el defensor del pueblo de Ecuador, Claudio Mueckay, declare ante la jueza del caso que Serrano fue ilegalmente sacado de su país para traerlo a Estados Unidos.

"Todo es tan absurdo", dijo a El Nuevo Herald Francisco Serrano, uno de los hijos del condenado que fue considerado un sospechoso.

De acuerdo con el equipo de la defensa, el proceso estuvo plagado de incongruencias y arbitrariedades y lo caraterizó la ausencia de pruebas en aspectos fundamentales.

Quizás lo que más los indigna es que en la escena del crimen no fue hallada una sola evidencia que comprometa a Serrano.

"Una huella, una prueba de ADN, nada", dijo Francisco.

El proceso se ha complicado en las últimas semanas por cuanto la fiscalía estatal le ha pedido a la jueza del caso, Susan Roberts, que se abstenga de intervenir en los 27 casos de homicidio agravado que tiene a su cargo por una serie de decisiones parcializadas y conflictos de intereses.

La más reciente fuente de este choque de autoridades sin antecedentes en la historia judicial del condado, se produjo a finales de febrero cuando detectives de la zona hallaron que un hijo adulto de Roberts podría estar involucrado en una "herida grave en la cabeza" de un niño que estaba bajo su cuidado.

Mientras tanto, Serrano es mantenido en una celda de observación de prisioneros con intenciones suicidas, lo cual ha provocado las protestas de sus familiares, quienes argumentan que el confinamiento y la conscuente prohibición de visitas es un método para doblegarlo.

Serrano fue hallado culpable el 11 de octubre del asesinato de George Gonsalves, de 69 años, su ex socio; Frank Dosso, de 35 años, y Diane Patisso, 28, el hijo y la hija de otro socio; y de George Patisso, 26, el esposo de Diane Patisso.

Desde un comienzo fue el principal sospechoso. Junto con dos empresarios de origen italiano, Serrano era copropietario de Erie Manufacturing Inc., una empresa con sede principal en Bartow que fabrica carruseles para transportar ropa en grandes almacenes y lavanderías.

La relación con los socios se deterioró en junio de 1997 a raíz de que Serrano reclamó por la pérdida de $1 millón de la contabilidad de la firma. Sus socios Gonsalves y Felice Dosso, que sospechaban que Serrano se había apropiado de $250,000, le quitaron el cargo de presidente de una filial, le redujeron el sueldo y despidieron a su hijo Francisco de la compañía.

Serrano abrió su propio negocio y demandó a sus ex socios. En medio de la disputa fue denunciado de intentar entrar a la oficina, lo cual quedó grabado en una llamada al 911.

De acuerdo con la investigación, los homicidios se cometieron con dos armas que no fueron halladas. En la escena del crimen se encontró que una lámina del entretecho fue removida. En el lugar fueron encontrados 12 casquillos de bala y un guante. Los dictámenes de los forenses sostienen que por la manera como fueron ejecutadas las víctimas era casi imposible que el asesino no estuviera salpicado de sangre.

En la escena del crimen, de acuerdo con la hipótesis triunfadora de la fiscalía, el asesino se encontró con tres personas con quienes no contaba en sus planes. Ellos son Frank Dosso, gerente de la empresa e hijo de uno de los socios; Diane Patisso, fiscal asistente de la fiscalía estatal, y George Patisso, su esposo.

Pero en las primeras horas después del delito se cometieron varios errores que la defensa explotó, sin éxito, en el juicio.

El primer patrullero que se presentó en la escena, abrió las puertas de las oficinas sin guantes y caminó por el extenso charco de sangre que se formó en el piso. En el lugar habían estado minutos antes los familiares de las víctimas que descubrieron los cadáveres a las 7:49 p.m. y llamaron al 911.

Algunos de los segmentos básicos del recorrido que habría hecho Serrano para cometer el crimen son los siguientes, según bases de datos públicas de internet, información del juicio y de habitantes de la zona y expertos en aviación.

(La secuencia no tiene en cuenta el tiempo que le habría tomado cometer el asesinato, incluyendo cambiarse de ropa; los atrasos en los vuelos, por cuanto los archivos de la aerolínea Delta Airlines ya no existen, y las demoras por el tráfico, especialmente en el trayecto de Orlando a Bartow en una tarde de miércoles, día del asesinato.

¤ Del hotel La Quinta Inn al Aeropuerto de Atlanta: 10 minutos.

¤ Tiempo de vuelo Atlanta-Orlando: 1:20 minutos.

¤ Carreteo del avión a la puerta de entrada: 15 minutos.

¤ Trayecto desde puerta de entrada hasta estacionamiento: 20 minutos.

¤ Orlando-Bartow en automóvil (sin tráfico): 1:10 minutos.

¤ Bartow-Tampa en automóvil (sin tráfico): 50 minutos.

¤ Trayecto de estacionamiento a puerta de aeropuerto de Tampa: 20 minutos.

¤ Tiempo de vuelo de aeropuerto internacional de Tampa a Atlanta: 1:25 minutos.

¤ Carreteo avión a la puerta de entrada: 15 minutos.

¤ Trayecto de salida del aeropuerto: 20 minutos.

¤ Aeropuerto de Atlanta al hotel: 10 minutos.

Total: 5 horas 15 minutos.

De acuerdo con la fiscalía, Serrano se identificó con nombres falsos en los dos vuelos; en uno bajo el nombre de Juan Carlos Agacio Serrano, hijo de un primer matrimono, y en otro como John White, un nombre falso. Los pasajes fueron comprados en efectivo.

Los abogados defensores de Serrano sostienen que es ridículo creer que una persona que no quiere dejar rastro en un delito cometa la torpeza de identificarse con el nombre de un hijo y con el de un estadounidense a pesar de sus rasgos latinos.

"Tú ves la figura de mi padre y dirías cualquier cosa, menos que es americano", dijo Francisco.

Los abogados del empresario alegaron que resulta sospechoso que el nombre del hijo de Serrano está agregado en máquina de escribir a la lista de pasajeros que fue impresa en computador. Ningún auxiliar de vuelo ni pasajero fue llamado a declarar y no se llevaron a juicio imágenes de Serrano captadas por cámaras de circuito cerrado de ninguno de los tres aeropuertos.

Al ser interrogado después del crimen, Serrano dijo que el día de la masacre se encontraba de negocios en Atlanta y que había permanecido en el cuarto del hotel, acostado y con las cortinas cerradas por una terrible jaqueca. Sin embargo, las cámaras del hotel contaron otra historia.

En la misma entrevista Serrano dijo unas palabras que luego el agente que lideró la investigación, Tommy Ray, repetiría para señàlar su responsabilidad argumentando que parecía como si el empresario se estuviera describiendo a sí mismo.

"Yo no creo que fue un robo", afirmó Serrano "Yo creo que fue, principalmente, un resentimiento, una revancha de alguien que fue despedido, alguien a quien engañaron".

Otro detalle de la conversación con Serrano dejó preocupado a los investigadores. En su esfuerzo por especular en torno a lo que había ocurrido, se refirió a Diane Patisso, una de las víctimas, diciendo que ella debió llegar al lugar en "medio de alguna cosa".

Diane, en efecto, se presentó en el sitio a recoger a su marido y aparentemente el asesino tuvo que eliminarla para no dejar testigos.

"Espere un momento", afirmó el fiscal Aguero, "nadie ha estado en la escena del crimen, nadie sabe dónde estaba la gente, y él está haciendo esta declaración".

El 6 de diciembre las autoridades sacaron a Serrano de la lista de sospechosos. En junio del 2000 fue acusado de robo de mayor cuantía a las firmas Erie Manufacturing y Garment Conveyor Systems de las que era socios y luego se le retiraron los cargos. Pero los detectives sostenían que las pruebas por el asesinato múltiple seguían apuntando en su contra.

La presión de la gente de Bartow por el horrendo crimen, mantuvo como prioridad de las autoridades la investigación del asesinato. Se lanzó una campaña de recompensa a nivel nacional para quien ofreciera información y se creó un grupo especial para que investigara el delito.

Uno de los testigos citados fue el ex empleado de la fábrica Erie Catalán, quien declaró que sorprendió un día a Serrano guardando papeles en el entretecho de su oficina y cuando le preguntó qué hacía, éste le respondió que escondía allí documentos importantes en caso de que hubiera un robo. Serrano, quien es coleccionista de armas, le mostró además una pistola que guardaba en el entretecho para su seguridad personal, según dijo.

Esa hipótesis, con la cual la fiscalía trató de explicar la presencia de una huella de zapato en una silla de la escena del crimen suigiriendo que Serrano se subió en ella para bajar el arma escondida, fue ridiculizada por el abogado de Serrano, J. Cheney Mason.

"¿Cuál es la teoría aquí?", preguntó el abogado. "Que hay tres hombres de 200 o más libras cada uno [mirando a un tercero que dice]: 'Discúlpenme amigos, necesito usar esta silla para treparme ahí y bajar una arma con la que les voy a disparar' ¿Será ridículo?"

Cuando las autoridades habían llegado a varios callejones sin salida, una nueva evidencia revivió sus esperanzas de poner a Serrano tras las rejas.

El hijo de una sobrina de Serrano, Alvaro Peñaherrera, declaró que su tío le había pedido que alquilara un automóvil a su nombre porque tenía una cita clandestina con una amante brasilera en Orlando.

Al examinar los recibos de la tarjeta de crédito Visa de Peñaherrera, los investigadores confirmaron que el sobrino del sospechoso había alquilado un automóvil en Orlando el día del crimen.

La fiscalía no aportó al juicio ninguna evidencia de huellas o rastros de ADN de Serrano dentro del automóvil.

Tres años después del asesinato, los detectives llegaron a lo que consideran la prueba reina: en un rincón de una empresa que maneja el estacionamiento de vehículos, metidos en una caja de zapatos que se había salvado de una inundación del edificio de esa empresa, fueron hallados tiquetes de aparcadero del aeropuerto de Orlando entre los cuales se encontraba el del vehículo alquilado por Serrano.

El recibo mostraba que el automóvil había salido del estacionamiento a las 3:49 p.m.

En el recibo, según las pruebas, se detectó la huella del dedo índice derecho de Serrano.

El nuevo hallazgo dejó sin escapatoria al empresario. En mayo del 2001, fue acusado del crimen en un pliego secreto de cargos. El empresario, quien tiene doble ciudadanía, vivía en el Ecuador desde agosto del 2000.

Cuando se encontraba en un restaurante en Quito, Serrano fue arrestado y deportado el 31 de agosto del 2002 a Estados Unidos a través de un procedimiento irregular que está bajo investigación en Ecuador y que ha sido presentado ante la jueza del caso como argumento para pedir la anulación del juicio.

La forma extraña en que se descubrieron los recibos del parqueadero, la configuración de las huellas en el recibo y el hecho de que éstas corresponden a la mano derecha y no a la izquierda, que es la que de ordinario las personas usan para retirar el cartón de las máquinas de entrada a parqueaderos, sirvió a la defensa para cuestionar la veracidad de la prueba.

Pero en la mente del jurado pesaron más los argumentos de un fiscal experto en ganar juicios con base en pruebas circunstanciales. Las evidencias de Aguero se combinaron con las impresionantes fotografías de la escena del crimen, la llamada dramática al 911 y los rostos demacrados por la pena de los familiares de las víctimas en la sala de audiencia, para dar como resultado una votación de nueve miembros del jurado a favor de la pena de muerte y tres en contra.

La jueza puede apartarse de la recomendación del jurado y Serrano tiene la oportunidad de apelar la decisión.

  Comentarios