Estados Unidos

Sigue creciendo una red de apoyo para los padres de las víctimas de los tiroteos

Erica Smegielski (centro), cuya madre fue asesinada en Sandy Hook Elementary School, junto a Colin Goddard y Ann Wright del grupo Everytown for Gun Safety en Washington.
Erica Smegielski (centro), cuya madre fue asesinada en Sandy Hook Elementary School, junto a Colin Goddard y Ann Wright del grupo Everytown for Gun Safety en Washington. NYT

Un niño muere baleado. Quizá en la escuela, tal vez en el cine. La noticia se divulga en todos los canales de televisión y en Twitter, al igual que el tiroteo masivo más reciente.

Después las cámaras se van, y los padres se quedan con el corazón destrozado. No saben cómo planear un funeral ni adónde ir a terapia. No están conscientes de que los defraudadores intentarán obtener dinero con su duelo, que quienes crean teorías de conspiración cuestionarán su tragedia ni que –por difícil que sea creerlo– podrían terminar por estar bien.

Sin embargo, muchas personas saben todo eso.

“Cuando esto nos pasó, cuando mataron a nuestra hija, no sabíamos qué hacer ni qué sucedería a continuación”, dijo Sandy Phillips, cuya hija de 24 años, Jessica Ghawi, fue una de las 12 personas asesinadas en el tiroteo de un cine en Aurora, Colorado, en el 2012. “No queríamos vivir. Fue espantoso. Nadie más lo entendía, excepto los otros sobrevivientes”.

Por eso es que Phillips y su esposo, Lonnie Phillips, están recaudando dinero para viajar a Parkland, Florida, donde en silencio dejarán que las familias de 17 de las más recientes víctimas de tiroteos masivos en Estados Unidos sepan que están ahí para escucharlos, para darles consejo, abrazarlos, llorar y, quizá, para reclutarlos a los rangos de los activistas más comprometidos del control de armas en el país.

Los tiroteos masivos en años recientes, la proliferación de dolor desde la zona rural de Oregon hasta el extremo sur de Florida, han obligado a que cientos de familiares, sin quererlo, formen parte de una fraternidad. Veteranos como los Phillips sirven de guías en el período posterior inmediato, reuniendo a los padres desconsolados de Sandy Hook con los de San Bernardino y a los padres de Virginia Tech con los de Roseburg, para crear una red disoluta pero creciente.

Algunos viven su duelo en privado. Otros confrontan a los políticos, se unen a grupos que apoyan el control de armas y salen a las calles a organizar mítines. No obstante, se hagan parte del cabildeo o no, muchos forman vínculos y se procuran en Facebook o por teléfono cuando otro tirador ataca.

En un debate en torno al control de armas que a menudo se divide según ideologías, nadie habla con más potencia que quienes han sobrevivido un tiroteo de alto perfil o las familias de quienes murieron. El poder de sus testimonios va más allá de su autenticidad: ellos, a diferencia de los políticos y los abogados, generalmente pueden evitar la acusación de que están politizando una tragedia.

Reconociendo el peso emocional de esas historias, grupos como Brady Campaign to Prevent Gun Violence y Everytown for Gun Safety a menudo se ponen a disposición de los sobrevivientes y las familias de las víctimas después de los tiroteos; a veces incluso les dan dinero para que viajen y conozcan a otros sobrevivientes y defensores, o para asistir a mítines, audiencias y reuniones con políticos. Everytown, el grupo fundado y financiado por el ex alcalde de la Ciudad de Nueva York Michael R. Bloomberg, dirige una red de casi 1,500 familiares y sobrevivientes de tiroteos que están capacitados como activistas, entre ellos muchos que no se vieron afectados por tiroteos masivos, sino por los más pequeños que ocurren a diario.

Se unen a una larga tradición de familias que han convertido el dolor privado en fomento público. También existe Mothers Against Drunk Driving, que con éxito ha cambiado la conciencia pública respecto a conducir bajo los efectos del alcohol a favor de leyes más estrictas. También está John Walsh, quien se convirtió en una personalidad anticrimen muy conocida en la televisión después de que secuestraron y asesinaron a su hijo. Además están los padres de la gente asesinada por inmigrantes indocumentados, quienes vieron cómo el presidente Donald Trump adoptó su campaña en contra de la inmigración ilegal.

La diferencia es que los sobrevivientes de tiroteos masivos aún no han ganado ninguna gran victoria a nivel federal. Por eso hacen lo que pueden, con la esperanza de que, cuando suceda el siguiente tiroteo masivo, más gente se una a su causa.

“Cuanta más gente se vea afectada de alguna manera, más le importará a las personas; eso es lo que se requiere”, dijo Jenna Yuille, cuya madre de 54 años, Cindy Yuille, fue una de las dos personas que murieron en el tiroteo de Clackamas Town Center en las afueras de Portland, Oregon, en diciembre del 2012. “Es horrible, pero es parte de lo que se necesitará”.

Desde luego, muchas familias no quieren ser los rostros de nada. Quieren luchar en silencio, aunque sin paz. Algunas de las familias de las víctimas de Newtown jamás han hablado públicamente acerca de su calvario. Además, algunos familiares, dijo Sandy Phillips, siguen apoyando el derecho a portar armas.

Poco después del tiroteo de Sandy Hook, Mark Mattioli, cuyo hijo James fue asesinado en la escuela, testificó que los legisladores deberían enfocarse en el apoyo a la salud mental en vez de en el control de armas. También habló en una conferencia de prensa de la Asociación Nacional del Rifle para alabar las propuestas de seguridad escolar del grupo.

Sin embargo, un número creciente de familiares que quieren que se refuercen las leyes de control de armas ha decidido aprovechar la plataforma que ofrecen los medios después de un tiroteo para no soltarla después. Tom Mauser, un hombre que perdió a su hijo en el tiroteo de Columbine High School hace casi dos décadas, aún tiene una gran participación en las iniciativas a favor del control de armas en Colorado.

“Las personas que se ven afectadas personalmente se vuelven voluntarios de por vida”, dijo Robert Bowers Disney, vicepresidente de gestión de Brady Campaign. “Cambia fundamentalmente las vidas y las experiencias de la gente”.

Los Phillips han acudido la escena del crimen de casi todos los grandes tiroteos desde que murió su hija y generalmente les hacen saber a las autoridades locales y a las organizaciones benéficas que están ahí en caso de que las familias los necesiten. En Florida, están planeando conectar a las familias de los profesores asesinados en Marjory Stoneman Douglas High School con la hija de un profesor asesinado en Columbine en 1999.

“Puede que no quieran hablar, pero cuando les dices: ‘Perdí a mi hija en la masacre del cine en Aurora’, piensan: ‘Dios mío’”, comentó Sandy Phillips. “Es el reconocimiento inicial de que nosotros sabemos por lo que están pasando”.

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