Estados Unidos

Hillary Clinton y Jeb Bush ponen a EEUU en umbral de un choque de dinastías

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AP

Jeb Bush acaba de anunciar que buscará la presidencia y se espera que pronto Hillary Clinton haga lo mismo. En 2016, la carrera por la Casa Blanca podría ser un choque de dinastías.

El fenómeno no es nuevo en Estados Unidos, donde son legión los ejemplos de dinastías políticas, en el Congreso en particular. El clan Kennedy, el más célebre de todos, ha protagonizado numerosos libros. Y si “Hillary” o “Jeb” alcanzan la próxima elección presidencial, la democracia estadounidense escribirá un nuevo capítulo.

Las cifras no dejan lugar a dudas: la eventual llegada a la Casa Blanca en 2017 de Jeb Bush (hijo y hermano de dos expresidentes) o de Hillary Clinton (esposa de un expresidente) significaría que, desde 1989, dos familias habrán acaparado el poder ejecutivo durante 24 años, con un paréntesis de ocho años en los que gobernó Barack Obama.

La ruta hacia la elección del 8 de noviembre de 2016 aún es larga: si bien la primaria demócrata tiende la mano a Hillary Clinton (de 67 años), la lucha se anuncia mucho más difícil para Jeb Bush (de 61) en el lado republicano.

Pero el debate está instalado. Cuando se le preguntó sobre el tema a principios de julio, la exprimera dama, que conoce de memoria la Casa Blanca en la que vivió de 1993 a 2001 con Bill Clinton, desechó la idea de que esta sucesión de apellidos repetidos en el Salón Oval sea una mala señal para la democracia estadounidense.

“Tuvimos dos Roosevelt y dos Adams. ¿Puede ser que algunas familias tienen un sentido del compromiso o una predisposición a dedicarse a la política?”, comentó.

John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos (1825-1829) era hijo de John Adams, segundo presidente (1797-1801) y sucesor de George Washington. Mientras, Theodore Roosevelt (1901-1909) y Franklin Delano Roosevelt (1933-1945) fueron primos lejanos.

Pero la ex secretaria de Estado también aseguró que tener un apellido famoso no es garantía de éxito en la política. “Yo fui candidata (en las primarias de 2008) y perdí ante un señor que se llamaba Barack Obama”, recordó. “Nuestro sistema está abierto a todos. No es una monarquía en la que uno se levanta una mañana y abdica a favor de su hijo”.

Pero esta visión de las cosas no es unánime.

Según Rob Goodman, un politólogo de la Universidad de Columbia en Nueva York, estas son “malas noticias”.

El poder de estas dinastías políticas, que se apoyan no sólo sobre un nombre sino además sobre poderosas redes de donantes y lobbystas, va en contra de la “flexibilidad de la democracia, que es la idea de que la próxima generación de dirigentes puede surgir de cualquier lugar”, dice Goodman.

“Las dinastías políticas hacen buenas historias”, añade. “Pero la política no puede descansar sobre historias fascinantes. Tiene que haber movilidad social, vidas comunes, luchas de intereses y muchas otras cosas”.

El martes en Washington, los legisladores estuvieron divididos sobre los beneficios y limitaciones de poner un apellido célebre a la caza de la presidencia de Estados Unidos.

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