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Un camión recorre Miami con viandas, frutas, almuerzos y el sabor de toda una cultura

Los vianderos de Miami

Los vianderos de Miami llevan en sus camiones frutas y verduras a todos los rincones de Miami. A todos los rincones de la ciudad mejor.
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Los vianderos de Miami llevan en sus camiones frutas y verduras a todos los rincones de Miami. A todos los rincones de la ciudad mejor.

Antes de que la bocina termine sus acordes, las personas en el Centro de la Tercera Edad Dr. Armando Badia ya se encaminan con dinero en mano al camión que parlotea en el estacionamiento.

Las frutas envasadas en bolsas que cuelgan de la parte trasera del camión blanco todavía se balancean precariamente cuando Arturo Tamayo sale del asiento del conductor para abrir un costado de metal que ahora muestra canastas de frutas y viandas frescas que compró en el mercado a las 4 de la madrugada, mientras se paseaba por los cubículos como si recorriera los pasillos de Sedano’s.

El ajetreo comienza casi de inmediato dentro del camión. La esposa de Tamayo, Nancy Hernández, ya tiene cuatro pedidos de batidos, hechos con hielo raspado y mango, papaya, piña y otras frutas frescas que ha estado cortando desde el amanecer.

Antes de que Miami tuviera InstaCart, ya tenía al viandero.

Esta bodega sobre ruedas es algo común en todo Miami, importada de la cultura latinoamericana donde los minimercados de barrio llegan a los clientes. Es el verdadero camión de comida.

Los esposos Larios están cocinando de nuevo con ayuda de la familia, regresaron al nuevo restaurante La Fragua cerca de la calle Flagler.

Las bolsas de supermercado pronto están llenas con lo básico: frijoles colorados o negros, mangos y chayotes, bolsas con galletas inmensas, ajo y malanga, yuca y boniato; plátanos verdes y maduros. Incluso latas de salsa de tomate Goya, leche evaporada y botellas de plástico con vino seco y blanco de cocinar, esenciales en cualquier hogar latino.

“Tienes que llevar un poquito de todo”, dijo Tamayo.

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Todas las mañanas, Tamayo compra en los mercados de Allapattah a las 4 a.m., donde los productos llegan en contenedores desde Homestead o América Latina. Daniel A. Varela dvarela@miamiherald.com



Todas las mañanas, a las 4 a.m., Tamayo compra en los mercados de venta al por mayor de Allapattah, donde los productos llegan en contenedores desde Homestead o América Latina. A esa hora, los montacargas cruzan como gatos callejeros las oscuras calles y, como los ovnis, los almacenes abren sus puertas para iluminar la noche con luces fluorescentes.

Tamayo, de 50 años, recoge papayas y piñas, revisando cada fruta. Escoge melones, calabacines y plátanos manchados de negro, lo suficientemente dulces como para hacerlos platanitos maduros. A Tamayo le compra una clientela totalmente latinoamericana, en su mayoría cubana.

A las 9 de la mañana, Tamayo regresa a su casa para abastecer su camioneta, recoge a su esposa que dejó a su hija de 17 años en la escuela (“Todos están de pie a las 3 a.m.”, dijo) y comienza sus entregas. Primero visita las guarderías para ancianos y clientes que no pueden salir de sus casas.

Muchos han llegado a depender de él durante los nueve años han visitado el Centro para Ancianos Badia. Acepta tarjetas de crédito e incluso cupones de alimentos.

“Soy una persona muy independiente, pero ¿salir con este calor?”, dice Iraida Arias, de 82 años, con una bolsa llena de alimentos mientras espera un batido de frutas. “Ya no tengo 15 años”.

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Delia Rodríguez escoje vegetales entre la variedad de productos disponibles en el camión de Arturo Tamayo en Miami. Daniel A. Varela. dvarela@miamiherald.com



Cerca de allí, otra mujer compra algunas cosas para alguien que está de visita en el centro de ancianos, pero que no puede caminar hasta el camión. Por $23, compra jamón empaquetado, queso blanco, dos batidos y una bolsa de galletas cubanas. Jesús Naranjo depende de él para su almuerzo diario de tamales y un batido de frutas. Cuando hay días festivos, incluso aceptan pedidos de pavos enteros asados.

“¡Recuerda pasar por la casa de Olga!”, le grita Arias a Tamayo mientras este comienza a cerrar su camioneta.

Alguien tuvo que ir al médico y, no muy lejos, está en su casa con un cuidador. Así que Tamayo retrocede, con las bolsas de fruta balanceándose detrás de él, y baja por las calles de Flagami hasta un bungalow de color salmón, donde una mujer con pantalones de poliéster y una blusa con flores se mece en un sillón en el portal. Lo saluda con la mano por detrás de la valla metálica deslizante.

“¿Qué necesitas hoy, corazón?”, dice desde el camión a Olga Moreno, de 94 años, mientras su cuidador le busca los alimentos.

Antes de las 11 a.m., la camioneta de Tamayo se desplaza por la calle 8 del SW hacia la 80 Avenida, donde una vecina, Juana Santos, le ha reservado un espacio para estacionar su camión. Ella estaciona su carro frente a su casa, entre dos centros comerciales, y se apresura a moverlo cuando lo ve venir por la calle.

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Arturo Tamayo junto a su camioneta-bodega esperando a que los clientes paseen, mientras que su esposa Nancy prepara batidos adentro, el miércoles 20 de junio del 2018. Daniel A. Varela dvarela@miamiherald.com

Santos es su primera cliente todas las mañanas, y ella se queda con él durante las casi dos horas que él está allí. Su nieta, camino al trabajo con su uniforme médico, se detiene para tomar un batido de fresas, papaya y mango.

“No tengo ningún motivo para ir a la tienda de comestibles con él aquí”, dice Santos, quien ha vivido al otro lado de la calle durante 33 años.

Pronto, los compradores rodean el camión.

Las bolsas de comestibles se llenan de frutas y verduras, y la licuadora de Hernández gira sin parar. Incluso el dueño de un restaurante cercano, Mojitos Cuban Cuisine, se detiene para tomar un par de batidos.

“Es algo típicamente cubano”, dijo Carlos Salman, el copropietario del restaurante. “Crecimos con esto en La Pequeña Habana, esperando al viandero cada semana. Es un elemento básico en la comunidad cubana. Ellos trabajan duro. Tienes que apoyarlos. Además, tienen excelentes productos”.

Aurora Pérez le entrega a Tamayo los $8 que le debe. Cuando se dio cuenta de que había dejado su billetera el día anterior y no podía pagar sus plátanos, lichis y jugo de piña, él le dijo que tomara los víveres y que le pagara otro día.

“Le he estado regateando los precios y ahora me deja llevar la mercancía sin pagar”, dijo tímidamente.

Tamayo comprende. Él y su esposa han estado haciendo este trabajo desde Cuba, donde crecieron en Madruga, una región agrícola al sureste de La Habana. Él tenía 17 años y ella 14, cuando le pidió su mano, y desde entonces han estado trabajando juntos y apoyándose mutuamente.

Al año de emigrar, juntos lavaron autos. Sus hijos, Alejandra y Arturo Jr. lavaban los automóviles junto a ellos. Un año después, cada uno vendía melones en camiones separados. Luego se metieron todos en este camión más grande que él mismo mantiene. (“Todos en Cuba aprenden a ser mecánicos”, bromea).

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Tamayo ayuda a una cliente a escoger frutas el 20 de junio del 2018 en Miami. Daniel A. Varela dvarela@miamiherald.com

“Siempre hay que estar atento a la próxima oportunidad”, dijo. “Este es el país de las oportunidades”.

La camiseta de color gris de Tamayo está empapada de sudor a las 2 de la tarde, sus brazos rubicundos resplandecen bronceados.

Para cuando Tamayo llega a su ubicación definitiva del día, en la esquina de la calle 7 del NW y la 72 Avenida, su tío retirado que vive cerca lo está esperando.

Los conductores que regresan a casa después del trabajo solo necesitan detenerse a un lado de la calle y Evelio Gutiérrez, de 85 años, se acerca a tomar su orden. Un BMW blanco quiere tres racimos de plátanos, y Gutiérrez rápidamente los recoge y los empaca, y recibe $3 a cambio.

Saben que Manuel Acosta, uno de los clientes regulares, en un rato comprará una papaya. Más tarde, José Hernández hará una parada para una ración de una calabaza china almibarada, que a menudo se convierte en un delicioso postre. “A mi esposa le encantan. Si compro cien, se come las cien”, dijo.

Están parados y chismorrean, como si estuvieran afuera de esas ventanas donde venden café cubano en La Pequeña Habana. Justo en ese momento, un auto pasa volando y toca la bocina. Es la hija de Tamayo saludando mientras regresa de la escuela. Todos responden.

La gente se reúne alrededor del camión del viandero cada vez que se detiene. Dondequiera que vaya, lleva consigo el sabor de la cultura de Miami.

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