Inmigración

La reforma migratoria, ¿una batalla perdida?

George W. Bush
George W. Bush

Las posibles consecuencias electorales son el principal enemigo de la reforma migratoria que lidera el presidente George Bush y que daría una solución, aunque parcial, a una cantidad de indocumentados que aumenta diariamente y que hoy alcanza a unas 12 millones de personas.

La impopularidad del presidente Bush, la división de los republicanos, las ambigüedades de los demócratas frente a una verdadera solución al tema migratorio, así como las fallas de las políticas de Estados Unidos con respecto a las causas de la emigración desde Latinoamérica, hacen poco probable que se resuelva un problema que se arrastra desde hace más de dos décadas.

Entre otros errores, Estados Unidos no se ha dado cuenta, por ejemplo, de la enorme transformación que la región ha vivido en las últimas décadas. Ha ignorado la impresionante explosión demográfica en la mayoría de los países de la región, especialmente en su vecino México, así como no ha ponderado el impacto que ha tenido el mantenimiento de políticas equivocadas y contraproducentes hacia algunos de los países de América Latina.

Asimismo, que el presidente Bush sea el abanderado de la reforma migratoria tampoco ayuda a esta causa. Los niveles de popularidad y de confiabilidad con respecto a sus iniciativas y a su gestión, en general, descienden cada vez más abruptamente. De acuerdo a la encuesta más reciente de Gallup-USA Today esa aceptación es de un promedio de sólo alrededor de 32 por ciento.

De la misma manera, existe una profunda división en el propio partido del presidente, en el que un sector apoya la propuesta de reforma migratoria mientras que los sectores más radicales, que son la base más sólida de apoyo del mandatario, son quienes se muestran totalmente reacios a aprobar una reforma.

Por otra parte, los demócratas tienen una postura ambigua. Se niegan a hacer una reforma en profundidad porque no quieren que se les responsabilice de legalizar a 12 millones de indocumentados. Pero, de otro lado, no quieren tampoco que se les acuse de cerrarles las puertas. Quieren presentarse como políticos liberales, pero hay algunos de ellos que prefieren el pragmatismo político antes de los ideales y sacan sus cuentas electorales antes de apoyar o no una reforma. Además se preocupan por el impacto que la presencia de una mano de obra legal hispana pueda tener sobre la clase media empobrecida de los Estados Unidos.

En suma, parece claro que los inmigrantes son una especie de papa caliente para los políticos de los dos principales partidos estadounidenses, y que difícilmente alguno de ellos asumirá la responsabilidad de aprobar una reforma migratoria en un año electoral a pesar de que todos saben que es necesaria. Esta situación es lamentable porque nuevamente posterga de manera indefinida un problema que se agrava diariamente y que precisa de una respuesta inmediata.

Eduardo Gamarra es director de Newlink Research. Diana Pardo es consultora de Newlink Political

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