Linea de Inmigración

Línea de inmigración: ¡Gracias, don Paco! El libro que me regaló está precioso...

¡Nueve días en el hospital! (Más cuatro en cama al regreso en mi dulce hogar...) Mis fieles lectores habrán notado mi disparidad de estilo fruto de mis limitaciones, pero aun así, con mi voluntad incólume, obedecí al principio de “The show must go on!” (“¡La función debe proseguir”!) aunque el trapecista se haya precipitado a tierra, fruto de su mano temblorosa. Y gracias especiales a doña Teresa, “¡mi mejor mitad!” (y a mis dos bellas hijas Zulima y Rosie) quienes con tenacidad indomable pasaron por alto todas mis limitaciones, hasta que hoy – por la primera vez...—vuelvo a sentarme ante mi destartalada laptop para continuar mi ininterrumpido diálogo con mis amabilísimos lectores...

Mis días de tribulación me reiteraron una vez más el gran contraste entre la “D” mayúscula y su homóloga pero insidiosa minúscula, la “d”: Dios, Dulcinea, Discreción, cntra el diablo, la derrota, y la amenaza de la diálisis – procedimiento salvador para los riñones in extremis que me rondó durante mis días aciagos, pero que gracias a la misericordia del Altísimo, he podido eludir. Por ahora, pues, terco que soy, seguiré pergeñando mis cinco columnas semanales, y respondiendo en mi intercambio de más de 30 años para acá, las inquietudes de mi igualmente obcecada compañía de seguidores... y hallando, de cuando en vez, sorprendentes muestras de generosidad de parte de alguno de mis seguidores, por ejemplo, don Francisco (‘Paco”) Alvarez, quien me escribió una carta bellísima y un libro inalienable, “The Jewish World” (“El Mundo de los Judíos”), el cual tardaré meses, si no más, en descifrar y degustar. (Volveré sobre este libro en una próxima ocasión.)

Por hoy, me siento obligado a responder por lo menos una de las muchas preguntas que tengo pendientes en mi atiborrado escritorio, no sea que me suene la llamada habitual de don Roberto, otro de mis incansables, que se queja cada vez que, como en esta ocasión, me aparto del tema netamente inmigratorio para discurrir en cualquier otro ángulo de esta nutritiva relación con que centenares (¿acaso serán millares?!) de mis lectores me honran y me estimulan. Se trata de “don Anónimo” (consultante permanente, aunque me sospecho que de muchas y diversas fuentes) que me cuenta que se acaba de juramentar ciudadano de este gran país y que ahora podrá pedir y hacer llegar a su nueva esposa rezagada en Venezuela para que ella y sus tres hijas (de una relación anterior) vengan rápidamente a reunirse con él, su flamante nuevo esposo y padrastro. Su esposa es cuarentona y las tres niñas tienen, respectivamente 14, 15, y 19 años de edad. Como detalle adicional me cuenta que, al efecto, él regresó recientemente a aquel país a casarse con la madre (hace poco divorciada) y así darle pie firme a su petición por las cuatro.

Bello el señor y fortunosa la dama, y muchos éxitos le deseo a toda esa familia. Pero me queda una insidiosa duda. ¿Qué edad – exactamente— tenía la hija mayor el día en que el caballero se casó con la madre divorciada?! Las dos más pequeñas no tienen problema alguno, porque claramente eran menores de 18 años (aún lo son) cuando la madre se casó con el que ahora legalmente es su padrastro. Pero, pregunta clave para la unidad del destino de esta familia, ¿qué edad tenía la hija mayor (la que ahora tiene 19 años) el día en que don Entusiasmado contrajo matrimonio con la dama?! En relación con las dos menores, ese dato carece de importancia, pero respecto de la mayor esa cifra es crucial. Si tenía menos de 18 años, todo bien, pero si ya había cumplido esa importantísima cifra, “el lloro y el crujir de dientes” porque según la ley de inmigración, la joven ya no califica como hijastra del peticionario y NO la puede pedir (!)...

Gravísimo, porque por la vía del flamante esposo de la madre, la muchacha no era ni es o será nunca peticionable. En otras palabras, la mamá y las dos hermanitas llegarán pronto a Estados Unidos, pero la de 19 años, no tiene cómo... por la vía del esposo de su madre. Única solución: que cuando la mamá inmigre al país como residente, sea esta persona quien inicie petición por su hija emproblemada, lo cual la pondrá en cola de 2da. Preferencia (F2A), que aunque no es descorazonadoramente larga, no es instantánea, como sí inmigran sus hermanitas por petición derivada del padrastro ciudadano. ¡Veleidades del sistema, pero nada que hacer!

MANFRED ROSENOW es un

abogado y periodista de Miami

especializado en temas de inmigración.

Escríbale a El Nuevo Herald,

3511 NW 91 Avenue, Doral FL 33172 o al correo electrónico rosenowesq@aol.com

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